Perfectos

Alianza

Mi número.
Mi número es el 79.
Pero yo no soy un número.

Eso pienso

Soy una persona.
Antes de llegar acá me dijeron eso.
Que aunque me pasaran cosas feas, seguía siendo una persona.

Por eso el número no me gusta.
No se siente como yo.
Mi nombre sí.
Me llamo María.

Y me siento…

Vacía.

No sé bien qué está pasando.
No sé qué quieren de mí.
No sé por qué somos tantos.

A veces trato de contar los días,
pero se me olvidan.

Sé que pasó tiempo.
Semanas, creo.

Porque todo cambió.

Antes nos enseñaban cosas fáciles.
Letras.
Colores.

Animales.

Cosas que podía repetir en mi cabeza.

Después empezaron otras cosas.
Correr.
Aguantar.
Pasar por lugares raros.
Como ramas bajas que te raspan.

No entiendo para qué.

También cambiaron las personas.
Ya no hablan igual.
Algunos hablan raro.
Como si las palabras chocaran.
Escuché árabe.
Inglés.
Una vez algo que dijeron era tan distinto que me dio miedo.
Creo que era mandarín, pero no sé.
Solo sé que cuando cambian,
alguien ya no vuelve.

Tenía una amiga.
Dormía al lado mío.
Un día desperté
y su cama estaba vacía.

Nadie dijo nada.
Pregunté, pero no me respondieron.

Antes de llegar acá yo tenía seis años.
Creo.
Tal vez siete.
Creo que ya cumplí años aquí, pero no estoy segura.
No sé cuándo cumplo. Eso me da un poco de miedo.

Todo se siente borroso.
Como cuando miras algo con los ojos llenos de agua.
Aveces quiero entender qué van a hacer conmigo.
Si me van a hacer daño.
Si me van a vender.
Si me van a hacer cosas feas.
Como las que veía antes.
Ocosas peores.
No sé.
No entiendo.

Solo sé que quiero saber el porque estoy aquí

En todo este tiempo que he estado aquí me he dado cuenta de algo raro.
No sé si raro es la palabra correcta, pero se siente injusto.
Hay tratos diferentes. Preferencias.

Son dos en especial.

El número 37.
Y el número 84.

A ellos los tratan casi como reyes.
Pero sobre todo a ella. Al número 84.

Todavía tengo la pelea metida en la cabeza. No se me sale.
Y ya han pasado como dos semanas.
El pobre número 66 sigue en cama, todavía no se levanta bien. A veces lo veo respirar lento y me pregunto si le duele todo el cuerpo.

Y entonces pienso…
¿por qué ella sí puede explotar y los demás no?
Porque yo sé lo que pasa cuando nos encuentran peleando.
Lo he visto.
Dos días sin comida.
El doble de entrenamiento.
Las piernas arden, los brazos no responden, y aun así te gritan que no es suficiente.

Pero ella no.

A ella no le pasó nada.
Siguió con su día normal.
Mirar mal.
Practicar con Samantha.
Golpear árboles como si no doliera.
Treparlos, como si caerse no existiera.

Eso es lo que más me inquieta.

La forma en la que Patrick la mira.

No es como cuando un adulto te mira porque aprendiste a montar bicicleta sin rueditas.
No es orgullo.
Es otra cosa.

Es como si la admirara.
Como si estuviera mirando algo importante.
Algo que no quiere perder de vista.

Samantha es distinta.
Ella la mira raro.
Casi como con miedo… creo.
No estoy segura.
Las emociones son difíciles. A veces se confunden.

Con el número 37 pasa algo parecido.

Ese niño que tiene un hermano gemelo.
Cuando llegó era callado, tímido, casi invisible.
Ahora no hay quien lo aguante.
Pregunta de todo.
De animales.
De idiomas.
Corre más que antes. Mucho más.

Es extraño.

Los dos reciben la misma mirada.
Como si fueran… perfectos.
Como si nunca hicieran nada mal.

Y nosotros no.

Así que tengo un plan.
No sé si va a funcionar.
Tal vez es una idea tonta.

Pero dicen que si no puedes con tus enemigos, te vuelves su aliada.

Y voy a empezar por la más difícil.

El número 84.

La única forma que se me ocurre de acercarme a ella
es pedirle ayuda.

¿Es una locura?
Un poco.
Ella no habla con nadie.

¿Quiero hacerlo?
Para nada.
Da miedo.

¿Voy a hacerlo?
Sí.
Porque quiero que me traten como la tratan a ella.

Así que empiezo mi plan.

Hoy estamos en el patio.
La señora Samantha nos dice que nos preparemos. Vamos a trepar árboles.

Dice que hay que subir hasta donde el cuerpo aguante
y luego bajar
sin caerse.

Yo soy muy mala en esto.
Muy mala

Me raspo.
Me tardo.
Me tiemblan las manos.

Entonces pienso que esta es mi oportunidad.

Camino hacia el número 84.

Respiro hondo.
Porque siento el pecho apretado.

—Hola… Te he visto subir a los árboles. Eres muy buena. ¿Me ayudas, por favor?

No me mira.pero responde.

—No quiero.

Lo sabía.

—Por favor —digo rápido—. No quiero quedarme sin cena hoy.

Se queda callada un momento.
No sé si está pensando
o si solo me ignora.

Después dice:
- Está bien. Pero solo explico una vez.¿Entendido?

Suspiro aliviada.
Creo que la Virgencita sí me escuchó.
Antes de empezar me dice que elija un árbol.

Camino hacia uno que me parece bonito.
Es alto.
Liso.
Se ve fuerte.

Eso debe ser bueno… ¿no?

—Se nota que eres bruta con ganas —dice el número 84.
Me quedo quieta.

-Ese árbol jamás va a funcionar para trepar.

Trago saliva.
Definitivamente voy a necesitar mucha paciencia para estar cerca de ella.

- Primero —continúa— tienes que elegir uno torcido.
O con ramas bajas.
Si no, no subes nunca.

Se mueve hacia mi izquierda y señala un árbol que está inclinado, como si estuviera cansado de estar derecho.



#967 en Thriller
#437 en Misterio
#2385 en Otros
#465 en Acción

En el texto hay: traumas, manipulacion, controlada

Editado: 25.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.