AÑO 2037
Los acomodo en el suelo, alineados en forma de T.
El olor metálico ya no me dice nada; mi trabajo aquí está terminado.
Ahora solo queda escapar antes de que alguien note lo que hice.
A veces me pregunto cómo sería una vida normal.
Si nunca me hubieran vendido…
si no me hubieran convertido en esto.
¿Tendría sentimientos?
¿Me queda alguno?
No importa.
La libertad vale más que cualquier duda, incluso si tengo que traicionar a los míos para conseguirla.
Sacudo los pensamientos. Me inclino sobre el cuerpo más cercano y mojo mis dedos en su sangre todavía tibia. Siempre debo dejar mi marca. No mi nombre verdadero —ese fue borrado hace años—, sino el único nombre que este mundo me permitió tener.
Un número.
Una etiqueta para alguien que, según las leyes, ya no existe.
Termino de marcar la pared, recojo mis herramientas y cierro la puerta.
Al girarme, me detengo en seco.
Mi hermano está allí.
Esperándome.
—¿Uno? —murmuro— ¿No se supone que estabas en el otro lado de la ciudad?
Su sonrisa es un filo.
—¿Y por qué te sorprende verme? —pregunta—. ¿Pensabas escapar?
—La única forma de escapar de esto es morir.
Lástima que soy inmune a todos los venenos —gruño mientras paso a su lado—. Y por alguna razón sigo viva, aunque he tenido más balas en el cuerpo que comida.
Él se encoge de hombros.
—Vamos. Nos espera. Hay cambio de planes.
—¿Otra vez? —bufó—. ¿Qué descubrieron ahora?
—Nada. Creo que es por el movimiento de T. Se están inquietando.
Hemos hecho demasiado buen trabajo…
y lo saben.
No tengo opción. Me subo a la moto y dejo que él conduzca.
El viento golpea mi rostro mientras nos alejamos. Siempre igual.
Matar. Ocultarme. Fingir. Sobrevivir.
Nadie sabe quién soy realmente.
Solo soy un número para Él.
Pero sé una cosa:
El día que logre escapar…
todos seremos libres.