Periplo Trepidante

CAPITULO 15

CAP 15

Realidad o Ensueño

Como si fuese un cuento de hadas, de esas historias que no pasan de una fantasía, la magia se revelaba en cada paso que dábamos sobre la arena mojada. Bajo una luna resplandeciente y un cielo plagado de estrellas, se sentía la suavidad de su piel y el brillo de sus ojos; podía ver su alma placentera, disfrutando a pleno de cada paso que dábamos juntos. Nos despedimos de Adrián y Vanina. Tomamos un taxi con destino al hotel, a la misma habitación de siempre. Al entrar, el aire todavía guardaba su aroma, ese perfume de su piel que se negaba a evaporarse. El eco de dos suspiros parecía rebotar aún en las paredes, resistiendo, como si no quisieran ser olvidados. Ansiosa, ella se lanzó hacia la cama. Sus gestos insinuaban lo inevitable, pero una pausa era lo más indicado; una ducha era lo que yo necesitaba para procesar tanto fuego. Dejé que el agua cayera con una presión que relajaba cada músculo de mi cuerpo, hasta que el flujo se interrumpió abruptamente. —¿Por qué cerraste la canilla? Aún no terminé —protesté.

—Porque se me ocurrió algo —me dijo, con esa chispa en los ojos. —¿Y qué se te ocurrió? —No sé… adiviná. —A ver, a ver… no se me ocurre nada. —¿Nada? —repitió riéndose, mientras comenzaba a llenar el jacuzzi. La espuma empezó a desbordar. Debajo, se encontraba el cuerpo del deseo, esperando a ser complacido. Yo la miraba; simplemente no podía dejar de mirar. Deslumbrado por su belleza y por su actitud, desperté de mi letargo y dejé que fuera ella quien tomara la iniciativa. El silencio del espacio se rompió cuando irrumpió con una pregunta: —Tengo sed. ¿Por qué no pedimos algo para tomar? —Ya lo estoy pidiendo —le respondí. Llamé a servicio de habitación. Al abrir la puerta, recibí un espumante en su punto justo y dos copas para saciar la sed. Vinieron los besos, intensos, apasionados. Manos que expresaban la necesidad de hacerse sentir. Nuestros ojos cerrados fueron la señal definitiva: nos adentramos y nos perdimos en el trayecto. No había rumbo, tampoco un sitio fijo. Su boca se arrimó a mi oído y, con un susurro que me recorrió la espalda, me dijo: —Soy tuya. —¿Sos toda mía? —le pregunté, queriendo escuchar el mundo entero en su voz. —Sí. Totalmente tuya. La tomé de la mano, la levanté cargándola en mis brazos y juntos caímos sobre la cama. No podíamos parar de reírnos. Entre risas, le solté: —Pellizcame. Y se lo tomó en serio. Me dolió, lo que no dejó duda alguna: no era un sueño, era la realidad. —Te cuento algo —me dijo de pronto, cambiando el tono. —¿Qué? ¿Me vas a decir que estás enamorada? —No seas tonto, en serio te digo… —hizo una pausa—. Nunca viví algo tan intenso, y me da miedo. —¿Qué te da miedo? —le respondí, poniéndome serio por primera vez. —Que todo se termine al regresar. La miré fijo, asegurándole cada palabra: —Hay algo que tengo muy claro, y es que esto empezó y no va a terminar. Animate a disfrutar y dejá que el destino hable y decida por nosotros. Ella sonrió, recuperando el fuego. —Ahora me toca decir a mí. —¿Y qué pensás hacer? —¿Qué pienso hacerte, dirás? —me desafió. —Sí, ¿qué pensás hacer? —Puedo explorarte… recorrer cada centímetro de vos. —Dejá de hablar —le respondí— y llevame con vos a donde sea que vayas.




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