CAP 6
EL CONTROL
El paraíso de Bahía ya era un recuerdo lejano. Estábamos atravesando Sergipe, y el paisaje se había vuelto hostil, de una tierra marrón y seca que parecía vigilarnos. En las laderas de tosca, las cuevas excavadas no eran leyendas: eran refugios activos. De pronto, la realidad nos cortó el paso. Una soga improvisada cruzaba el asfalto y, desde las sombras de la tierra, vimos cómo empezaban a asomarse los primeros vultos. El habitáculo del auto se transformó en un caos de voces. —¡Acelerá! ¡No pares, Matías! —gritaron desde el asiento de atrás, donde el pánico empezaba a ganar terreno. —¡No, pará! ¡Frená que nos vamos a dar vuelta! —reaccionó Tony desde el asiento del acompañante, aferrándose a la manija de la puerta, paralizado por la soga que teníamos encima. Era una encrucijada de cinco voluntades chocando entre sí. Unos decididos, otros paralizados por la sorpresa. Matías, con los ojos fijos en el obstáculo, no soltó el mando. Sintió la presión de los gritos cruzados, la duda de su asistente y el miedo de los de atrás. El auto redujo la velocidad, pero nunca se detuvo del todo. Fue un instante eterno: el vehículo seguía en un movimiento lento, casi desafiante, mientras los atracantes se asomaban convencidos de que ya tenían a su presa. En el preciso momento en que la soga se tensó y los tipos dieron el paso adelante, Matías, con una frialdad absoluta y agallas de acero, hundió el pie en el acelerador. El motor rugió, el auto pegó un salto y dejamos atrás la valla improvisada antes de que pudieran reaccionar. El silencio que siguió al estruendo del escape fue total. La decisión de Matías no solo sorprendió a los que nos esperaban en la banquina; nos dejó mudos a nosotros. En ese segundo, el conductor dejó de ser simplemente el que manejaba para convertirse en el que nos había sacado de una trampa de la que no se vuelve.