Perfectos

Adaptarse

Me gusta estar sobre los árboles.
Siento que puedo respirar mejor.
Y me hace acordar de mi abuelo.

Mi abuelo.
Lo extraño mucho.

Sé que llevo cinco meses sin verlo.

Lo sé porque él me enseñó a contar con palitos.
Decía que treinta palitos eran un mes.
Y yo ya tengo cinco montoncitos de treinta.

Así que…
son cinco meses.

Me acuerdo que empezó a enseñarme lo de los palitos porque mi tía siempre me llevaba lejos de la casa.
Al principio yo lloraba mucho.
Me dejaban con personas que me lastimaban.
Después llegaba mi abuelo
y me sacaba de allí.
Él me prometió que me iba a enseñar para que yo no me asustara tanto.
Me dijo que siempre le diera un mes.
Que él iba a volver por mí.

Pero ya pasó mucho tiempo.

Y no volvió.

Quiero llorar,
pero sé que eso no me sirve de nada.

Bajo lentamente del árbol.
Aprendí mirando a los demás.

Mientras bajo, veo a lo lejos a una niña que se cae de manera tonta mientras otra la mira.

Es un poco triste.

Todos tienen compañía.
A mí nadie me habla.
Y me siento solo.

Aunque…
tampoco yo intento hablar con nadie.
Se siente cansado querer compañía.

Con el único que medio hablaba era con el 66, y todavía sigue enfermo.

Quiero pedirle a la señora Samantha que me deje ver al número 66.
Él, igual que yo, está solo.

No me gusta pensar que sigue enfermo y que nadie va a visitarlo.

Hace semanas pregunté si podía verlo, pero me dijeron que no.
Y ahora siento que volver a preguntar sería perder el tiempo.

He pensado mucho.

Como Samantha no me deja ir a ver al 66, creo que voy a preguntarle al señor Patrick.
Tal vez él sí me deje.
Y si tampoco me deja… igual voy a ir.

Me da un poco de miedo, pero ¿qué es lo peor que puede pasar?

¿Otra semana solo tomando agua?

Creo que ya me estoy acostumbrando.

Así que, mientras termino mis ejercicios de estiramiento y escucho a Samantha regañar a la número 84 (otra vez), decido ir a donde está Patrick.

Encontrar a Patrick es súper sencillo.
Él siempre (y cuando digo siempre, es siempre) está mirándonos cuando entrenamos.

Da un poco de miedo.

Mientras Samantha sigue diciéndole al número 84 que deje de ser tan grosera con sus compañeros, voy caminando hacia donde está Patrick.

Conté mis pasos.

Son 136.

Cuando llego cerca, respiro hondo porque ese señor me da ñáñaras.

-Señor Patrick… ¿puedo hacerle una pregunta?

-¿Mmm? -contesta sin dejar de mirar el campo.

-¿Puedo ir a ver al número 66? Es que desde la pelea no lo he visto. He preguntado por él, pero no me dejan verlo.

Lo digo rápido, antes de que me dé miedo seguir hablando.

Patrick tarda un poquito en responder.

-Por supuesto que puedes -dice al final&. Luego me cuentas quién no te dejó verlo.

¿Así de fácil fue?

Hubiera venido antes.

- Amm… ¿puedo ir ahora?

-Sí, sí puedes -dice Patrick, todavía concentrado mirando el campo.

¿Pero qué se supone que mira tanto?

Estoy a punto de irme cuando dice:

-Espera. Que alguien te acompañe. A lo mejor te pierdes.

Levanta la mano y llama a uno de los señores que nos enseñan. Le dice algo en voz baja.

El señor se acerca a mí.

Okey… ahora tengo miedo.

—Vamos, pequeño —dice el señor.

Mientras caminamos por los pasillos, veo muchas flores en las ventanas.

Definitivamente esta casa es grande.

Seguimos caminando un rato más hasta llegar a una habitación.

El señor abre la puerta un poco y dice:

-Входи.
(entra).

Entro.

Y veo al número 66 en la cama.

La verdad pensé que lo iba a encontrar mal…

pero está sentado en la cama.

Leyendo.

¿Acaso él ya sabe leer?

Le voy a pedir que me enseñe.
A mí todavía se me dificulta.

Respiro.

-66… -me sale en susurro-. ¿Cómo sigues?

Levanta la mirada.

-Número 59… qué sorpresa -dice-. ¿Te acordaste de mí… o viniste porque doy lástima?

Parpadeo.
¿Por qué habla así?

-Solo… estaba pensando mucho en ti.

-Ajá -responde-. Pues ya viniste. Ya puedes irte.

Eso me molesta un poquito.

-Oye, ¿qué te pasa? ¿Yo qué te hice?

Aprieta el libro con fuerza.

- Nada -dice -. Tú no hiciste nada.

Silencio.

- Pero tampoco hiciste nada cuando pasó.

No entiendo.

-Mira… si es por lo de la pelea… no es mi culpa. Fueron órdenes de Patrick.

-¡Ya sé! -responde, alzando la voz-. ¡Todo aquí son órdenes!

Se levanta un poco, pero se nota que le duele.

-Antes podía decir lo que quisiera - continúa-. Antes… no era así.

Aprieta los dientes.

-Y ahora viene ella… y todos la miran como si fuera especial.

Traga saliva.

-La odio.

Lo dice bajito.

Pero suena peor.

-Ojalá… -hace una pausa- ojalá desaparezca.

-No sé de qué hablas -digo, siendo sincero-.
Antes de llegar aquí la estaban regañando por ser grosera… así que no sé qué tiene de especial.

No sé en qué momento…

pero está llorando.

Me quedo quieto.

¿Qué se supone que haga cuando alguien llora?

No me gusta.

-¿Tú no te das cuenta? -dice, con la voz rota-. ¿Por qué crees que Patrick siempre está viendo cómo entrenamos?

No respondo.

-Porque la ve a ella… -continúa-. ¿Y nosotros qué?

Aprieta los puños.

-Antes podía decir mentiras y no me pasaba nada… y ahora… si digo algo de ella…

Se le corta la voz.

-…me pasa esto.

Me acerco un poco.

No sé si tocarlo o no.

-Mi cuerpo duele -dice, más bajito-. Mucho.

Se limpia la cara con la manga.

-Es como cuando mi papá me pegaba…

Eso me deja frío.

-¿Una niña puede tener esa fuerza…? -pregunta- ¿o soy yo el débil?

Silencio.

-¿Qué debería hacer?



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En el texto hay: traumas, manipulacion, controlada

Editado: 17.04.2026

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