CAP 5
BOM DIA, SÃO 10H00.
Esa frase, escuchada entre sueños, se convertiría por mucho tiempo en la identidad de aquel momento. Atendí el teléfono del hotel sobresaltado por el despertador y atónito por el saludo. Sin responder, colgué y decidí apoyar la cabeza en la almohada una vez más. El sueño que siguió pareció eterno, hasta que el teléfono volvió a rugir: —Bom dia, são 10h e 10. Abandoné la cama de un salto y desperté a Adrián, quien se encargó de avisar a los demás. Por suerte, las maletas ya estaban listas; en menos de veinte minutos estábamos en la recepción. El personal tuvo la amabilidad de tolerar nuestra demora e incluso nos invitaron a desayunar, un gesto que nos dejó sin palabras. Mientras los demás se servían, me quedé dialogando con la camarera. Ella me sugirió visitar las playas de Aracaju antes de seguir camino, y hacia allí nos dirigimos. Nos encontramos con un paisaje fuera de lo común: una playa de extensión desmedida donde el mar, embravecido, quedaba a una distancia infinita de la carretera. Pero lo más exótico eran las torres sembradas en altamar; plataformas petroleras que completaban una vista industrial y majestuosa. El rugir sincronizado de nuestros estómagos pidió clemencia. Nos instalamos en una barraca, bajo una sombra prominente que nos protegía del sol ardiente. Casi de inmediato, un camarero vestido de marinero apoyó sobre la mesa una caja térmica repleta de hielo y cervezas heladas. Era el paraíso para los sedientos viajeros. —¿Qué vamos a comer? —fue la pregunta obligada. —No hay muchas opciones —informó Matías después de leer el menú—: cangrejos, pescado frito, rabas, ensaladas y papas en todas sus versiones. —¿Carne? ¿No hay carne? —insistió Matías. Ante la negativa, sentenció—: Comeré papas y ensalada. —Vos estás loco —saltó Tony—. ¿No te gusta el pescado ni los cangrejos? —Ni loco como eso —respondió Matías. Las risas y burlas inocentes no se hicieron esperar. Matías era especial para la comida; su dieta se limitaba a carnes o pastas, aunque siempre se las arreglaba para no pasar hambre mientras los demás daban cuenta de las fuentes de cangrejo y las cajas de cerveza. Fue Diego quien puso la cuota de realidad: —Estamos tomando mucha cerveza y hay que seguir viaje. Así no vamos a poder manejar. —Sí que vamos a poder —terció Tony—. Matías solo tomó gaseosa, al igual que Adrián. —Pero Adrián no maneja —acotó Alejandro. —Todo solucionado entonces —concluyó Diego—: maneja Matías, acompaña Adrián y nosotros tres atrás. El plan estaba trazado: había que salir cuanto antes para que la noche no nos sorprendiera en la ruta y complicara la llegada a Maceió, donde nos esperaba el hotel Ponta Verde. —Pidan la cuenta —dijo Matías—. Yo voy revisando el agua y el aceite del auto. No se demoren. Así iniciamos el último tramo del viaje, quizás el más exigente. Teníamos que atravesar el estado de Pernambuco, una zona marcada por la leyenda —y la realidad— del “Hombre Rata”. Un tramo tristemente célebre que inquietaba a cualquiera, pero que no iba a ser un obstáculo para nosotros.