Sé que me dijeron que mi nombre aquí ya no importa.
Que no sirve.
Que no lo necesitan.
Pero yo todavía lo recuerdo.
Me llamo Luis y tengo seis años. Casi siete.
Y no entiendo absolutamente nada de lo que está pasando.
Tengo miedo.
Un miedo que no se va ni cuando duermo, ni cuando como, ni cuando corro.
Un miedo que me aprieta el pecho cada vez que no veo a mi hermano.
Sam.
Desde que nos separaron, algo dentro de mí no deja de doler. No sé explicarlo bien, solo sé que no estar cerca de él me come el alma. Cada día lo extraño más, y cuando por fin lo veo en los pasillos o en el patio, corro sin pensar y lo abrazo fuerte, como si así pudiera asegurarme de que sigue aquí.
Cada vez que lo veo, si puedo, le doy mi comida.
Sam tiene esa costumbre rara: cuando se asusta, deja de comer.
Y eso me preocupa, porque incluso antes de estar aquí… no comíamos bien.
Ahora tenemos un techo.
Ahora hay comida todos los días.
Pero algo no está bien.
En su salón pasa algo. Lo siento.
No sé cómo explicarlo sin que me ignoren, sin que piensen que exagero. Ese hombre dijo que confiáramos en él, pero hay algo que me hace rechazarlo. No sé si son sus ojos azules, tan claros como el cielo, o su forma de hablar tranquila, como si nunca dudara de nada.
Quiere obediencia.
Y todavía no nos ha golpeado a ninguno.
Eso es lo que más miedo me da.
Hoy otra vez tenemos que correr tres vueltas al patio. Es enorme, pero cuando salgo y veo a mi hermano ahí, todo se siente un poquito menos pesado.
—Treinta y siete, ¿cómo has estado? —le pregunto, acercándome.
Sam está cabizbajo. Más de lo normal.
—Me siento mal —dice—. Te extraño. Quiero a mi peluche Pancracio… y no lo tengo.
Siento un nudo en la garganta.
—Si quieres, te puedo dar el mío.
Me mira, sorprendido.
—¿Pero no te da miedo dormir solo sin Juanito?
Levanto el pecho, intentando sonar valiente.
—Para nada —le digo—. Yo soy muy valiente.
Y en ese momento lo creo.
Porque mientras Sam esté aquí,
mientras pueda verlo y abrazarlo,
siento que todavía puedo serlo.—Espera… —le digo de pronto—. ¿Dónde está Pancracio?
Sam levanta la mirada.
Sus ojos se agrandan apenas, como si hubiera dicho algo que no debía.
—Alguien más lo tiene… ¿cierto?
Asiente, pero no me mira.
—Sí —murmura—. Pero no me lo quiere dar. Dice que es feo… y no me lo presta cuando lo quiero.
Siento algo caliente subir por el pecho. No enojo todavía. Algo más parecido a urgencia.
—¿Quién es?
Sam niega rápido con la cabeza.
—No… no. Déjalo así. No quiero problemas.
—Si no me dices —le advierto, bajando la voz—, voy a hablar con ese señor raro que nos tiene aquí.
Lo digo sin pensar del todo.
Solo sé que quiero ayudarlo.
Sam se queda en silencio. Mira alrededor, como si alguien pudiera escucharnos, aunque todos siguen corriendo. Aprieta los labios, duda… y finalmente levanta la mano con cuidado.
Señala a un niño.
—Él… —susurra—. Él lo tiene.
Sigo la dirección de su dedo.
El niño está un poco más adelante. Corre despacio, como si no tuviera muchas ganas de hacerlo. No parece grande. No parece fuerte. Solo… solo está ahí.
Miro a Sam otra vez.
—No te preocupes —le digo—. Yo voy a hablar con él.
Sam no responde.
Pero no sonríe.
Y eso, sin saber por qué,
me hace sentir que acabo de hacer algo que no se puede deshacer.Voy donde él, con el corazón golpeándome fuerte, pero tratando de parecer tranquilo.
—Oye tú, dame mi peluche —digo. Sé que no es mío, pero mi hermano y yo nos parecemos bastante—. Ya deja tus juegos molestos.
Se voltea despacio.
Me mira como si yo fuera una mosca.
—No quiero —responde—. Es mío. Soy mayor que tú, así que me haces caso… o vuelvo a hacer lo de ayer.
¿Ayer?
—No te tengo miedo —digo, aunque la voz me tiembla—. Y no eres mayor que yo. Tenemos la misma edad.
Levanta una ceja, divertido.
—Tengo ocho años —dice—. Claro que soy mayor. Y más fuerte que tú.
Aprieta algo entre sus manos.
—Ya me molestaste —continúa—. Así que voy a quitarle otra parte a Pancracio.
Siento que algo se rompe dentro de mí.
—¡No! —grito, sin pensarlo.
Él sonríe.
—Mira cómo gritas —se burla—. Igualito a tu hermano.
Eso es suficiente.
Si no puedo conseguirlo por las buenas, voy a ir con el señor raro.
Él dijo que confiáramos.
Él dijo que no nos harían daño.
Empiezo a caminar rápido, sin mirar atrás.
No pienso en nada más que en Sam, abrazando la almohada sin Pancracio, con los ojos abiertos toda la noche.
No sé qué va a pasar.
Solo sé que no puedo quedarme callado.Casualmente, cuando me doy la vuelta, el chico se asusta.
—No, no… yo te lo doy —dice rápido.
—No —respondo sin mirarlo—. Ya le voy a decir a él que me estás molestando.
—¡Te dije que te doy tu maldito peluche, pero no vayas con él! —grita.
Todos se detienen.
Los niños que estaban corriendo nos voltean a ver.
Incluso los cuatro señores grandes que nos vigilan se acercan, con caras serias, queriendo saber qué pasa.
—Te dejo de golpear si quieres —añade, bajando la voz, desesperado—, pero no vayas con él.
Golpear.
Siento que el estómago se me aprieta.
Definitivamente voy con él.
—Mientes —digo, aunque ya no estoy tan seguro de nada.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta uno de los hombres grandes.
Toda la valentía que tenía se me empieza a ir, como si alguien hubiera abierto un hueco dentro de mí.
El chico baja la cabeza.
Yo aprieto los puños.
Y entonces pasa lo que menos me esperaba.
El señor raro aparece.
No grita.
No corre.
Solo está ahí.
—Así no se le habla a ellos —dice, con esa voz tranquila que me pone la piel rara—. Yo me encargo.