Periplo Trepidante

CAPITULO 8

CAP 8

ÚLTIMO IMPULSO

Nuestro principal aliado se encontraba herido de gravedad. Las secuelas del vuelo rasante sobre aquel reductor de velocidad se habían convertido en una preocupación constante. Matías, firme al volante, rompió el clima de tensión con una alerta: —Muchachos, se encendió la luz de advertencia. —¿Cuál de todas? —preguntó Diego con inquietud. —La de falla de motor. —Estamos complicados —sentenció Tony. Alejandro, tratando de mantener la calma, aportó su teoría: —Esa luz suele encenderse por fallas circunstanciales. No tiene por qué ser el fin. —Coincido con Ale —agregó Matías—, puede ser algo momentáneo, pero no vamos a obviarlo. Sigamos adelante, ya falta poco. El silencio se apoderó del habitáculo. La luz roja en el tablero pasó de ser una advertencia a confirmar una falla real; el motor empezó a sonar diferente, con un quejido metálico que no conocíamos. Disminuimos la velocidad en forma preventiva, como quien camina con cuidado para no lastimar más a un compañero herido. De pronto, un cartel al costado de la ruta rompió el hechizo: “Bienvenidos a la ciudad de Maceió”. Los gritos de desahogo destrozaron el silencio inmutable en el que estábamos sumergidos. El alivio fluyó por el auto: ¡Llegamos! ¡Lo logramos! ¡Estamos en Maceió! A los pocos kilómetros, nos detuvimos en una estación de servicio para evaluar los daños. El auto seguía resistiendo, como si hubiese hecho una promesa consigo mismo: no rendirse hasta el final. Continuamos el último tramo con el corazón en la boca hasta que, finalmente, divisamos el Hotel Ponta Verde. Al detenernos frente a la entrada, el motor se apagó. Fue un silencio definitivo, un “hasta acá llegué” dicho con la dignidad de quien cumple con su deber. Y así fue. Hasta ahí llegó nuestro cómplice




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