Después de una búsqueda extensa, el cansancio empieza a ganar terreno.
No debería permitírmelo. El error más pequeño, al inicio, puede arruinarlo todo.
He trabajado en esto desde el momento en que comprendí qué es realmente T.
No son tan distintos de mí. También se creen superiores. También piensan que, por controlar los hilos, nadie se atreverá a tocarlos.
La diferencia es que ellos provocan guerras inútiles y luego las llaman malentendidos.
El mundo sangra… y nadie entiende por qué.
Yo sí.
El agua caliente cae sobre mi cuerpo mientras dejo que la mente trabaje.
No descanso: calculo.
Observo escenarios que aún no existen.
¿Cómo se entrena algo que todavía no sabe qué es?
¿Cómo se moldea a un niño para que deje de ser frágil sin romperlo demasiado pronto?
La respuesta llega sola.
No puedo empezar por la mente.
Primero, el cuerpo.
Ejercicio básico.
Resistencia.
Agilidad.
Coordinación.
Nada sofisticado. Nada violento.
Todavía.
Así podré observarlos sin que lo sepan.
Ver quién se adapta, quién aprende, quién se rinde.
No todos funcionarán.
Y eso está bien.
La perfección no se encuentra.
Se selecciona.Duermo profundamente.
No es un descanso común; es una pausa estratégica.
Mañana todo empieza, y ya sé exactamente qué hacer.
Soy plenamente consciente de que son niños.
Pequeños. Frágiles.
No todos tendrán el mismo ritmo, ni la misma resistencia, ni la misma capacidad de adaptación.
Pero eso no importa.
La disciplina no espera a que alguien esté listo.
Se impone.
Antes de que aprendan a cuestionar, deben aprender a obedecer.
Antes de que piensen en huir, deben aprender a permanecer.
Los necesito precisos.
Silenciosos.
Eficientes.
Tan inteligentes como una computadora, capaces de analizar, memorizar y ejecutar sin error.
Y tan ágiles como un jaguar, rápidos, letales, imposibles de anticipar.
Mañana no comenzará un entrenamiento.
Comenzará una selección.
Y no todos verán el siguiente amanecer desde el mismo lugar.Amanece, y con la luz llegan mis ansias de empezar.
No hay dudas. No hay retrocesos.
Doy la orden de que los niños coman y salgan al patio. Hoy debo presentarme formalmente.
No como un salvador.
Como lo que soy.
Mientras ellos obedecen, tomo mi desayuno con calma. La rutina importa. El control también.
Entonces el comunicador vibra.
Es mi padre.
—¿Dime?
—Sé que está de más decirlo —responde—, pero ¿estás seguro de esto? ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no se van a enterar de tu plan?
Sonrío apenas.
—¿Tú les dirás algo?
—No hablo de eso —contesta, molesto—. Hablo de que alguno de tus hombres hable. Siempre hay grietas.
—Mis hombres son leales —respondo sin titubear—. Y el que no se sienta capaz… muere. Es sencillo.
Hay un silencio incómodo al otro lado.
—No voy a dejar ir mi sueño tan fácilmente —continúo—. Sé que apenas estoy comenzando, pero jamás he fallado en mi vida.
—Carajo… —murmura—. Solo tienes veintisiete años.
—Ajá —respondo—. Y tú me hiciste así. No entiendo entonces qué es lo que juzgas.
Corto la comunicación antes de que pueda responder.
Termino mi desayuno y me levanto.
El patio me espera.
Ellos me esperan.
Hoy no conocerán mi nombre.
Conocerán mi voz.
Y aprenderán, desde el primer instante, que aquí no se sobrevive por suerte…
sino por obediencia.
Salgo al patio y decenas de ojos pequeños se clavan en mí.
Algunos cargados de miedo.
Otros de recelo.
Unos pocos… vacíos.
Los observo con atención mientras avanzo. Distingo a la niña de la cicatriz, seria para alguien de su edad, demasiado consciente de dónde está. Más allá, dos gemelos idénticos me miran sin parpadear.
No me detengo hasta llegar al centro.
El silencio es absoluto.
—Me presento —digo—. Mi nombre es Patrick Johnson. Tengo veintisiete años y, desde hoy, seré su nuevo cuidador.
Camino despacio, dejando que mi voz se asiente.
—Sé de dónde vienen. Sé quiénes son. Sé lo que han vivido.
Pero desde este momento eso deja de importar.
Algunos bajan la mirada. Otros me observan con desconfianza.
—Desde ahora, yo estaré de su lado. Nadie volverá a hacerles daño.
Hago una pausa.
No sonrío.
—Solo tengo reglas claras.
Levanto un dedo.
—Primera: siempre se obedece. Nunca se duda.
Segundo dedo.
—Segunda: deben confiar en mí. En nadie más. Ni siquiera en mis colegas. Solo en mí.
Tercer dedo.
—Tercera: sus nombres ya no existen. No son necesarios.
Un murmullo leve recorre al grupo.
—Seguramente se preguntan cómo deberían llamarse ahora —continúo—. No hace falta. Cada uno de ustedes recibió un número. Así serán identificados.
Miro alrededor.
—¿Alguna duda?
Un niño moreno levanta la mano. Su voz tiembla cuando habla en portugués.
—¿Tú también me vas a hacer daño?
No dudo al responder.
—Para nada, pequeño —digo con calma—. Si los saqué de allí fue para que tengan una nueva oportunidad en la vida.
Algunos suspiran.
Otros no se relajan.
Y yo lo sé.
Porque las oportunidades…
siempre tienen un precio.Otro niño levanta la mano. Esta vez es rubio, de ojos claros.
Su mirada no tiembla.
—Pero eso mismo me dijo mi papá —dice—. Y mira dónde estoy. ¿Por qué debería creerte?
Por un instante, siento algo parecido a la sorpresa.
Para su edad, es demasiado inteligente.
Inclino un poco la cabeza antes de responder.
—Los adultos mentimos —admito—. No voy a negarlo.
Pero él sabía que esto era lo mejor para ti.
Camino un par de pasos, despacio.
—¿Recuerdas tu casa? —continúo—. ¿Crees que allí habrías podido estudiar? ¿Soñar con algo más grande? No lo creo.
Él me dejó a tu cargo para que yo pudiera darte una oportunidad.