La verdad no recuerdo mi nombre.
Creo que tengo cinco años, pero mi vecina Juanita me decía Juliancito.
Cuando me iba a regañar me decía: “Julián, ya”.
Hay días en los que la extraño mucho.
Sobre todo su comida.
No me quejo de que mis papás me mandaran aquí, porque este lugar me hace acordar a Juanita.
Me parece que la vida aquí es bonita.
Tengo muchos juguetes y a veces me pongo a correr por el patio grande, y me gusta.
También ya sé de muchos animales.
El elefante me parece muy lindo, y cuando sea grande voy a tener uno.
Ahorita estoy dibujando un elefante muy bonito.
No recuerdo bien qué sonido hace, pero no importa. Me gusta igual. Tengo un elefante de peluche y lo adoro.
Aquí me tienen mucha paciencia.
Aunque me equivoque, no me gritan ni me golpean. Solo me dicen:
—Número cuatro, así no está bien.
Me gustaría que me llamaran Julián para no olvidar a Juanita, porque la extraño.
No entiendo muy bien qué pasa aquí.
He visto muchos niños llorar, pero no sé por qué lloran.
Al principio me asusté cuando me subieron al carro.
Quería llorar, pero tenía miedo de que me castigaran, así que me hice en un rincón y me dormí lo más que pude.
Cuando llegamos y el señor habló, me sentí tranquilo.
Pensé que había hecho algo malo, pero al parecer aquí sí me quieren.
Después de eso, los días empezaron a parecerse unos a otros.
Hoy estamos en el comedor grande.
Algunos niños comen muy rápido, otros muy lento.
A todos nos sirven lo mismo:
arroz con carne y puré de papa.
Algunos necesitan ayuda para comer y los señores los ayudan.
La comida sabe un poco rara, pero es comida, y no se desperdicia.
Mientras estoy comiendo, uno de los niños se cae sobre la mesa y empieza a botar espuma por la boca.
Me asusto.
Supongo que fue por comer muy rápido.
Los señores actúan rápido y se lo llevan.
Los demás nos quedamos quietos, sin saber qué hacer.
Luego nos dicen que por eso debemos comer lento.
Yo empiezo a masticar más despacio.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que llegué aquí, pero ahora soy más ágil.
Nos enseñan a dar patadas y puños.
Es divertido, aunque a veces algunos golpean muy fuerte.
También me están enseñando letras otra vez, pero cambian de idioma.
No sé qué es eso, pero ya entiendo un poco más.
Por ejemplo, elefante en francés se dice éléphant.
Me gusta cómo suena.
Lo que sí he notado es que muchos niños de mi salón ya no están. A veces le pregunto al señor Patrick, y él solo me mira y dice que no van a volver, que fallaron.
No entiendo qué significa fallar, pero me da miedo cuando lo dice así.
Después agrega que no me preocupe.
Hoy vi a los números 36 y 37.
El 37 me cae muy bien.
A veces jugamos a pelear como nos enseñan aquí y todavía no es rival para mí. En cambio, el 36 no quiere pelear con ninguno de los dos. Es aburrido.
También vi a una niña a la distancia. Tiene el número 84. Me gustaría preguntarle qué le pasó en la cara y si quiere jugar, pero se nota que es más ruda que yo.
Puede con el número 13, y él es bastante fuerte.
Más tarde, nos llevan al patio.
Primero dibujábamos.
Después comimos.
Ahora estamos aquí.
Las cosas aquí cambian sin avisar.
El señor Patrick se acerca. No camina rápido. No grita. Eso hace que todos nos callemos. Nos mira uno por uno y empieza a hablar en portugués. Yo entiendo algunas palabras, pero no todas. Las órdenes importantes siempre las traducen.
—Dos cem que chegaram, trinta já não estão aqui.
(De los cien que llegaron, treinta ya no están aquí.)
El número sí lo entiendo.
Treinta.
—Isso significa que vocês precisam melhorar.
(Eso significa que ustedes necesitan mejorar.)
Luego señala:
—Número sessenta e seis. Número oitenta e quatro. À frente.
(Número sesenta y seis. Número ochenta y cuatro. Al frente.)
La número 84 no duda.
El 66 sí.
Ella lo mira de una forma que nunca había visto. No parece miedo. Parece enojo.
Patrick sigue hablando, tranquilo.
—Eu odeio mentiras.
(Odio las mentiras.)
—Uma vez, tudo bem. Duas, talvez. Três… não.
(Una vez está bien. Dos, tal vez. Tres no.)
Mira al 66.
—Por sua culpa, muitos deixaram de comer.
(Por tu culpa, muchos dejaron de comer.)
El 66 baja la mirada.
—Mesmo com provas, você mentiu.
(Incluso con pruebas, mentiste.)
Hace una pausa.
—Eu deixei passar.
(Lo dejé pasar.)
Luego mira a la 84.
—Mas acusar alguém que nem come?
(¿Pero acusar a alguien que ni siquiera come?)
El patio está en silencio.
—Se vão mentir, façam direito.
(Si van a mentir, háganlo bien.)
Nos mira a todos.
—Eu leio mentiras no rosto.
(Yo leo las mentiras en la cara.)
Trago saliva.
—E isso é o que vocês devem aprender… quando eu quiser.
(Y eso es lo que ustedes deben aprender… cuando yo quiera.)
Luego dice la orden final
—Lutem.
(Peleen.)
Nadie se mueve al principio.
Yo no entiendo todo lo que dijo.
Pero entiendo esto:
Aquí no importa la edad.
No importa el idioma.
Las órdenes siempre se entienden.
Y cuando Patrick habla así, siento que mejorar no significa ser más fuerte…
significa no fallar.