Capitulo 2
El trayecto hasta el hotel era toda una incógnita y no dejábamos de preguntarnos.
¿Cómo llegar al hotel?
Fue cuando Matías se destacó y despertó a los atónitos amigos diciendo me preguntan Cómo llegar a un hotel?
Ironizando le dice al resto ya se cambiaron los pañales? No se le fue el cagazo todavía?
Muévanse que quiero llegar al hotel necesito descansar ahí hay dos taxis subamos no y vayamos al hotel cinco personas con su equipaje, de madrugada, en una noche cerrada de calles inhóspitas. Dos taxis nos separaron, siguiendo a un conductor vertiginoso que nos guiaba hacia las cercanías de Praia do Forte. Aquella peripecia terminó al ingresar al hotel. Allí comenzó el dilema de la convivencia: quién compartiría habitación con quién. Los fumadores por un lado, los que roncaban por otro; madrugadores frente a noctámbulos. En resumen, todo se resolvió rápido, no por consenso, sino porque el cansancio nos había vencido. Al despertar, fui uno de los primeros en bajar al salón. Me esperaba una mesa larguísima, repleta de café, jugos, yogures y una variedad de frutas increíble. Opté por lo natural: arranqué con sandía y le sumé ananá, duraznos, uvas y, finalmente, ciruelas y cerezas. Fue un desayuno abundante, casi un festín tropical. En eso llegó Ale. Se sentó a mi lado, miró mi plato y soltó: —¿Eso vas a comer? Te vas a morir de hambre. Comé un café con medialunas. —Preocupate por tu comida, que yo ya me encargué de la mía —le respondí—. Esperame, ahora vuelvo. Fui hasta la habitación, agarré mi mochila vacía, regresé al salón y comencé a llenarla de frutas sin ningún tapujo. Ale me miraba entre risas. —Vos estás loco —me dijo. —Seguí desayunando y dejame con mi locura. Ya vuelvo. Dejé las provisiones en el cuarto y, al regresar al salón, ya estábamos los cinco listos. En la puerta nos esperaba nuestro cómplice y partícipe: un auto cero kilómetro. Lo habíamos alquilado con todos los requisitos para un viaje largo, pero al cargar el equipaje, la realidad nos golpeó: apenas quedaba lugar para nosotros. Entramos cuatro; faltaba el más pequeño, Alejandro, que terminó acomodado atrás, sentado sobre un bolso. Ya estábamos todos, apretados pero dispuestos. La aventura no era algo que nos esperaba; era algo que ya estábamos viviendo y descubriendo. Lo que ignorábamos empezaba, por fin, a sorprendernos.