CAP 10
Fisuras en el Paraíso
Las piezas ya estaban en el tablero, ordenadas minuciosamente. Solo restaba iniciar el juego y nosotros movimos primero. Estábamos decididos a descubrir los encantos de aquel lugar paradisíaco que nos recibió con los brazos abiertos; y a esos brazos me remito. Esa tarde, mientras el ocaso ganaba protagonismo captando miradas atónitas, nos sentamos en una barraca a disfrutar de unas cervezas heladas. Nos sentíamos tan seguros de nosotros mismos que creíamos que todo lo propuesto ya estaba logrado. El ego y el crecimiento personal tras el periplo nos ponían a los cinco en un mismo sentir de invencibilidad. Sin embargo, al cruzarnos con un grupo de argentinos y pactar un encuentro en un bar reconocido de la ciudad, la estructura empezó a ceder. El grupo comenzaba a fisurarse. Al salir del hotel, listos para devorar la noche, estalló una lucha de poder silenciosa pero feroz. El grupo se dividió: Diego y Alejandro querían el bar; Tony, Adrián y yo preferíamos la calma de una barraca junto al mar. Pero el verdadero botín era el auto. —Vamos, que los alcanzo yo. Manejo yo —dije, anticipando la jugada para quedarnos con el control del vehículo. La respuesta de Diego fue inmediata: —Lo mejor es que el auto lo llevemos nosotros. El bar está lejos del hotel. —Ese no es motivo para que se apropien del auto —retrucó Adrián. —Si van a un bar, es para tomar alcohol —argumentó Tony con lógica aplastante. Reforcé el golpe final: —Conducir en esas condiciones es una complicación que no necesitamos.
Diego y Alejandro, en una posición imposible de revertir, aceptaron desconformes que los alcanzara hasta el bar. Las diferencias quedaron atrás, al menos por un momento, cuando un grupo de jóvenes captó nuestra atención en la playa. Me adelanté. El ego todavía dictaba mis movimientos. Me dirigí directo al cruce con ellas y logré captar la atención de una joven. Comenzamos a caminar por la orilla, dejando atrás al resto. Parecía el inicio de esa diversión desmedida que buscábamos, pero el paraíso tiene sus propias reglas. Cuando nos unimos en lo que parecía un abrazo, ella me susurró su verdadera intención. Me detuve en seco. —De ninguna manera —respondí con firmeza—. Es algo que nunca voy a aceptar. Me distancié de ella de inmediato. Adrián, que observaba de cerca, se aproximó con curiosidad. —¿Qué pasó? ¿Qué le dijiste? —Yo no le dije nada —respondí, todavía procesando el choque—. Ella me dijo que haría lo que yo quisiera… a cambio de una “colaboración”. —Me estás mintiendo —soltó Adrián, incrédulo. —¿Por qué te mentiría? Se nos veía apasionados caminando juntos, sí, pero la intención es lo que cuenta. Tengo principios y límites que no pienso traicionar. Adrián me puso una mano en el hombro, reconociendo el golpe de realidad. —Hiciste lo correcto, amigo. Te felicito. El entusiasmo de la noche se había evaporado. El libertinaje que buscábamos nos había mostrado una cara que no queríamos ver. —Saben qué… yo me voy al hotel. Necesito descansar. ¿Ustedes qué van a hacer? —Yo también —dijo Tony—. Suficiente por hoy. —Pero no le avisamos a Diego y Alejandro —recordó Adrián. —Ellos son los que menos están pensando en nosotros ahora —sentencié. Regresamos en silencio. Diversión desmedida, consecuencias no medidas. La noche que prometía ser el pico de nuestra invencibilidad terminó con el grupo partido y nosotros tres refugiados en la soledad del hotel.