Mi nombre e identidad son irrelevantes. No existen para el mundo, y el mundo tampoco existe para mí.
Soy simplemente un hombre que busca talentos. Y no hay un lugar más fértil —ni más cruel— para encontrarlos que los barrios que todos prefieren ignorar: rincones donde la ley no llega, donde la vida vale menos que una mirada, y donde los niños aprenden a sobrevivir antes incluso de aprender a hablar.
Siempre he creído que los seres humanos son criaturas violentas por naturaleza. Animales que matan por placer, por miedo, por hambre o por simple costumbre. Lo detesto… y, al mismo tiempo, lo agradezco.
Porque de esa crueldad nacen talentos extraordinarios.
He visto de cerca lo que esos lugares les hacen a los niños. He visto sus heridas, sus silencios, su forma de mirar como si estuvieran listos para escapar o atacar en cualquier momento. Y, a pesar de todo, creo que merecen algo mejor.
No compasión. No amor. Eso nunca los salvaría.
Lo que yo puedo darles es una oportunidad: la oportunidad de crecer, de perfeccionarse…
…de convertirse en armas magníficas.
A las personas les encanta el dinero y el poder, y es algo que puedo ofrecer sin dificultad. Así que hago una oferta simple en cada barrio que piso: cualquiera que no quiera a su hijo, desde los dos hasta los seis años, recibirá exactamente lo que desee a cambio de entregarlo.
No tarda en suceder. Al principio dudan. Luego preguntan. Después, ofrecen.
Los entregan sin pestañear.
Compro tantos como puedo. No todos sobreviven. No todos resultan útiles. Pero cada uno representa una posibilidad. Reúno treinta niños en este lugar, y aun así no es suficiente.
Llamo a mi padre.
—Dame más sitios donde buscar —le digo—. Aquí ya no queda nada.
—¿Ya fuiste a Latinoamérica? —responde—. Esa gente se enloquece cuando ve dinero.
—Estoy en México. Dame más.
—Colombia, Brasil, Argentina, Perú, Venezuela, Paraguay, Haití, Bolivia y Chile.
—Perfecto. Envío la nueva mercancía. Quiero que estén todos juntos. Dales comida, un lugar cómodo. Necesito que se encariñen conmigo. Es la única forma de que nunca me fallen.
Viajo a cada país que mi padre enumera. Con cada frontera cruzada confirmo lo que siempre he sabido: los humanos son una plaga capaz de hacer daño por su propio beneficio.
Al final del recorrido reúno a cien niños. Quería más, pero algunos se aferraron a supersticiones sobre dioses y castigos divinos.
Y entonces lo encontré a él.
—¿Cuánto quiere por la niña? —pregunto—. O mejor dicho… ¿qué desea?
El hombre baja la mirada hacia la pequeña que tiene al lado. Está demasiado flaca para su edad. Una cicatriz le cruza la mejilla. Sus ojos, enormes y marrones, permanecen fijos en el suelo… hasta que me mira. Hay miedo allí. Miedo antiguo. Miedo aprendido.
—Solo quiero saber si la va a cuidar como yo —dice, sonriendo—. Si la va a tratar como yo la trato.
No entiendo su sonrisa de inmediato. No quiero entenderla. Pero su tono, su postura y la forma en que la niña retrocede apenas un centímetro me obligan a hacerlo.
—Eso no es algo que tenga que explicarle. Si no quiere entregarla, no lo haga —respondo, girándome para irme.
La niña me toma de la chaqueta. Sus dedos tiemblan. No dice una palabra.
El hombre continúa hablando. Y entonces lo comprendo. Lo que insinúa. Lo que hace. Lo que cree que es querer.
El asco me quema por dentro.
Decido.
En el instante en que me pide el dinero, asiento, tomo a la niña del brazo y empiezo a caminar con ella. Sus pasos son cortos, temblorosos. Los míos, calculados.
—Déjame despedirme de ella —dice a mis espaldas.
La niña se paraliza. Sus dedos se aferran a mi chaqueta.
Me detengo. No por él. Por ella.
—Hazlo —respondo.
Retrocedo un paso.
Él se inclina hacia la niña, le susurra algo y hace un gesto que no debería existir entre un adulto y alguien de su edad.
No necesito escuchar. No necesito ver más.
Mi mente no procesa. Mi cuerpo sí.
Cuando recupero la claridad, el hombre yace en el suelo. Inmóvil. Con los ojos abiertos.
No hay gritos. No hay ruido. Solo la niña respirando rápido a mi lado.
Lo observo. Un insecto aplastado. Un error corregido.
—Vámonos —le digo, sin mirar atrás.
Ella asiente. En silencio. Por primera vez, sin miedo.
Y continúo con mi labor, una que el mundo jamás entenderá: rescatar talentos de entre la miseria… y destruir a quienes jamás debieron existir.