CAP 7
EL VUELO
Dejamos atrás la amenaza de las cuevas, pero la ruta nos tenía preparada otra interrupción. La carretera, simplemente, se cortaba. No había puente ni infraestructura que nos permitiera cruzar el río que separaba los estados. La única forma de continuar era entregarnos a una balsa, una plataforma de madera que parecía desafiar las leyes de la física bajo el peso de nuestro auto. El cruce fue lento, un momento de calma forzada sobre el agua antes de reingresar a la intensidad de Pernambuco. Una vez del otro lado, retomamos el asfalto con la urgencia de quien quiere recuperar el tiempo perdido. El camino atravesaba ahora zonas urbanas precarias, asentamientos que crecían a los costados de la ruta. En uno de esos tramos, el destino nos puso una trampa invisible: un reductor de velocidad, una “loma de burro” sin señalizar. Con el peso de los cinco ocupantes y el equipaje al límite, no lo vimos. El auto tomó el reductor como si fuera una rampa de despegue. Durante un segundo que pareció eterno, las cuatro ruedas perdieron contacto con la tierra. Volamos. Al aterrizar, el impacto fue seco y brutal; la carrocería golpeó el pavimento provocando un estallido de chispas que iluminó la parte baja del coche. El auto acusó el golpe, manifestando la “herida” con un ruido que nos acompañaría el resto del trayecto. A pesar del impacto, la tentación pudo más que la prudencia. Al ver unos puestos de plátanos —esos que necesitan cocción y que tanto abundan en la región—, uno de los chicos pidió parar. Fue un error. Apenas el auto se detuvo, no fueron vendedores los que se acercaron, sino una horda de niños que se abalanzó sobre el vehículo como una marea humana. La desesperación en sus rostros nos devolvió la imagen de la zona de riesgo que estábamos transitando. Mi amigo, que apenas había bajado, retrocedió espantado y saltó dentro del auto mientras cerraba la puerta de un golpe. —¡Arrancá! ¡Salí de acá ahora! —gritó. No hubo plátanos, no hubo descanso. De ahí en más, el auto no se detuvo por nada. El riesgo de saqueo era real y la atmósfera era demasiado espesa para jugar a ser turistas. Con el chasis sentido y el corazón en la boca, pusimos la mirada fija en un solo punto: Maceió.