Mi cuerpo giraba de un lado a otro probablemente ahuecando mi cama, pero es que eran pasadas las tres de la mañana y no podía cerrar mis ojos por más de cinco minutos.
Los cerraba y a mi cabeza llegaba el miedo de volar completamente sola a un lugar desconocido. Me aterraba la idea, pero muy en el fondo sabía que era normal.
Lo que sí, es que no le podía hacer entender eso a mi cerebro, así que volvía a abrir los ojos tan pronto como los cerraba.
Volteé nuevamente a ver el reloj, que descansaba en mi mesita de noche.
Tres y treinta.
Otra vez.
Tomé la almohada a un lado de mi y escondí mi rostro en ella pegando un grito de frustración.
Quería que amaneciera, ya.
Las experiencias nuevas, me aterraban, por eso estaba así, pero no podía hacer absolutamente nada para adelantar el tiempo, así que cansada de intentar dormir, me quité las cobijas de encima y tomé mis lentes que también descansaban en mi mesita de noche.
Caminé hasta mi computador y lo tomé.
Con el computador una vez en mano, regresé a mi cama y lo abrí.
En la pantalla tan pronto como lo había encendido aparecieron fotos. Sí, esas mismas fotos que me habían convencido de querer cruzar medio planeta, no solo para ayudar, sino también para ver esos paisajes con mis propios ojos.
Tabanan.
Una región ubicada en el oeste de Bali, llena de naturaleza, selva, y pueblos, que según la página, conservaban la esencia más tranquila de la isla. Lejos de cualquier movimiento turístico.
Ese último detalle era el que me había convencido de elegir el voluntariado.
Deslicé unas cuantas imágenes más y con ello una sonrisa salió de mis labios.
En las fotos se observaban voluntariados explorando la isla, en otras aparecían con los pequeños, y en otras simplemente se les veía apreciando los atardeceres.
Todo parecía perfecto ahí.
Cerré mi laptop con un sentimiento agradable y miré por la ventana. Finalmente pasaba un rayo de sol por una de las persianas.
Había amanecido, hoy era el día.
Me puse de pie colocándome mis chancletas y bajé hasta la cocina donde encontré a mi padre ojeando el periódico y mi madre simplemente sostenía una taza de café.
Me vieron, pero no parecieron sorprendidos de verme despierta tan temprano.
–Buenos días –saludé mientras tomaba asiento frente a ellos.
–Buenos días, cariño –respondió mi madre con una sonrisa tranquila.
Mi papá dejó el periódico sobre la mesa y me observó durante unos segundos.
–¿Dormiste algo?
Solté una sonrisa por lo bajo.
–¿Eso parece?
Los dos negaron con la cabeza inmediatamente, provocando que una pequeña risa escapara de mis labios.
–Era de esperarse –dijo mi mamá mientras acercaba una taza hacia mí–. Tómate el café antes de que se enfríe.
Lo hice sin discutir. El café era algo que amaba y aunque muchos lo utilizaran para ganar energía, en mi conseguía el efecto contrario.
Me relajaba.
Así que lo tomé, pero la sensación de esta madrugada, no se iba. Aún seguía sintiéndome inquieta.
–Todavía estamos a tiempo de esconderte el pasaporte –comentó papá con total seriedad.
Levante la vista por encima del borde de la taza.
–Ni se te ocurra.
–Solo digo que aún puedo hacerlo.
–Y yo solo digo que terminarías persiguiéndome por toda la casa.
Mi mamá soltó una carcajada.
–Otra vez, ella tiene razón.
Mi papá levantó las manos en señal de rendición.
–Bueno...lo intenté.
El resto del desayuno pasó rápido entre conversaciones sencillas del clima, del vuelo y de todos los temas posibles con tal de evitar lo evidente.
Esa era nuestra última mañana juntos durante los siguientes dos meses.
No quise arruinarla mencionando algo que todos sabíamos, así que solo esperé a que ellos volvieran a su habitación para yo levantarme y lavar los platos que habíamos usado.
Cuando terminé, subí a mi habitación a darme una ducha con calma. Intentando convencer a mi cerebro que era un día cualquiera, aunque claramente no lo era.
Al salir, me tomé unos minutos para apreciar mi habitación.
Seguía siendo la misma que ayer, que antier, y que hacía muchos años, pero me causaba un tipo de tristeza dejarla aunque fuera por tan solo unos pocos meses.
Limpié una pequeña lágrima y seguí.
Me cambié a un conjunto cómodo, pues el vuelo hacia Bali sería largo. Más, porque no había vuelos directos.
Haría escala en Estambul, aunque desafortunadamente no podría disfrutar de nada. Tan pronto como aterrizara ahí, tendría que estar corriendo prácticamente al siguiente vuelo.
Terminé de arreglarme y sin querer mirar atrás, cerré la puerta de mi habitación bajando hasta la sala.
Mi maleta ya descansaba junto a la entrada.
Era hora.
El trayecto hacia el aeropuerto pasó lentamente o al menos así me pareció porque ninguno de mis padres había mencionado palabra alguna. Solo se escuchaba el locutor de la radio hablando, llenando el silencio que rara vez abundaba cuando estaba con ellos.
Miré por la ventana al notar un cambio de luz.
Habíamos llegado al aeropuerto.
Mi estómago se hizo aún más pequeño e inmediatamente quise llorar, pero no lo hice.
Actúe normal y baje junto a mis padres que iban hacia la parte trasera del auto donde se encontraba mi maleta.
Mientras mi padre abría la cajuela y bajaba la maleta, mi madre se acercó a mi acomodando un mechón de cabello detrás de mi oreja, un gesto que había repetido desde que era niña.
–Vas a estar bien.
Asentí, no sabiendo si me lo estaba afirmando o preguntando.
–Si.
Fue lo único que pude decir cuando sentí un abrazo fuerte por parte de mi papá.
–Llámanos cuando aterrices.
–Lo haré.
–Y cuando llegues al voluntariado.
–También.
–Y cuando...
No pude evitar sonreír, sabía que estaba bromeando.
Antes de salir de casa, me hicieron prometer que no los llamaría a menos que fuera necesario, eso y cuando estuviera totalmente instalada.