Odio el mundo.
Odio a las personas.
Odio todo lo que me rodea.
Pero la cosa que más odio en esta vida
es que me jodan a mí por no saber hacer las cosas bien.
Por culpa de ese perro maldito tuve que aguantar hambre.
Días enteros con el estómago vacío, mirando cómo otros comían mientras yo apretaba los dientes.
Si no fuera porque escuché a mi papá Patrick, no lo hubiera enfrentado.
Y ahora nos llamaron a los dos a pelear
y mierda... lo voy a gozar con unas malditas ganas.
Porque sabía que era eso o que el pobre estúpido terminara "accidentalmente" muerto.
Me gusta que mi papá Patrick me ayude
a sacar toda esta rabia.
Me gusta que no me diga que me calme,
que no me mire con lástima.
Él entiende.
No dudo en acercarme.
Y el muy imbécil parece creer
que no le voy a hacer nada.
Ja.
Pobre iluso.
No dudo ni un segundo en lanzar el primer golpe.
No me considero fuerte, pero esta vez creo que me pasé.
Mi puño va directo a su rostro y algo cruje debajo de él.
Ese sonido...
Qué satisfacción.
Es exactamente lo que se merece por dejarme sin comer.
Por hacerme aguantar insultos.
Por mirarme como si yo no valiera nada.
Me desenfreno.
No paro.
Golpe tras golpe, sin pensar, sin medir, sin frenar.
Me encanta la sensación de poder, de fuerza, de control.
Mientras lo golpeo le digo todo lo que tengo guardado.
Que es una mierda.
Que ojalá se muera.
No voy a parar hasta que suplique piedad o hasta que esté muerto.
No sé en qué momento terminamos en el piso.
Él intenta cubrirse como puede, pero yo busco la manera de seguir atacándolo.
Hasta que escucho una voz
en perfecto francés:
-Arrête.
(Basta.)
Me detengo de golpe.
Hay sangre.
Mucha.
Aun así, lo pateo una última vez.
-Maldito imbécil -le digo-.
Te salvaste esta vez.
Le escupo.
Luego me levanto y voy directo al lado de mi padre.
Ahora que lo noto, todo el mundo me mira.
Algunos con miedo.
Otros con asombro.
Y me gusta.
Me gusta que me miren así.
No como antes.
No con morbo.
No con lástima.
Eso quedó atrás.
Ya no soy esa cosa flaca que se quedaba callada.
Ya no soy la que aguantaba hambre sin decir nada.
Ya no soy la que bajaba la cabeza cuando la señalaban.
Soy alguien nuevo.
Alguien que va a borrar su pasado y va a cumplir cada exigencia que me pida mi padre.
Porque él me salvó esa vez.
Cuando nadie más lo hizo.
Y eso no se olvida.
Siempre va a estar en mi corazón.
Aunque no sepa decirlo bonito.
Aunque no sepa querer como los demás.
Es la única forma que aprendí.
Dura.
Directa.
Sin promesas falsas.
Pero real.
Sé que él no me haría daño.
Nunca.
Si me exige, es porque quiere que sea mejor.
Si me mira así,
es porque ve algo en mí
que los demás no pueden.
Y si el mundo me odia
por convertirme en esto,
no me importa.
Ellos no pasaron hambre.
Ellos no sangraron por comida.
Ellos no aprendieron que sobrevivir a veces significa romper algo dentro de uno.
Yo sí.
Y no pienso pedir perdón por eso.
Veo cómo se llevan a esa cosa arrastrándolo
y me alegra.
De verdad me alegra.
Tal vez así aprenda con quién no debe meterse.
Patrick hace una seña para que todos se callen.
El patio queda en silencio, solo se escuchan respiraciones agitadas y algún sollozo mal disimulado.
Entonces habla.
-Nunca he dicho que no mientan -dice con calma-.Porque todos mentimos.
Camina despacio frente a nosotros, como si estuviera contando cabezas.
-Lo único que deben saber -continúa- es a quién deben culpar, por su propio bien.
Algunos bajan la mirada.
Otros tragan saliva.
-El número 84 se excedió un poco -dice, mirándome apenas-. Aun así, esto no es nada comparado con lo que les puede llegar a pasar ahí afuera.
Hace una pausa.
-No hago esto para que se tengan miedo entre ustedes -añade-. Lo hago como enseñanza.
Sus palabras pesan.
No suenan a amenaza.
Suenan a verdad.
-Aprovechando que todos están aquí -dice después-, voy a presentarles a mi nueva colega. Su nombre es Samantha.
Levanta la mano y entonces la veo.
No sé en qué momento apareció.
Es alta, de cuerpo ondulado, presencia fuerte.
La verdad ni la había notado antes.
Es bonita.
Pero no de esa forma suave.
Es una belleza que impone.
-Ella estará aquí especialmente para las niñas -continúa Patrick-, aunque eso no significa que no vaya a enseñarles a los niños.
La mujer da un paso al frente.
-Hola, niños -dice, con un acento raro, un poco enredado-. Espero que trabajemos muy bien juntos.
No sonríe demasiado.
Y eso me gusta.
No sé por qué, pero algo me dice que ella entiende este lugar mejor de lo que aparenta.
Y si Patrick confía en ella, entonces yo también.
Patrick termina diciendo
-Ahora deben ir a sus correspondientes clases. Tómenlas con calma, porque no me gustan los fallos.
El murmullo es inmediato. Pasos que se alejan, miradas que todavía me pesan en la espalda. Yo ya iba a reintegrarme a mi grupo cuando su voz me atraviesa otra vez.
-No. Tú no.
-Número 84... tú y yo debemos hablar.
Me detengo.
Por primera vez en mucho tiempo siento frío.
No en la piel, sino adentro, como si algo que llevaba bien enterrado empezara a moverse.
Camino detrás de él sin levantar la cabeza. El sonido de nuestros pasos es lo único que existe. Nadie se atreve a mirarnos ahora. Eso me gusta... y me asusta.
Entramos a una sala pequeña, limpia, demasiado ordenada para este lugar. Patrick cierra la puerta con cuidado, como si lo que va a decir no debiera escapar.