Amaury
Intento abrir la puerta rápidamente, pero al no poder, Iraide detiene el beso. Saca la llave de su bolso y la mete en la cerradura. Abre la puerta, me da el paso y entramos. Ella avienta las llaves sobre el mueble y azota la puerta. La furia y la pasión van de la mano con esta mujer.
Volvemos a besarnos, caminando a tientas hasta la habitación. Y de nuevo, lo hacemos. No es un acto de amor, ni siquiera de afecto. Es la manera más efectiva que tenemos de ignorar el vacío que dejaron en nosotros. Ya conocemos cada curva y cada marca de la piel del otro, pero no hay nada más allá de eso.
Me levanto de la cama y voy a la cocina. Sirvo un vaso de jugo de naranja y me siento en la sala. Me gusta su departamento; es funcional, sin adornos inútiles. La veo acercarse. Lleva puesta mi camisa. En ese instante, una punzada me atraviesa. Recuerdo lo bien que le quedaba mi ropa a Renata... y la facilidad con la que ella se deshizo de mí.
—¿De nuevo pensando en ella? —pregunta Iraide. Mi silencio es una afirmación clara.
—Estamos igual —añade ella—. Yo sigo pensando en ese imbécil.
Recuesta su cabeza en mi pecho. Busca consuelo, busca que la reconforte, y eso me incomoda. Siento su cercanía emocional como una invasión innecesaria.
—Es hora de que me vaya —me aclaro la garganta, sintiendo una repentina necesidad de aire. Me levanto de golpe, sin importarme el brusco movimiento.
Desde aquella noche en el karaoke, nuestro trato es casual: un alivio temporal basado en la necesidad física y el cinismo compartido. Nada más.
Editado: 03.03.2026