Ha pasado una semana desde que llegué a este lugar al que llaman "hogar". Siete días bastaron para entender que no lo es, Todas las mañanas empiezan igual: filas rectas, miradas cansadas, cuerpos pequeños cargando más de lo que deberían. Patrick observa desde lejos, siempre en silencio, como si evaluara una obra que aún no está terminada.
Yo me encargo de las niñas.
Defensa personal, elegancia, resistencia, control del cuerpo.
Palabras bonitas para algo que, en el fondo, es aprender a sobrevivir.
Les enseño a caer sin lastimarse, a golpear puntos precisos, a mantener el equilibrio incluso cuando el cuerpo pide rendirse. Algunas tienen talento natural. Otras solo tienen rabia. La mayoría... miedo.
Y aun así, aprenden rápido.
Demasiado rápido.
He visto moretones que no pregunté cómo aparecieron. He visto manos temblar cuando alzo la voz un poco más de lo normal. He visto niñas que sonríen solo cuando creen que eso es lo que se espera de ellas.
Ese día, una de ellas falla un movimiento.
No por falta de fuerza.
Falla porque su cuerpo no responde.
Se queda rígida, con los brazos tensos y la mirada fija en un punto que no está frente a ella.
-Respira -le digo, sin levantar la voz.
Lo intenta. Su pecho sube y baja demasiado rápido.
Me acerco lo suficiente para verla mejor.
Pupilas dilatadas, sudor frío en la frente.
-¿Te duele algo?
Niega con la cabeza, pero aprieta la mandíbula. Sus manos tiemblan, no es cansancio.
La tomo del hombro y la siento con cuidado, le doy agua, parte se desliza por la comisura de sus labios.
No es saliva.
Es espesa.
Espuma.
Sigo con la clase como si nada hubiera pasado.
Pero por dentro, algo se cierra, eso no es normal.
Y alguien lo está provocando.
Lo peor, se quien lo hace.
Intento mantenerme lo más natural posible que mi mente me permite, ahora solo debo concentrarme en acabar la clase.
Cuando finaliza la clase voy a la oficina improvisada de Patrick.
No toco la puerta; para mí no es necesario.
Cuando entro, está concentrado frente al computador. No levanta la vista.
-Mira... -empiezo-. Sé que no debería meterme en tus asuntos porque son -hago comillas con los dedos- tus planes y tus sueños, pero me di cuenta de que estás dándoles cosas a los niños que son peligrosas.
Silencio, solo el sonido de las teclas.
-¿Ajá? -responde al fin-. ¿Y eso a ti te afecta?
Ni siquiera me mira, a veces me pregunto qué fue lo que vi en este hombre.
-Me afecta porque los veo -digo-. Porque sé cómo se mueve un cuerpo normal... y cómo se mueve uno que está compensando algo.
Se detiene.
No se gira.
No me enfrenta.
Pero deja de escribir.
-¿Y? -pregunta-. No fue el primero. Tampoco será el último.
-No son adultos -digo-. Son niños.
Entonces por fin me mira.
Sus ojos no tienen culpa.
Ni sorpresa.
Ni vergüenza.
-Precisamente -responde-. Por eso funcionan.
Doy un paso hacia adelante.
-Les estás forzando el cuerpo. Veneno en dosis pequeñas, resistencia inducida, tolerancia artificial. No todos van a sobrevivir.
-Nunca dije que todos fueran a sobrevivir.
El aire se vuelve pesado.
-Estás jugando a ser dios.
Él sonríe apenas.
-No. Estoy evitando que mueran cuando el mundo intente matarlos de verdad.
-¿Y las drogas?
Su sonrisa se borra.
-Eso no lo aprendiste sola.
-No -admito-. Lo aprendí observando. Porque una niña no debería mantener el equilibrio después de tres caídas seguidas. Porque otra no debería dejar de sentir dolor tan rápido.
Patrick se levanta. Camina hasta quedar frente a mí.
-Tú entrenas elegancia, control y poder -dice en voz baja-. Yo entreno supervivencia.
-¿A ese precio?
-Al único que existe.
-Uno de ellos va a romperse -le digo-. Y cuando pase, no será un fallo técnico. Será un trauma irreversible.
-Por eso estás tú aquí.
-¿Para limpiar tus errores?
-Para identificar a los que pueden soportarlo... y a los que no.
Silencio.
-Esto no es solo para defenderse.
-Nunca lo fue.
¿Este hombre está creando soldados, máquinas, o títeres?
-¿Lo sabrán?
-¿Sabes qué pasa con un niño que entiende lo que le hacen? - dice - deja de ser moldeable. El miedo consciente destruye. El inconsciente fortalece.
-Estás decidiendo por ellos.
-Como lo ha hecho todo adulto que alguna vez dijo "esto es lo mejor para ti".
Se acerca un poco más.
-¿Sabes cuál es el problema, Samantha? Tú todavía preguntas si es correcto.
Hace una pausa.
-¿Acaso a nosotros no nos hicieron lo mismo?
La frase pesa.
-Míranos -dice-. Estamos bien. Somos fuertes. Sobrevivimos.
-Esto es necesario -añade-. Y tú lo sabes.
No respondo.
-Ninguno lo va a saber -concluye-. Y es por su propio bien.
Me doy la vuelta y me voy, hablar con el es imposible con sus ideales
Vuelvo nuevamente al salón improvisado.
Tengo la cabeza hecha un lío.
¿Qué se supone que debo hacer?
¿Cumplir su sueño… o cumplir con la humanidad misma?
Llego y las niñas ya están ahí.
Todas ordenadas en sus puestos, listas para empezar.
Suspiro.
Hay momentos en los que la humanidad debe aprender a olvidarse.
La clase comienza.
Mientras hablo, mi mirada se detiene en una de ellas.
Sus ojos están despiertos.
Atentos.
Se me hace familiar.
No sé por qué, pero algo en ella me incomoda.
En algún momento cruzamos miradas.
Y entonces lo veo claramente.
Esa mirada no me recuerda a alguien que conocí.
Me recuerda a alguien que fui.