Paloma estaba sentada junto a la ventanilla pensando qué extraño huelen los ingleses… La diferencia de olores fue lo que más le sorprendió de Inglaterra. No se notaba olor a polvo ni a flores. En aquel vagón los olores eran fríos. Olor a azufre y sulfuro, propio del tren. El olor a jabón y a otra cosa desagradable provenía del cuello de pieles de una mujer que se sentaba cerca de ella.
Sonó un silbato y una voz estentórea gritó algo. El tren se puso en movimiento, saliendo lentamente de la estación. Ya se habían puesto en marcha. Paloma estaba en camino…
El corazón le latió algo más deprisa. ¿Saldría todo bien? ¿Podría realizar lo que había decidido hacer? Seguramente. Lo tenía todo muy bien proyectado.
Paloma curvó hacia arriba sus rojos labios que, de pronto, reflejaban una fría crueldad.
Miró a su alrededor con la curiosidad de un niño. Había siete personas en su mismo compartimiento. ¡Qué extraños eran los ingleses! Todos parecían ricos, prósperos, en sus ropas, sus zapatos. Indudablemente, Inglaterra era una nación rica. Pero en cambio, allí nadie parecía contento.
De pie en el pasillo se veía a un hombre bastante atractivo. A Paloma le pareció muy atractivo. Le atraía su rostro bronceado, su nariz aguileña y sus amplios hombros. Más rápida de comprensión que cualquier muchacha inglesa, Paloma se había dado cuenta de que aquel hombre la admiraba. No la había mirado fijamente, pero sabía muy bien las veces que él le había dirigido la vista y cómo la había mirado…
Anotó este hecho sin gran interés ni emoción. Venía de un país donde los hombres miraban a las mujeres como la cosa más natural del mundo y no tratan de disimularlo. Se preguntó si era un inglés y decidió que no.
«Está demasiado lleno de vida para ser un inglés —se dijo—. Y, sin embargo, es rubio. Puede que sea estadounidense».
Un empleado del tren pasó por el pasillo anunciando:
—El almuerzo está servido. Los que tengan sus puestos reservados que se sirvan pasar al coche restaurante. —Los siete ocupantes del compartimiento de Paloma tenían boletos para el primer turno. Se levantaron a la vez y el compartimiento quedó, de súbito, vacío y apacible.
Paloma se apresuró a cerrar del todo la ventanilla, que una dama de aspecto belicoso había abierto un par de centímetros. Luego se recostó cómodamente en su asiento y dejó vagar la mirada por el paisaje, compuesto por los suburbios del norte de Londres. Al oír que se cerraba la puerta del compartimiento no volvió la cabeza. Era el hombre del pasillo, y Paloma sabía perfectamente que entraba para hablar con ella.
—¿Quiere que abra la ventanilla? —preguntó Marcos Sanguinetti.
—Al contrario. He sido yo quien la ha cerrado.
Durante la pausa que siguió, Marcos pensó:
«Una voz cálida, llena de sol… Es cálida como una noche de verano…».
Paloma pensó:
«Me gusta su voz. Es llena y fuerte. Es atractivo, sí, muy atractivo».
Marcos dijo:
—El tren va muy lleno.
—¡Oh, sí! La gente huye de Londres. Debe de ser porque allí todo es negro.
A Paloma no se la había educado con la convicción de que es un crimen hablar con desconocidos. Sabía cuidar de sí misma tan bien o mejor que cualquier otra muchacha, y no tenía ningún rígido tabú.
Si Marcos se hubiera educado en Inglaterra, se habría sentido confuso al hablar con una joven a quien no había sido presentado. Pero Marcos era un hombre sencillo y creía que no era pecado hablar con aquellos que le resultaban simpáticos.
Sonrió sin ningún orgullo y dijo:
—Londres es un lugar terrible, ¿no?
—¡Oh, sí! No me gusta nada.
—Ni a mí.
—Usted no es inglés, ¿verdad? —preguntó Paloma.
—Soy súbdito británico, pero vengo de África del Sur.
—Eso lo explica todo.
—¿Y usted viene del extranjero?
—Sí, de España.
—¿De España? ¿Es usted española?
—Medio española nada más. Mi madre era inglesa. Por eso hablo tan bien el inglés.
—¿Y qué hay de la guerra?
—¡Es horrible! Se ha destrozado mucho y ha muerto un sinfín de gente.
—¿Ha estado cerca de alguna batalla?
—No, pero al marchar hacia la frontera fuimos bombardeados por un avión. Mataron al chófer del auto en que yo iba.
Marcos la observaba atentamente.
—¿Se asustó mucho?
Paloma levantó hacia él los ojos.
—Todos tenemos que morir, ¿no es eso? Por lo tanto igual da que baje silbando del cielo como que llegue de la tierra. Se vive algún tiempo, pero después hay que morir forzosamente. Siempre ha ocurrido así en este mundo.
Marcos se echó a reír.
— Usted no debe de perdonar a sus enemigos, ¿verdad, señorita?
—No tengo enemigos, pero si los tuviera…
—¿Qué haría usted?
—Pues si tuviera un enemigo —respondió serenamente Paloma—, si alguien me odiara y yo le odiase…, pues le mataría.
La respuesta fue pronunciada con tal dureza que Marcos quedó desconcertado.
—Es usted una muchacha muy sanguinaria, señorita.
—¿Qué es lo que le haría usted a un enemigo? —preguntó a su vez Paloma.
—No sé. En realidad no lo sé.
—Tiene usted que saberlo.
Marcos contuvo la risa y en voz muy baja contestó:
—Sí, en realidad sí lo sé.
Luego, cambiando apresuradamente de tema, inquirió:
—¿Cómo es que ha venido usted a Inglaterra?
—He venido a quedarme con mis parientes ingleses.
—Ya comprendo —replicó Marcos, echándose hacia atrás, preguntándose cuál sería la impresión de los parientes de la joven cuando la vieran llegar para Navidad.
—¿Es bonito África del Sur? —inquirió Paloma. Marcos se puso a hablarle de su país. La joven le escuchaba con la atención de una chiquilla a la que le narran un cuento bonito.
El regreso de los ocupantes del compartimiento puso fin a la conversación. Marcos se puso en pie y despidiéndose con una amplia sonrisa encaminóse hacia el pasillo. Al llegar a la puerta tuvo que detenerse un momento para dejar paso a una anciana. Su mirada se posó entonces en el equipaje de Paloma. Leyó con interés el nombre de Paloma Estravados. Pero al fijarse en la dirección, sus ojos se desorbitaron incrédulamente: «Gorston Hall, Longdale, Ardlesfield».