CAP 16
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El Ritual de las manos
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El teléfono suena, sigue sonando
Matías despierta entre dormido, balbucea; no se puede dormir tranquilo.
Jimena se despierta a su lado.
—Vos sabés qué hora es —
le dice ella a Matías.
—Temprano, son las siete —
responde él, aún perdido.
—¿Las siete? —
exclama Jimena mirando el reloj
—Son las once de la mañana, nos quedamos re dormidos.
—¿Qué tiene de malo? —
—Estamos de vacaciones —
dice Matías con una sonrisa.
—Nos perdimos el desayuno —
acota ella con resignación.
—No te preocupes, vamos a desayunar a la confitería de la esquina.—
—Vení, dame un abrazo.—
Jimena se acerca y se pierde entre los brazos de Matías, quien respira hondo y le susurra:
—Tu perfume es irresistible… como todo lo tuyo.—
—Sos irresistible.—
—Me hacés poner colorada —
responde ella, escondiendo la cara.
—¿Colorada?—
—Si estás negra de estar todo el tiempo al sol. Mirá cómo estás, parecés un tomate. Levántate y alcánzame la crema, por favor.
—¿Para qué la querés?—
Para vos, te va a hacer bien.
El tono juguetón cambia cuando Jimena lo mira con una sombra de nostalgia.
—Mati, sabés que no queda ni un solo día para estar juntos?—
—Sí, no me lo recuerdes… me iría con vos.
—No seas tonto, disfrutá.—
—Te quedan diez días.—
—Portate bien, que no me entere que te mandás alguna.—
—Yo soy un santo. —
—Aparte no voy a poder dejar de pensar en vos; aún no te fuiste y ya te estoy extrañando.—
—Sí, pero yo cada día te conozco más… y vos fuiste el que hizo el comentario de que sos mujeriego.—
—Que yo no me entere… —
Ambos ya rompieron la barrera de la timidez.
Matías se levanta, se para frente a Jimena y la toma de la mano.
Como si él controlara los movimientos de ella, guía su mano empezando a acariciarse desde la cara, pasando por el cuello y siguiendo el recorrido hacia abajo. Cuando encuentra una leve resistencia, Jimena pregunta:
—¿Hasta dónde pensás llevar mi mano? —
—Hacia donde vos quieras llegar.—
—Lo que quiero que entiendas es que todo esto que acaricia tu mano es todo tuyo, y no se comparte con nadie.—
Jimena se pone de pie, toma la mano de Matías y repite el gesto, recorriendo su cuerpo de abajo hacia arriba hasta llegar a su cara.
Sella el final de las caricias con un beso apasionado y una promesa:
—Yo también soy toda tuya.—
En ese intercambio de caricias, donde las manos reconocieron su nuevo templo, la resiliencia dejó de ser una palabra para convertirse en piel.
Allí, lejos del ruido y las sombras del pasado, finalmente floreció la calma.