La velocidad del auto disminuyó poco a poco hasta detenerse en una casa de dos pisos. Sí, esa casa de la que tanto había hablado y que también había visto a través de una pantalla. Y tal como en las fotos, estaba rodeada de vegetación, que apenas dejaba verla aunque suponía que por la mañana, cuando saliera el sol, podría obsérvala más.
Por ahora solo podía escuchar el sonido de los insectos y sentir el olor a tierra húmeda. Tal vez había estado lloviendo por estos días.
Bajé del auto y el conductor también. Sacó mi maleta de la cajuela, le di las gracias en inglés y el respondió con una sonrisa antes de señalar lo que parecía la entrada principal.
Tomé un respiró hondo y di largos pasos hasta estar frente a la puerta, pero antes de siquiera tocarla, esta se abrió, dejándome ver a una mujer de aproximadamente cuarenta o cincuenta años con cabello oscuro y una sonrisa amable que hizo desaparecer cualquier miedo que pudiera volver a sentir.
–¿Poly? –preguntó en inglés.
Asentí.
–Bienvenida. Me llamo Dewi, soy una de las coordinadoras del voluntariado. Me alegra, bueno, nos alegra tenerte aquí.
–Muchas gracias.
–Dado la hora y los vuelos que tuviste que tomar, seguro que estás agotada.
–La verdad es que sí.
–Ven, te enseñaré lo básico para que puedas descansar.
Entré tras ella y lo primero que vi fue una sala amplia con sillones coloridos alrededor de una mesa de madera. Al fondo lo que parecía ser una cocina compartida con un comedor demasiado grande. Todo iluminado con luces cálidas que hacían del lugar algo acogedor. Tanto que no podía esperar por un día de lluvia y pasarla en algún rincón mientras escuchaba las gotas caer.
Subimos unas escaleras y en la parte derecha, en la pared, estaban colgadas unas fotografías. Unas recientes y otras algo antiguas, aunque no tanto, pero que de igual manera llamaron mi atención así que me detuve unos segundos a observarlas.
–Todos ellos estuvieron aquí –comentó Dewi al notar mi curiosidad–. Dentro de poco ustedes también tendrán un lugar en esta pared.
Sonreí sin querer apartar la vista de las imágenes, pero eventualmente tuve que hacerlo. Ya tendría dos meses para verlas mejor.
Continuamos subiendo las escaleras que nos llevo a un pasillo lleno de muchas puertas.
Caminamos hasta el final y Dewi abrió la puerta haciéndose a un lado para dejarme entrar primero.
–Esta será tu habitación.
Era sencilla, pero muy amplia. Había dos camas individuales, una frente a la otra, ambas tendidas con sábanas blancas. Entre ellas estaba un buró color café con una lámpara y pegado a una de las paredes, un escritorio con una silla llena de cosas.
Aunque no fue eso lo que se robó mi atención sino las enorme puerta de cristal que daba a un balcón.
–¿Lindo, no?
Asentí una vez más.
–Tuviste suerte, es de las pocas habitaciones con uno, pero como podrás ver también hay una cama más lo que significa que compartes habitación –explicó mientras dejaba una llave encima del buró –. Llegó esta mañana, pero salió con unos compañeros a cenar. Probablemente la conozcas mañana.
Asentí mientras dejaba mi maleta y bolso junto a la cama que estaba vacía.
–¿Cómo se llama?
–Aleidi.
Repetí su nombre en mi mente dos veces para no olvidarlo, aunque probablemente lo haría. Sonaba único.
–Creo que eso sería todo, explora la habitación cuanto quieras. Es tuya como de Aleidi por los próximos dos meses.
Le agradecí antes de que saliera de la habitación y caminé hasta el baño con mi pijama en mano, para ducharme y finalmente echarme sobre la cama.
Conecté mi celular al cargador y busque el chat de mensajes con mi madre.
Ya estoy aquí. Todo salió bien, los quiero.
Escribí y mandé el mensaje con una respuesta que no tardó en llegar.
Nos alegra saberlo, cariño. Descansa. Nosotros también te queremos.
Sonreí sin darme cuenta, deje el celular a un lado, apagué la lámpara y apenas mi cabeza tocó la almohada el cansancio terminó por vencerme.
Cuando abrí los ojos, los rayos del sol ya entraban por el cristal que dividía la habitación del balcón.
Me levanté, lave mis dientes y tras cambiar mi pijama por algo más presentable, es decir, una de mis faldas largas color blanco con un top amarillo pastel y Converse blancos salí de la habitación.
Las voces que provenían de la planta baja hicieron que los nervios regresaran casi al instante, no se me daba muy bien iniciar conversaciones, pero estaría bien así que me tranquilicé o me obligue prácticamente a hacerlo.
Bajé las escaleras despacio y seguí las voces hasta el comedor.
–¡Buenos días! –escuché decir en inglés a una mujer apenas aparecí.
Era Dewi, que me sonreía desde el otro lado de la mesa donde varias personas ya desayunaban.
–Buenos días –respondí tímidamente.
–Ven, todavía hay lugar para ti.
Me limite a seguirla hasta una de las sillas vacías. Sentía varias miradas sobre mi, aunque cuando levante la vista todos parecían más interesados en sus desayunos que en mi.
–Chicos, chicas ella es Poly. Llegó anoche desde México.
–Hola –saludé levantando ligeramente la mano.
–¡Bienvenida! –respondieron algunos casi al mismo tiempo con sus diferentes acentos en inglés.
Sonreí y tomé asiento a lado de una chica que tan pronto me senté empujo una canasta de pan hacia mí.
–Todavía está caliente.
–Gracias.
–Soy Aleidi por cierto, compartimos habitación.
Giré a verla. Su pelo era ondulado castaño con ojos verdes oliva. Iban bien con ella.
–Así que es contigo con quién comparto habitación.
–Eso parece –sonrío– ¿Dormiste bien?
–Mejor de lo que esperaba.
–Es buena señal. No quise interrumpirte el sueño en la madrugada.
–Te lo agradezco.
Mientras hablábamos, alguien al otro extremo de la mesa levantó un vaso.