
Tres días después de borrar su número aún pensaba en aquel francés, aunque intentaba olvidarlo. Su perfume, ese aroma delicioso que me erizaba la piel, seguía apareciendo de repente, incluso ahora que ya no formaba parte de mi vida.
Lo había conocido una semana atrás, después de hacer “match” con él en Tinder, una aplicación de citas. Tenía cuatro fotos en su perfil: la primera en Colombia; las otras, en Perú, Ecuador y Bolivia.
Parecía una de esas personas que solo están de paso por un país y ahora estaba en el mío. De hecho, en su descripción decía: “Atrapado en Paraguay”.
Su primer mensaje fue juguetón: “Hola, guapa”, seguido de una respuesta pícara a la frase escrita debajo de mi foto. Sonreí al instante. Dejé a un lado el ordenador y la noticia que estaba redactando. Hice una pausa en el trabajo y, por varios minutos, toda mi atención quedó en la pantalla del teléfono.
Era un joven apuesto con una sonrisa bonita y una vibra latinoamericana. No parecía un francés, al menos por chat. Me contó, en perfecto español, que tenía 30 años y trabajaba de forma remota desde cualquier lugar del mundo mientras tuviera internet y café.
“No busco nada serio, pero veremos”, decía en su biografía. Yo ignoré aquella frase desde el principio. Me engañé pensando que queríamos lo mismo, pero tal vez, en el fondo, yo sí buscaba amor.
Ese fue nuestro primer contacto. Así lo conocí: como un hombre libre, viajero, alegre y juguetón; alguien que estaba de paso, que buscaba conocer gente o quizás una relación fugaz, algo casual.
“Hola guapa, ¿te gusta el vino?”, fue su mensaje la noche siguiente. Le dije que sí, sin dudar, con una sonrisa e ilusión. No recuerdo exactamente cómo terminamos hablando durante horas. Solo sé que, entre bromas y risas, ya le había dado mi número de WhatsApp.
Todo fluía rápido, me pareció normal porque el tiempo nos jugaba en contra. Me había dicho que dejaría Paraguay en pocos días y que esta era “nuestra gran oportunidad”.
Ese mismo jueves propuso vernos. “Preciosa, ¿ya has cenado? Tengo un buen vino argentino y pasta, por si quisieras acompañarme”, escribió. La propuesta de Eric era tentadora; yo también anhelaba conocerlo, pero las dudas se apoderaron de mí.
Le pregunté dónde se alojaba y me envió la ubicación. Estaba a tres cuadras. ¡El francés estaba realmente cerca! La tentación de aceptar su invitación creció y, finalmente, le dije que sí. “Puedo escaparme”, le respondí con un guiño en el chat.
Los nervios comenzaron a surgir, no estaba vestida como para una cita. Toda la tarde me pasé en la redacción y estaba un poco cansada. Pero ya le había dicho que sí y no volvería atrás. “No hay nada que un buen maquillaje no solucione”, me dije a mí misma. ¡Así que fui!
Subí a mi vehículo, manejé las tres cuadras intentando aparentar tranquilidad, aunque sentía el corazón acelerado. Me preguntaba si Eric sería igual a las fotos, si realmente era francés o si, después de todo, no sería peligroso. ¡Muchas interrogantes para un camino tan corto!
Finalmente, llegué a destino. Estacioné a media cuadra de la casa para respirar un poco y bajar la tensión. Al descender del vehículo, ya lo vi. Estaba ahí esperándome en el portón. A medida que caminaba hacia él, lo fui observando.
Eric era apuesto, se veía mucho más guapo en persona que en las fotos de Tinder. Blanco de pelo negro, enormes ojos verdes y bonito rostro. ¡Uff, era más lindo de lo que esperaba! Yo apenas le llegaba al hombro. “Hola, hermosa”, me dijo con una sonrisa encantadora y dos besos en la mejilla.
En ese instante olí su perfume por primera vez. Ese maldito aroma delicioso y adictivo que más adelante se convertiría en mi tormento. “Ven, guapa, es por aquí. Subamos las escaleras”, me dijo en perfecto español pero con acento francés.
Al subir, apareció la puerta del pequeño y hermoso loft. Era un departamento muy bonito, moderno y acogedor con luces cálidas. La cocina y la sala compartían el mismo espacio abajo, mientras que el dormitorio y el baño estaban en un entrepiso, casi tocando el techo.
Al ingresar sonaba una suave melodía de jazz, que Eric había puesto para ambientar el lugar. “Siéntate, ponte cómoda, mientras yo busco el vino”, me dijo con un tierno beso en la mejilla. Pero yo, como buena periodista curiosa, preferí seguir mirando cada detalle.
En un rincón de la sala había un cuadro con la imagen de Santiago Leguizamón, icono del periodismo en Paraguay, también una vieja máquina de escribir, una radio antigua y varios libros. El lugar parecía decorado por mí. ¡Una perfecta trampa del destino!
“¿Qué haces, preciosa? Ven, vamos a cenar”, dijo acariciando suavemente mi rostro. Cada vez que lo tenía cerca, su aroma me erizaba la piel y su mirada me envolvía. Nunca creí en el amor a primera vista, pero así lo sentí.
Eric era cariñoso, seductor, suave y alegre. Al instante me sentí muy cómoda en su compañía. Sus bromas y ocurrencias me hacían reír y yo trataba de seguirle la corriente. Esa noche brindamos por habernos conocido. ¡Yo estaba muy feliz!
“Me encantan tus ojos marrones”, dijo en un momento mientras me agarraba el mentón. “Tengo ojos color café, de los que te quitan el sueño”, le respondí con sensualidad. “Amo el café”, dijo despacio y nos dimos nuestro primer beso, luego el siguiente y el siguiente.