Estoy entrenando.
El salón es demasiado grande.
Mis piernas pesan. Los brazos no me responden.
Al fondo la veo.
No camina. No se mueve.
Está ahí, como si siempre hubiera estado.
—Mami…
La voz me sale mal. Rota.
Corro, pero el piso se alarga. Cada paso cuesta.
—Mami, espera… no me dejes…
Las palabras se atropellan.
—Prometo portarme bien.
Prometo no llorar cuando me caiga.
Prometo no quejarme cuando me duela.
Prometo no comer si eso te molesta.
El aire empieza a faltar.
Como si alguien cerrara una mano dentro de mi pecho.
Respiro… pero no entra nada.
Mi garganta arde.
El corazón golpea demasiado rápido, demasiado fuerte.
—Mami… por favor… no me dejes aquí…
Quiero llorar.
Mi cuerpo quiere llorar.
Pero no puedo.
Ella se gira.
Solo un poco.
Su mirada pasa por mí como si no existiera.
—Lárgate.
—Eres un estorbo.
Me caigo. No siento el golpe.
Siento que me hundo.
Quiero gritar, pero no sale sonido.
Quiero respirar, pero el pecho no se abre.
Abro la boca.
Nada.
Me despierto.
El cuerpo duele como si hubiera corrido kilómetros.
El pecho sigue apretado.
El aire entra a medias.
Estoy empapada.
Lloro sin hacer ruido, con espasmos, como si todavía no me dejaran.
Como si el sueño no se hubiera terminado del todo.
Y por más que respire…
algo sigue apretando.
Después de despertar, es imposible volver a dormir.
Todas las noches sueño con ella.
La extraño.
Extraño sus abrazos.
Su comida.
Siento que he pasado tanto tiempo aquí que he olvidado el tono de su voz.
A veces intento recordarlo, pero solo me queda la forma de su espalda cuando se va.
¿Ella también me extraña, verdad?
No sé.
No quiero saberlo.
Sé que hay cosas que ella hacía conmigo que a otros niños no les pasaban.
Pero, aun así, es mi madre.
Tal vez a los otros niños no los cuidaban bien.
Tal vez yo tuve suerte.
Tengo un problema.
Con cualquier golpe me sale un morado.
Siempre fue así.
Aquí es raro que pase, y eso es un poco extraño pero bueno.
Aunque últimamente me siento extraña.
A veces me siento ida, como si mi cabeza flotara lejos de mi cuerpo.
Otras veces veo cosas que no están ahí.
Sombras. Movimientos. Rostros que desaparecen cuando parpadeo.
Hay días en los que estoy tan cansada que siento que no puedo más.
Pero aun así, en clase, mi cuerpo aguanta.
No sé cómo.
No sé por qué.
También me ha dolido mucho el estómago después de comer la comida que nos dan.
Se me revuelve todo por dentro.
Pero supongo que es normal.
Tal vez soy sensible.
Eso decía mi mami.
Yo estoy esperando que el día que salga de aquí mi mamá me esté esperando.
Que me perdone por lo que hice.
Si te soy sincera, no recuerdo qué pasó con el amigo de mi mamá.
Recuerdo que ese día ella me dijo que yo era asquerosa.
Que me había gustado.
Que no llorara.
Aunque es un recuerdo muy doloroso, no lo veo completo.
Está borroso.
Una de las razones por las que no me gusta pensar en eso es porque me siento muy rara.
No me llega el aire.
Empiezo a llorar y no puedo controlarme.
Pero hoy quiero recordar.
Quiero entender por qué mi mamá está molesta conmigo.
Lo intento con toda la fuerza que tengo, pero no puedo.
No llega nada claro.
Solo sensaciones.
Nada más.
Solo mi mamá.
Ella me está golpeando.
Me dice que soy una basura.
Que le doy asco.
Que yo lo disfruté.
Que deje de llorar.
Que eso me merezco por gustarme eso.
No puedo dejar de pensar en eso.
De volver a vivirlo.
Intento recordar otra vez y el aire desaparece.
Me cosquillean las manos.
Por más que trato de respirar, el aire no llega nunca.
Tengo mucho miedo.
Escucho voces.
Me dicen exagerada.
Estúpida.
Tonta.
Que no debería existir.
Necesito ayuda, pero no puedo hablar.
Necesito calmarme, pero no puedo.
Es casi imposible.
Me odio tanto por esto.
No sé cuánto tiempo pasa.
Estoy muy asustada.
De pronto se enciende la luz del cuarto.
Samantha…
Habla, pero no la escucho.
Cuando se acerca, no es ella.
Es mi mamá ese día.
Con un palo.
Grito.
—Por favor, no mamá… por favor… no me pegues…
Tengo miedo.
Se está acercando.
Me va a lastimar otra vez.
—Ayúdenme, por favor…
Ni siquiera sé por qué hablo si sé que va a ser peor.
No sé en qué momento Samantha me toma del brazo.
Grito más fuerte.
Me va a pegar.
Es mi culpa.
Soy muy ruidosa.
Pero no me pega.
Dice:
—Vamos a contar hasta diez, ¿entendido?
No respondo.
No puedo.
—Vamos… tú puedes.
Empieza a contar sola.
—Concéntrate en mi voz. Aquí. Ahora.
Poco a poco me calmo.
Pero ella no ha terminado.
—Ahora necesito que cuentes conmigo hasta diez, en voz alta.
Empiezo… pero me equivoco.
Mi voz tiembla.
—Está bien —dice—. Ahora vamos a respirar juntas. Inhala.
Lo intento, pero una tos me corta el aire.
—Vamos. Inhala.
Inhalo.
—Sostén.
Obedezco.
—Suelta.
Suelto.
Lo hacemos tres veces más.
Me siento un poco mejor.
Muy cansada.
—Mañana hablaremos de lo sucedido —dice—. Ahora todos vuelvan a dormir.
Recién entonces soy consciente de dónde estoy.
Todos mis compañeros me miran.