Periplo Trepidante

CAPITULO 3

CAP 3

PARAISO

Frente a nosotros se desplegaba la obra majestuosa de la naturaleza: el inmenso mar. Era una playa inhóspita bajo un cielo gris; una leve llovizna nos invitó a acercarnos a la orilla. Alejandro y yo caminamos hacia el agua y, en ese momento, vimos a una mujer vestida completamente de blanco. Estaba arrodillada a unos metros de nosotros, elevando sus manos al cielo con la mirada perdida en la lejanía. Sus palabras —una oración, o mejor dicho, un rezo— captaron nuestra atención. Era algo nunca visto para nosotros. La observamos en silencio, respetando su ceremonia. —¿Qué está haciendo? —me susurró Alejandro. —Le está rezando a la diosa del mar —le respondí—. Seguro es de religión umbanda. —¿Umbanda? —preguntó sorprendido—. Pero yo pensé que eran más oscuros en sus ceremonias. —Tenés razón, hay de todo: ámbitos religiosos y otros de puro fanatismo u oscuridad —le expliqué. —Ah, entiendo —asintió—. Pero vamos, que nos están llamando. —Dale, que se van. Ya todos en el auto, se inició formalmente la travesía. A medida que avanzábamos, el cielo se despejaba y el sol se volvía más intenso. Llevábamos recorridos unos cuantos kilómetros entre la selva y el mar, que parecía pegado a la carretera, cuando Tony sentenció: —Paremos acá. —Sí, acá está bien —reafirmó Adrián. —¿Compraron algo de comer? —preguntó Diego. —No, no compramos nada. —Vayamos hasta algún lugar donde vendan comida y ahí paramos a almorzar — dijo Tony Fue entonces cuando intervine con mi alternativa: —Tengo una mochila llena de frutas que saqué del desayuno. Si están de acuerdo, paramos acá, comemos lo que hay y seguimos. —Obvio, yo estoy de acuerdo —dijo Tony—. Miren lo que es esta playa, estamos solos. Paramos a un costado de la ruta, en un lugar seguro frente al mar. La arena blanca y fina creaba un contraste de paraíso terrenal; si no fuera por la carretera que se divisaba entre las palmeras, uno juraría que estaba en el Caribe. Las olas rompían cerca de la orilla con la altura ideal para el surf, pero como no teníamos tablas, nos limitamos a un chapuzón. Fui el primero en lanzarme de cabeza antes de que la ola rompiera; me siguieron Adrián y Alejandro. Tony miraba con los pies apenas sumergidos y Diego descansaban sentados. El agua color turquesa nos renovó, pero la mochila vacía pronto pasaría factura. La fruta sació el hambre del momento, pero las consecuencias no tardaron en aparecer. —Necesito un baño urgente —disparó Adrián. —Yo también —lo siguió Diego. —Esperen a que encuentre un lugar para parar —les dije desde el volante. —¡No podemos esperar! ¡Tiene que ser ya! —gritó Diego. Detuve el auto en la banquina y, antes de que terminara de frenar, Diego ya corría hacia los arbustos. Se agachó y se perdió de vista. Lo mismo hizo Adrián. Alejandro, sentado en una roca con cara de circunstancias, no tardó mucho en seguirlos. —Qué flojos que son —decía Matias con suspicacia mientras Tony se reía. —Es verdad, no se aguantan una —acotó Tony. Yo, el “dueño de la fruta”, sonreía mientras recordaba mis propias palabras: “Les falta frío, les va a caer mal”. Estaba en lo cierto. La fruta cobró su factura sin piedad, obrando con la naturalidad de su efecto. Así, entre risas y urgencias, no solo comenzaba el viaje, sino que la bitácora empezaba a escribir sus propias vivencias.




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