CAP 11
Actitud del ser
Matías salió al balcón. Allí, donde el firmamento se fusiona con el océano, permitió que sus pensamientos se liberaran, motivados por la inmensidad del paisaje. Se quedó inmóvil hasta sentir esa conexión total de mente, alma y cuerpo; una reflexión silenciosa que lo ubicaba con precisión en tiempo y espacio. Con la motivación renovada, se dispuso a tomar una ducha refrescante para empezar el día. Adrián aún dormía profundamente. Matías encontró un hilo en la alfombra y, con un gesto cómplice, comenzó a rozar lentamente la nariz de su amigo. Adrián, entre sueños, empezó a hacer muecas, resistiéndose al despertar, pero Matías persistió en su intención. —Qué boludo que sos, me despertaste —masculló Adrián abriendo los ojos lentamente. —Dale, mirá qué día hace. Vamos a desayunar —respondió Matías con energía—. Date una ducha, dale. Te espero en el salón, levantate. Vamos a disfrutar, no a dormir. —Uh, qué fanático... sos un denso —se quejó su amigo desde las sábanas. —Bueno, si te molesta, te cambiás de habitación, simple. Te espero abajo, chau. Al rato, Adrián bajó al salón. Lo primero que hizo fue buscar la mirada de su amigo. —Sos un buen amigo, gracias por despertarme —admitió—. El día está espléndido, ya estoy listo para la playa. Matías sonrió mientras terminaba su café. —Ahora el fanático sos vos —bromeó—. Está bien, terminemos y nos vamos. Poco después apareció el resto de los viajeros. Mientras ellos se acomodaban para desayunar, Matías fue a alistarse: bronceador, gorrita y una manta. Emprendió el camino con la idea fija de no volver hasta que el sol se ocultara. Encuentro en la Arena La mañana parecía pintada a mano, una verdadera obra de arte: cielo celeste, sol intenso, el mar tornasolado y la arena blanca. En la orilla, unos kayaks de alquiler llamaron su atención. Matías se acercó a uno y comenzó a turnarse con Adrián para usarlo. Cuando fue el turno de Adrián, Matías no pudo evitarlo: cada vez que su amigo intentaba subir, él le complicaba la situación. Una y otra vez, Adrián intentaba estabilizarse y terminaba cayendo al agua. Desde la orilla, Matías observó que un grupo de chicas no paraba de reírse ante la escena. Decidido, se acercó a ellas con una sonrisa inquisitiva. —¿Se están riendo de mí o de mi amigo? —preguntó. —De los dos —respondió una de ellas. Entonces, una joven morocha de pelo lacio, con un gesto que mezclaba la ingenuidad con la timidez, agregó: —Yo me río de vos. —¿Te reís de mí? —Sí —confirmó ella—. Por la saña que tenías en ese momento. Tenías que ver tu cara para entender por qué me río. Ellas estaban sentadas y Matías se puso en cuclillas frente a ellas. Al notar que la charla fluía con naturalidad, se sentó en la arena para continuar el diálogo. Adrián, ni corto ni perezoso, no tardó en sumarse al grupo. Eran tres jóvenes argentinas, de Buenos Aires, que sobresalían por su simpatía. El intercambio de preguntas los llevó pronto a compartir el almuerzo. Se acomodaron en la barra y, debido al calor agobiante, buscaron algo refrescante. Una de ellas pidió una caipirinha. —¿Puedo probar? —quiso saber Matías. —Si querés, probá, dale. Tras probar el trago, Matías llamó al camarero y pidió uno igual para él. Brindaron por el encuentro; la conexión fue tan inmediata que, por un momento, se olvidaron del resto de sus amigos. Fue entonces cuando apareció Tony, rompiendo el clima y devolviéndolos a la realidad. —Te presento a Jimena, mi amigo Tony —dijo Matías haciendo las presentaciones. —Un gusto. Ella es Vanina y ella Claudia —añadió Jimena. —Hola, Tony —respondió Claudia, invitándolo a sentarse a su lado. La mesa quedó organizada como si fuesen parejas preestablecidas: Jimena dialogaba con Matías, Vanina con Adrián y Claudia con Tony. Fue el inicio de una amistad cargada de anécdotas, de esas que Matías se encargaría de relatar después, sin tapujos. La mesa estaba servida y la historia apenas comenzaba.