Perfectos Desconocidos

08 de Febrero del 2023

​Me levanto sobresaltado. Mi corazón golpea contra mis costillas como un tambor frenético, fuera de control. Mi sueño no ha sido agradable: una caída al vacío, sin red, sin final. Hacía mucho tiempo que no experimentaba ese terror puro de la caída libre. Intento convencerme de que es el estrés de los restaurantes, pero este vacío se siente diferente. Se siente terminal.

​Me levanto del sillón y voy a la cocina. El departamento está en un silencio absoluto, una quietud que me eriza la piel. El agua que bebo no logra quitarme el nudo que tengo en la garganta. Entonces, el celular rompe el silencio.

​—Thomas, ¿todo bien? —pregunto, tratando de calmar mi propia agitación.

—No. Sí... no lo sé —su voz es un sonido áspero, una cuerda a punto de romperse.

—¿Qué pasa?

—Estoy tratando de comunicarme con mi princesa, pero no atiende. Siento que algo no está bien, Amaury. Tengo un mal presentimiento.

​Una punzada fría me recorre la columna. Trato de sonar racional, de ser el hermano que mantiene la calma.

—Tranquilo, debe estar en la escuela. Voy a marcarle a Giuseppe.

​Cuelgo. El timbre de mi puerta suena en ese instante, pero ni siquiera me fijo en quién es. Abro la puerta por inercia mientras busco el contacto de Giuseppe. Es Iraide, pero no le dedico ni una mirada. Marco. Una, dos veces... nada. Al tercer intento, alguien responde.

​—Diga... —la voz de Giuseppe es un hilo quebrado, casi inaudible.

—Giuseppe, soy Amaury. Thomas y yo estamos preocupados, ¿está Edesia contigo?

​Silencio. Luego, un sollozo que me hiela la sangre. Mi mente se niega a entender, pero mi cuerpo ya sabe que algo no esta bien. Al otro lado de la línea escucho sirenas, gritos ahogados.

​—Lo siento —dice Giuseppe. Toma una bocanada de aire, como si el oxígeno se hubiera vuelto arena—. Amaury, Dios mío, lo siento tanto.

—¿Tuvieron un accidente? —Mis palabras salen como un silbido forzado. Siento un calor sofocante en la garganta—. ¡Mierda! ¡Di algo, Giuseppe! ¡¿A qué hospital la llevan?!

​Escucho cómo empieza a llorar sin control. Ese llanto es la respuesta que no quiero escuchar.

—Hice todo para que se mantuviera despierta, pero...

​El vaso de agua se me resbala de la mano. Lo veo caer en cámara lenta, impactando contra el suelo y esparciendo fragmentos de cristal por toda la cocina. El sonido del vidrio rompiéndose es el único ruido en mi universo. Mi mente se detiene.

​—Lo siento —repite la voz en el teléfono.
​Esa palabra es una bala que me atraviesa. Mi respiración se agita hasta volverse un jadeo errático. Dejo caer el celular. Me arrodillo sobre los cristales rotos, pero no siento los cortes, no siento el dolor físico. Solo siento el frío.

​—¡MALDITA SEA! ¡¿POR QUÉ ELLA?! —grito, y el aullido me rasga la garganta desde adentro—. ¡PRINCESA, TÚ NO! ¡POR FAVOR!

​Estrello mi puño contra la pared una, dos, tres veces. Necesito que este dolor salga, pero se queda ahí, enterrado. Iraide intenta acercarse, me dice algo de mi mano sangrando, pero su voz es un eco lejano. No existe nada. Solo este vacío.

​El celular vuelve a sonar en el piso. Es Thomas. Niego con la cabeza, sin voz. No puedo ser yo quien le arranque el alma a mi hermano. Tomo aire, pero sabe a ceniza.

—Thomas...

—¿Te contestó? ¿Qué pasó con Edesia? —su voz ya es de desesperación pura—. ¡RESPONDE, AMAURY!

​Cierro los ojos. Siento cómo la última parte de mi humanidad se desprende de mí en este momento.

—Ella está muerta —pronuncio cada palabra con una dificultad insoportable.
​Escucho el silencio del otro lado. Un silencio largo, terrible, y luego el sonido seco de algo pesado cayendo al suelo. La llamada se corta.

Funeral - Tres días después

​Llego a California y el aire huele a pérdida. El departamento de Edesia está lleno de gente vestida de negro y flores blancas las cuales eran sus favoritas. El ataúd está ahí: café, frío, pulido. Una caja de madera que encierra toda mi alegría.

​Veo a Thomas. Tiene los nudillos destrozados, rojos. Reconozco esa furia; es la misma que yo llevo dentro. Me acerco al ataúd y escucho a Giuseppe suplicarle a la madera.

—Solecito, despierta. Me voy yo en tu lugar, pero levántate.

​Le toco el hombro. Se gira y su rostro es el mapa del abandono. Lo abrazo con fuerza, porque somos lo único que queda de ella.

—Quiero que despierte —solloza contra mi hombro.

—Queremos lo mismo —respondo, con una voz que ya no reconozco como mía.

​Miro las coronas de flores, busco entre las notas de condolencias, reviso mi celular por milésima vez. Nada. Ni un mensaje de Renata. Ni una llamada. Ella está en Madrid, viviendo su vida perfecta, mientras yo entierro a mi hermana.

​En ese momento, frente al ataúd de la única persona que me amaba sin condiciones, entiendo que Renata no solo se fue de mi lado. Se fue de mi vida cuando más la necesité. Y eso, no se lo voy a perdonar nunca.




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