Lo normal habría sido dormir después de aquella salida, pero no. En cambio, estaba en pijama, sentada en el suelo de mi habitación a las tres de la mañana, con un café descansando junto a mi laptop, que dejaba ver las mismas palabras una y otra vez en el buscador.
Voluntariados internacionales.
Programas de voluntariados en el extranjero.
¿Como viajar siendo voluntario?
Cada búsqueda me llevaba a otra que sin darme cuenta había pasado una hora, una hora de pasar pagina tras página.
Tailandia, Australia, Costa Rica, Sudáfrica, Perú y cientos de países más con programas de voluntariados, pero ninguno lograba convencerme lo suficiente cómo para aplicar, ni siquiera leyendo cómo viendo las fotografías de los testimonios que parecían estar viviendo la mejor experiencias de sus vidas.
Y yo quería sentir algo al mirar un lugar.
La misma sensación que uno tiene cuando escucha una canción por primera vez y sabe que la recordará durante años.
Pero todavía no aparecía.
No sentía ninguno de esos lugares llamándome, así que seguí mi búsqueda, no pensaba parar hasta que encontrara ese lugar.
Solté un largo suspiro y di otro trago del café que ahora estaba frío para finalmente abrir un sitio. En el había una foto o tal vez más que una que me dejaban ver muchos árboles, un atardecer precioso y un edificio o casa detrás de los voluntariados que aparecían en la foto, no lo sabía bien, pero lo que veía me gustaba.
Me encantaba.
Y sobretodo me había hecho sentir una sensación agradable en el estómago. Algo así cómo amor a primera vista.
Entre más deslizaba más me gustaba lo que veía. No solo el lugar sino también el programa de voluntariado que según la página era un programa de enseñanza de inglés básico para niños de entre seis meses hasta ocho años, cosa que todavía me gustaba aún mas porque si algo amaba, eso era trabajar con niños.
Aparte de que el enseñar cómo comunicarme en inglés no me sería difícil. Mis padres me habían inscrito a clases extras de inglés después de la escuela lo que me había ayudado años más tarde en mi carrera. Así que si, hablaba inglés cómo si fuera mi idioma natal.
Con eso dicho y más que decidido llame al número que la página me daba. Respondieron al tercer intento. Pregunté sobre todas las dudas que tenía y una vez que me dieron las respuestas comencé a llenar la aplicación.
De verdad estaba decidida y emocionada.
Demasiado.
Aunque nada me aseguraba que aceptarían mi aplicación, tenía esperanzas porque descubrir que todavía era capaz de ilusionarme con algo hizo que el vacío pesara un poco menos.
Los siguientes dos días no me despegue de mi laptop. Solo esperaba ese correo confirmando que me habían aceptado pues la página tanto cómo la señora que había respondido mi llamada me había informado que las solicitudes tardaban hasta tres días en ser respondidas.
Para mi eso era una eternidad, pero sabía que toda una vida esperando por algo así no era nada comparado con esos tres días, así que solo espere en mi habitación donde vi series, películas, reality shows de personas queriendo encontrar el amor, que en realidad me habían hecho enojar mas que nada, bailar y cantar a todo pulmón cualquier canción que salía en mi playlist de Spotify cómo en el tocadiscos.
Hasta que en medio de mi baile, sobre la cama, escuche el sonido de una notificación.
Era la agencia.
Tu solicitud ha sido aceptada.
No necesité leer de más para pegar el grito y saltar por toda mi habitación.
Me habían aceptado. Lo habían hecho.
Sonreí tan fuerte cómo pude y salí de mi habitación con mi computador en mano en busca de mis padres quienes estaban en la sala.
–¡Me han aceptado!
Mis padres levantaron la vista casi al mismo tiempo.
–¿Que? –preguntó mi mamá, dejando el control de la televisión sobre la mesa.
–¿Quien te ha aceptado? –añadió mi padre.
Corrí hasta el sofá y prácticamente les puse la laptop en la cara.
–¡El voluntariado!¡Me han aceptado para el voluntariado!
Mi madre tomó la laptop y leyó el correo por si misma mientras mi padre se acercaba para mirar por encima de su hombro.
–Espera, espera... ¿eso no está del otro lado del mundo? –preguntó el.
–Bueno, técnicamente...
–Poly.
No pude evitar reír de nervios. Una porque en los pasados días no les había contado de mis planes y dos porque ahora lo estaba haciendo y sin anestesia.
–Si, si está lejos.
Mi madre termino de leer el correo y una sonrisa apareció en su rostro.
–Poly, esto es increíble.
–¿Verdad?
–Felicidades.
Me abrazó y yo solté un suspiro de alivio sin poder dejar de sonreír.
Ella me apoyaba. Creo.
Ahora solo faltaba mi papá.
–Cuando te irías? –preguntó mi padre.
–En un par de días.
Su sonrisa vaciló apenas un segundo, un solo segundo que me fue suficiente para verla porque mientras yo pensaba en todo lo que estaba por vivir, ellos probablemente pensaban en todo lo que iba a dejar atrás.
–¿Están enojados? –pregunté.
–¿Qué? No –respondió mi mamá de inmediato.
–Para nada –añadió mi padre.
–¿Entonces por qué pusieron esa cara?
–Es la cara de unos padres que se acaban de enterar que su única hija quiere cruzar medio planeta sola.
Mire el correo una vez más cómo asegurándome de sí era necesario o no.
–Necesito hacerlo –admití en voz baja.
Esta vez ninguno respondió enseguida.
–Lo sé –dijo finalmente mi mamá.
Fruncí el ceño.
–¿Si?
Mi mamá sonrió con suavidad.
–Lo que te dije ayer no fue casualidad. Creo que hasta tu lo entendiste sin decir mucho más.
–Algo ¿era obvio?
–Para nosotros si.
Mi padre se acercó un poco más a mi madre y a mí.
–Llevas meses distraída, ausente y aunque nunca dijimos nada tú madre o yo, sabíamos que no era por la universidad.