PRÓLOGO
Existen momentos en la vida que no parecen pertenecer al calendario ordinario. Los antiguos aztecas lo sabían bien: su ciclo solar dejaba cinco días huérfanos, jornadas de misterio donde el orden se suspendía y lo sobrenatural caminaba entre los hombres. En nuestra modernidad, esa anomalía sobrevive bajo el nombre de año bisiesto. Febrero, el mes que carga con el peso de lo extra, fue el escenario de una travesía que se grabó a fuego en la memoria de cinco amigos. En aquel entonces, no necesitábamos pantallas para conectarnos ni GPS para encontrarnos; nos bastaba el rugido de un motor cero kilómetro, el horizonte turquesa de una carretera que bordeaba la selva y la certeza de que, en cada curva, algo estaba a punto de suceder. Este diario de viaje no pretende ser una guía turística ni un registro exacto de coordenadas. Es, más bien, el rescate de una mística que solo se vive a los veinte años, cuando el equipaje es poco, los cuerpos son muchos y el tiempo —como esos cinco días aztecas— parece detenerse para dejarnos vivir lo que realmente importa. Bienvenidos a la Linha Verde. El viaje ya comenzó.