Amuary
Dejo la maleta en la entrada y toco el timbre. Decidí pasar Navidad y Año Nuevo en California con mi Princesa. Mis padres están en algún rincón del mundo, pero prefiero estar aquí.
Iraide me invitó a su casa, pero rechacé la propuesta de inmediato; no quiero que su familia malinterprete las cosas. Siempre he creído que este tipo de ocasiones deben pasarse con personas que amas y no con cualquiera, por eso siempre las paso con mi abuela o solo. Para mí, la Navidad y el Año Nuevo están reservados para la familia y en un futuro, espero pasarla con la mujer que amo.
Al abrir la puerta, los ojos de Edesia se iluminan.
—¡Maury! —me abraza con un entusiasmo que me reinicia el sistema. Necesitaba tanto un abrazo así.
—Princesa, feliz navidad.
—Es el mejor regalo que me pudiste dar.
Me separo un poco de ella.
—Yo sé que con mi presencia basta y sobra, pero yo no soy tu regalo.
—Si lo eres, gracias por estar aquí.
Cenamos con Thomas y Alessia. Hay concursos, risas y una guerra de harina en la cocina que casi me hace olvidar el vacío. Pero el fantasma de Renata siempre encuentra una forma de colarse.
Para intentar cerrar el ciclo, la bloqueé de la única red social donde la tenía. Me funcionó al principio, pero descubrí que sigue a una de las amigas de Iraide. Ahora, en un momento de debilidad mientras todos ríen en la sala, saco mi celular y entro a Instagram desde aquel perfil ajeno. Lo primero que veo es el círculo parpadeante: su historia.
Es un recap de su año. Veo los fragmentos: Madrid, el antro, cafeterías, la playa, el cine. Ella luce perfecta. Sonríe a la cámara con una tranquilidad que me quema y no es que me moleste verla bien, pero mi voz interna grita las mismas preguntas estúpidas:
¿Por qué soy yo el único roto? ¿Por qué lo que vivimos no le dejó ni una sola cicatriz?
«Porque no le importas, nunca le importaste, por eso se fue», me responde mi voz interna.
Repito el video una y otra vez, buscando una grieta, una señal de que me extraña. Pero no hay nada.
Si le hubiera importado o si me hubiera querido tan solo un dos por ciento de lo que dijo, se habría despedido. Una maldita carta, un maldito mensaje o un maldito audio, las personas de calidad tiene la decencia de cerrar la puerta; ella simplemente desapareció.
Ahora sé que conoces a una persona por la forma elegante o cobarde en la que se va de tu vida.
—¡Maury! —la voz de mi hermana me saca de mis pensamientos que lo unico que hacen es dañarme —. ¿Le mandamos un video a Renata para desearle feliz navidad?
Me tenso. Ella no sabe que lo nuestro se acabó; le dije que Renata se fue a España solo por sus estudios y no quiero arruinarle su alegría.
—No te preocupes, yo hablo con ella luego.
—¿No crees que se moleste si no le deseas feliz navidad? —insiste Edesia.
No tengo salida. O le digo la verdad o miento. Saco mi celular, abro la cámara y nos grabamos.
—Hola Renata —dice Edesia con una sonrisa pura—, es para desearte feliz navidad. Sé que estás ocupada, pero no quería irme sin desearte felices fiestas.
Me toca a mí. Me aclaro la garganta, sintiendo un nudo amargo.
—Renata, feliz navidad. Sigue divirtiéndote en Madrid —mi voz suena con una molestia que trato de ocultar—. Te quiero.
Esto último lo digo de verdad, y me odio por eso. Le entrego el celular a Edesia para que vea el video y ella sonríe, convencida de que todo sigue igual. El resto de la noche transcurre entre brindis y promesas de un futuro mejor, pero mientras choco mi copa con la de mi familia, solo puedo pensar en ese video de Instagram donde yo ya no existo.
Editado: 03.03.2026