Capitulo 1
El Aeropuerto Internacional de Ezeiza siempre tiene ese aroma a café, metal y despedidas, pero esa mañana solo se respiraba urgencia. Estábamos ahí, junto a las valijas, formando un círculo incompleto. El tablero de salidas parpadeaba con una frialdad matemática: nuestro vuelo empezaba a cerrar el check-in y el margen de espera se reducía a minutos. —No puede ser —repetía Lucho mirando el reloj—. Siempre el mismo. La preocupación ya se sentía en el aire cuando un taxi frenó de golpe frente a la terminal. De la puerta trasera bajó Alejandro, casi cayéndose, cargando su equipaje como si fuera un escudo. —¡Disculpen! —gritó mientras corría hacia nosotros con el aliento corto—. Llegué tarde, pero como dicen por ahí: no es tarde si la dicha es buena. El auto de mi viejo se quedó tirado en plena ruta, tuve que manotear el primer taxi que pasó. Pero ahorrémonos las explicaciones y vamos, ¡que si no lo perdemos de verdad! Entre risas nerviosas y el alivio de estar completos, corrimos hacia el mostrador. Una vez superado el trámite, la euforia nos invadió. Ya estábamos del otro lado. El despegue fue impecable. Desde las ventanillas, observamos cómo la ciudad de Buenos Aires se convertía en un mapa de luces y sombras, una cuadrícula perfecta que se hacía pequeña bajo nuestros pies. Las caras eran de puro entusiasmo; los planes para las playas de Brasil circulaban entre nosotros como promesas sagradas. Pero el cielo, a veces, decide cambiar las reglas del juego. La tranquilidad se rompió con el primer chasquido de las luces de advertencia. El cartel de «Ajustar cinturones» se encendió con un sonido metálico que cortó las conversaciones. Un leve sacudón movió la cabina. Al principio, algunos respondieron con risas nerviosas; otros hacían gestos de preocupación disimulada, mirando por la ventanilla y minimizando el asunto, como si reconocer el miedo fuera invocar al desastre. Entonces, el aire se volvió sólido.
Un repentino y brusco sacudón, mucho más violento que el anterior, sacudió el avión de lado a lado. Ya no eran risas. El sonido del crujir de los compartimentos superiores y el grito ahogado de una pasajera unas filas atrás alteraron por completo la paz. Los rostros de mis amigos se transformaron: la expectativa del viaje soñado fue reemplazada, en un parpadeo, por una preocupación paralizante. El avión volvió a caer unos metros en el vacío y el silencio que siguió fue el más pesado de toda mi vida. Una pausa se convierte en respiro, las luces de advertencias se apagan y se encienden las tímidas sonrisas de alivio aunque la atención aún se podía respirar en el interior del avión. Fue entonces cuando empezó a descender, anuncian la llegada al aeropuerto internacional de bahía. El tren de aterrizaje comenzó a rozar el asfalto de la pista de aterrizaje se sentía bendito bajo nuestros pies, pero el alivio de haber dejado atrás el pozo de aire duró apenas lo que tardamos en cruzar las puertas del aeropuerto. Al salir del aeropuerto la humedad pesada de Bahía nos envolvió como una manta húmeda. No había tiempo para procesar el susto: la noche era cerrada y el hotel nos esperaba.