Aplausos.
Muchos aplausos.
Eso era lo único que escuchaba a mi alrededor.
El teatro estaba lleno de personas sonriendo, llorando y hasta gritando. Todos felices por los logros de sus familiares o amigos tomando fotos por cualquier lado que mirásemos.
Era el día que habíamos esperado por años.
El día que debía sentirse como algo emocionante. Como un gran logro y aunque lo que era, no podía dejar de pensar en una sola cosa.
¿Y ahora qué?
Caminé de vuelta hacia mi asiento con el "diploma" entre las manos, que en realidad solo era un papel que decía que había cumplido con los requerimientos de mi Licenciado en Terapia Física y Rehabilitación. El verdadero llegaría en unos meses más.
Había pasado noches enteras estudiando para llegar hasta aquí. Había sobrevivido demasiados exámenes que parecían imposibles, proyectos interminables, y mañanas en las que levantarme no eran una opción.
Se suponía que debía estar sintiendo algo, ¿no? pero entonces, ¿por que sentía un vacío tan grande en el pecho?
Mire a mi alrededor una vez más.
Todos parecían saber exactamente hacia dónde iban.
Todos, menos yo.
A mi alrededor ya hablaban de especialidades, de trabajos, de mudarse.
Tenían un plan.
Yo solo tenía un diploma y muchas preguntas.
Tenía amistades, aunque últimamente me sentía ajena, fuera del lugar estando con ellos y sentía que no era justo para ninguno. Tenía un trabajo, pero nada estable. Vivia aún con mis padres. Y no, con veintitrés años no tenía aún una relación.
Sabía que eso no debía ser importante, pero me era inevitable no pensar en ello al ver tantas chicas y chicos de mi edad con algo estable. En ocasiones hasta com familias ya formadas por lo que a veces miraba hacia la luna anhelando que mi vida diera un giro.
Que tuviera algo de emoción.
No porque fuera infeliz, sino porque estaba cansada de sentir que mi vida llevaba demasiado tiempo detenida en el mismo lugar.
Cómo si todos avanzaran, mientras yo, solo permanecía quieta observando cómo el tiempo seguía pasando.
Así que cansada de que no llegara la emoción a mi, decidí, ahí, en medio de la graduación, que entonces yo buscaría esa emoción, pero primero, lanzaría mi birrete tan alto como pudiese.
Salí de el teatro detrás de mis compañeros, buscando a mis padres, Amalia y Diego, entre la multitud con mis uno sesenta de altura esperando encontrarlos, porque a aparte de no ser tan alta como el resto de mis compañeros también necesitaba lentes para ver.
Una vez los encontré caminé hasta ellos con pasos tan largos como podía para no perderlos otra vez.
–¡Poly! –. La voz de mi madre llegó a mis oídos junto a un abrazo fuerte. De esos que dejan sin aire por unos segundos–. Déjame abrazarte un poco más, me costó pagarte la universidad.
Solté una carcajada.
–Que palabras más bonitas, mamá.
–Estoy hablando en serio.
–Lo sé –dije separándome de ella lo que me dejo ver su expresión real. Unos ojos brillosos llenos de orgullo que por un instante deseé poder verme cómo ella me veía a mi.
Minutos después sin querer interrumpir el momento madre e hija, mi padre se acercó más a nosotras con una cámara digital en mano queriendo capturar cada instante, aunque era normal. Despues de todo era periodista.
–No se muevan, esto ira en el álbum familiar.
–Papá... –me quejé.
–Necesito una foto más.
–Ya tomaste varias.
–Y voy a tomar más –respondió el.
Mi madre se acomodó a mi lado mientras mi padre se acomodaba la cámara.
–Sonrían –dijo.
Obedecimos sonriendo.
–Perfectas. Ahora otra.
–Diego... –se quejó mamá ahora.
–La ultima, lo prometo.
–Mentiroso.
Negué con la cabeza posando una vez más con el diploma y un ramo de flores en mano que ellos me habían entregado porque a pesar de la queja, estaba encantada de que mi padre quisiera guardar este recuerdo.
–¿Tienen hambre? –preguntó mi padre.
–Yo siempre tengo hambre.
–Esa es mi hija –sonrió–. Podemos ir a donde quieras. Hoy eliges tú.
–¿Incluso si es algo caro?
–No abuses.
–Demasiado tarde.
Mi madre soltó una carcajada.
–Y esa es mi hija.
Añadió, logrando que ahora todos riéramos como la familia de tres que siempre habíamos sido. No tenía hermanos, hermanas. Nada. Solo éramos tres.
Nunca les pedí uno, todo el amor que tenían era solo para mi que hasta me parecía algo injusto, porque tenía mas amor del que muchas personas recibían en toda una vida y sin embargo ni eso podía llenarme.
Cuando la risa se fue y el silencio llegó mire hacia el edificio del teatro porque a pesar de muchas veces sentir que no era mi lugar y pensar que la carrera no era para mi, aun sentía nostalgia.
Al fin y al cabo me estaba despidiendo de algo grande en mi vida.
–¿Estas bien? –preguntó mi madre tocando mi hombro suavemente.
Volteé hacia ella.
–Si.
–¿Segura?
–Si, mamá. Solo que, estaba pensando en que después de comer con ustedes, me reuniré con mis amigos.
Me observo unos segundos más antes de asentir.
No parecía convencida de mi respuesta, pero no pregunto más y lo agradecía. Era verdad que saldría con mis amigos, pero no era la razón de mi distracción.
Comenzamos a caminar hacia el auto para salir del campus y mientras caminaba me topaba con compañeros que aunque no teníamos una amistad aún así habían sido amables conmigo así que los abrazaba a modo de agradecimiento o simplemente les decía adiós con la mano.
Era muy probable que no los vería más.
Media hora más tarde estábamos sentados en uno de mis restaurantes favoritos de la ciudad. No era nada elegante, pero si muy acogedor. Estaba iluminado con lámparas cálidas junto con el aroma de pan recién horneado.
Y lo más importante: servían la mejor pasta que había probado en mi vida.
Mi madre pidió Fettuccine Alfredo, mi padre una Lasaña y yo mi plato favorito. Una pasta cremosa que muy probablemente los meseros ya la conocían de memoria de tanto que había venido a este lugar en fines de semana o en alguna ocasión especial.