“Algunas personas no llegan para arreglarte la vida… llegan para romperte lo justo como para que sientas que estás vivo.”-Esmeralda
ESMERALDA
Odiaba tener que venir a este sitio.
Odiaba tener que ver a mi padre así, sedado, casi sin fuerzas.
Me encontraba con mi madre, quien, a pesar de todo, esbozaba una sonrisa tranquilizadora. Yo intenté imitarla, pero no me salía igual.
Mi padre nos devolvió el gesto, aunque le costaba demasiado. Había tenido un brote y era un milagro que nos hubieran permitido hacerle la visita regular. Aun así, los especialistas habían considerado que era mejor tenerle sedado, al menos por hoy.
Mi padre no es que fuera un paciente agresivo. Había mejorado muchísimo gracias a las terapias y a la medicación. Observé cómo sus manos se posaban lentamente sobre la mesa, donde diversos objetos cognitivos estaban colocados.
A mi padre le encantaba el ajedrez y, cuando venía sola, la mayor parte de la visita la pasábamos jugando. Eran partidas muy reñidas. Nadie le ganaba; era el campeón de todo el centro.
—Mi conejito... —dijo al fin, clavando sus ojos en los míos.
—Hola, mi héroe —respondí, acercando mi mano a la suya. Enseguida, sus dedos se entrelazaron con los míos.
—¿Cómo te va en la uni? ¿Y a ti, Natalia? ¿Qué tal con Kimberly? —sonrió al decir lo último, mirando a los ojos de mi madre.
Mi madre se sonrojó ligeramente ante la mención de mi segunda madre.
Kimberly había sido como un ángel caído del cielo después de que mi padre hubiera insistido a mi madre para que le diera el divorcio y que lo ingresara, de manera voluntaria, por supuesto, con su consentimiento.
—Va bien, aunque es cierto que las clases me aburren demasiado —suspiré, haciendo que mi padre se riera un poco—. Y con Kimberly también, cada día está más implicada en nosotras —se aventuró a decir mi madre.
Mi padre asintió lentamente. Vi cómo su mirada se perdía durante unos segundos, unos segundos que lograron que mi corazón se encogiera.
Odiaba tener que verlo de ese modo.
Sedado.
Con la mirada perdida.
Sin saber qué decir.
Con movimientos lentos.
Pero sabía que aquí lo trataban muy bien. Hacían muchos talleres y, algunas veces, me presentaba como voluntaria para ayudarles en la realización de dichas actividades. La verdad es que era algo que me producía un inmenso placer.
Estuvimos hablando más tiempo. Le conté las cosas por encima, sin entrar en detalles. Estuve a punto de mencionar a Cole, pero me callé.
¿Qué le iba a decir?
¿Que era el chico que me gustaba y que, por miedo, había echado a un lado?
Era poco coherente dadas las circunstancias.
Así que evadí esos pensamientos y me centré en mi padre. Ahora mismo, la situación con Cole no era lo más importante... no cuando tenía tan poco tiempo para disfrutar de su compañía.
Le propuse hacer una partida de ajedrez y, aunque le brillaron un poco los ojos, negó con la cabeza y aseguró que se encontraba cansado.
Pero tenía una cosa para mí.
Vi cómo rebuscaba algo en el bolsillo.
Demasiado lento.
Con los ojos perdidos.
Sin vida.
Tuve que apartar la mirada unos segundos. Respiré hondo. Mi madre colocó su mano en mi brazo, intentando darme esa seguridad que necesitaba, pero no fue suficiente.
El nudo en mi estómago no desaparecía.
—Mira, conejito.
Volvió a decir mi apodo.
Contuve la respiración.
Vi cómo me colocaba un pequeño llavero hecho a mano, un conejito de color azulado. Lo miré como si fuera la octava maravilla del mundo y, sin pensarlo, me lancé a abrazarlo.
Una de las trabajadoras se quedó cerca, pero nos dio el espacio suficiente.
El olor a madera y a medicinas inundó mis fosas nasales.
Y noté cómo aquel nudo, poco a poco, se deshacía, dando paso a una calma casi inmediata.
Cuando me separé y volví a sentarme, vi que mi padre miraba hacia una esquina.
Mi madre y yo seguimos su mirada.
No había nada.
Su rostro se tensó ligeramente. Vi cómo apretaba y soltaba las manos.
Las lágrimas me picaron en los ojos.
Sabía lo que significaba.
Sabía que estaba teniendo uno de sus episodios.
—Tened cuidado, ¿vale? Mis chicas... no os va a hacer daño. Nadie os va a hacer daño, por mucho que él lo diga.
Asentimos.
Le di un beso en la frente.
La trabajadora, con suavidad, lo tomó del brazo y se lo llevó.
Probablemente a otro lugar.
Al salir, dejé que todo el aire saliera de golpe.
Todo iba a salir bien.
Todo iba a salir bien.
Me lo repetí como un mantra para convencerme, para acallar mis pensamientos, y con una sonrisa fingida miré a mi madre.