Irene había pedido el archivo por curiosidad y por una forma menor de rencor administrativo.
Tres semanas antes, mientras cancelaba una suscripción que no recordaba haber contratado, encontró al final de una página de condiciones legales un enlace con un nombre prometedor: Acceso a información personal y perfiles derivados. Entró esperando una docena de datos obvios: nombre, dirección, edad, quizá algún identificador publicitario y terminó rellenando dos formularios, enviando una fotografía del documento de identidad y respondiendo a un correo que le preguntaba, con una cortesía sospechosa, si estaba segura de querer ejercer su derecho de acceso.
Lo estaba.
El lunes por la noche recibió un enlace de descarga.
El archivo comprimido pesaba diecisiete megabytes.
Le pareció excesivo para una empresa con la que nunca había hablado.
Abrió una cerveza, se quitó las gafas, recordó que sin ellas no podía leer y volvió a ponérselas. El documento principal tenía ciento ochenta y seis páginas.
Las primeras consiguieron aburrirla.
Nombre aproximado. Dirección actual. Direcciones anteriores. Intervalo de ingresos estimado. Vehículo propio: improbable. Propiedad inmobiliaria: no confirmada. Nivel educativo: superior. Trabajo administrativo: confianza media.
—Gracias —dijo.
Pasó varias páginas con la rueda del ratón.
Había algo irritante en que una empresa desconocida se permitiera estar tan equivocada y tan cerca.
Propietaria probable de animal doméstico: 64 %.
Falso.
Aunque había cuidado cuatro meses el gato de su hermana cuando esta se mudó a Bruselas.
Consumidora habitual de productos ecológicos: 71 %.
Dependía de si estaban de oferta.
Afinidad con turismo cultural: alta.
Podían ser las entradas de museos, las reservas de hotel o todas aquellas búsquedas de vuelos que realizaba durante semanas y nunca compraba.
Riesgo de insomnio: alto.
Dejó la botella.
No había comunicado a ninguna aseguradora que se despertaba a las tres o las cuatro varias noches por semana. Nunca había descargado una aplicación para dormir. No compraba melatonina. Ni siquiera recordaba haber buscado insomnio últimamente.
Pulsó el triángulo junto a la categoría.
Actividad nocturna de dispositivo.
Patrones horarios de navegación.
Consumo multimedia durante la madrugada.
Movimiento doméstico estimado en franja 02:00–05:00.
Levantó la vista hacia el teléfono, que cargaba sobre la encimera.
No parecía especialmente culpable.
A partir de entonces leyó más despacio.
Había categorías políticas expresadas con suficiente vaguedad para no parecer políticas. Riesgos financieros que jamás habría rellenado en un formulario. Probabilidad de vivir sola. Capacidad de gasto. Sensibilidad a promociones. Frecuencia estimada de actividad física.
Posible cambio de domicilio en los próximos veinticuatro meses: 23 %.
La molestó descubrir que el número le parecía razonable.
Pensaba mudarse desde hacía años.
No había hecho nada.
En la página ciento doce dejó de beber.
La categoría estaba entre COMPOSICIÓN DOMÉSTICA y VÍNCULOS RECURRENTES DE PROXIMIDAD. Mismo gris, mismo cuerpo de letra, ninguna advertencia.
RELACIÓN INTERPERSONAL INFERIDA: ÍNTIMA
Debajo:
Sujeto relacionado: residente n.º 38.
Y:
Confianza del modelo: 78,4 %.
No movió el ratón.
En el 38 vivía Gabriel Ríos.
Lo sabía porque meses atrás, durante una reparación, el administrador había colocado junto al ascensor una lista de propietarios y residentes. Irene había visto su apellido antes de que retiraran el papel.
Solo por curiosidad.
Volvió a leer.
Relación interpersonal inferida: íntima.
Podía significar muchas cosas.
No.
No podía.
Una categoría comercial no usaba la palabra íntima para decir que dos vecinos se prestaban azúcar.
Pulsó Detalles del modelo.
Se desplegó otro bloque.
Clasificación probabilística obtenida mediante correlación de señales de movilidad, permanencia nocturna, proximidad entre dispositivos, coincidencia comercial y recurrencia espaciotemporal.
—Recurrencia espaciotemporal —leyó.
Aquello lo arreglaba todo.
Buscó un botón de corrección. Había uno para impugnar datos de identidad y otro para pedir información adicional.
Su primer impulso fue escribir:
No me acuesto con el vecino del 38.
Imaginó la frase entrando en una cola de atención al cliente. Un empleado leyéndola antes del café. Quizá guardándola bajo otra categoría.
Cerró el formulario.
Gabriel.
Pensar su nombre bastó.
Las bolsas de tela espantosas.
La barba con más gris alrededor de la boca que en las mejillas.
Las manos.
Irene apartó los dedos del teclado.
Las manos eran información innecesaria.
Sabía, sin embargo, que tenía una pequeña marca blanca junto al nudillo del índice derecho. La había visto una mañana en que él sostuvo la puerta del portal mientras ella intentaba cerrar un paraguas. También sabía que algunos días volvía con olor a madera trabajada y que, cuando estaba cansado, se tocaba el puente de la nariz antes de buscar las llaves.
Demasiados detalles para un hombre con el que nunca había mantenido una conversación de más de tres minutos.
Cerró el portátil.
Se levantó para tirar la botella y vio que la bolsa de basura estaba llena.
Podía dejarla hasta la mañana siguiente.
Se puso unas zapatillas y salió.
Apenas había cerrado la puerta cuando oyó subir el ascensor.
Pensó en regresar.
Eso la dejó quieta.