Periplo Trepidante

CAPITULO 18

Capítulo 18:

Propósito implícito

El sol se sumergió en el océano con una lentitud casi dolorosa, dejando tras de sí un último haz de luz intensa que se resistía a morir.

Esa luz era el preámbulo de una noche signada por lo inevitable.

No era una despedida que ponía punto final, sino una que otorgaba continuidad; el cierre de un ciclo que, al concluir, mutaba en algo más profundo: el nacimiento de un amor que ya no dependía de la arena ni del mar.

Como una lluvia de sensaciones en la playa parecía interminable; era el esfuerzo desesperado de un encuentro que se resistía a finalizar.

Sin previo aviso, dejaron de lado lo superficial: los brillos, el vestir elegante y las etiquetas acordes a la noche que se presentaba.

Se quedaron así, en trajes de baño y playeras, despojados de todo lo que no fuera esencial, entregados a vivir cada segundo con una intensidad que no se agotaba.

Al contrario, el sentimiento crecía como una ola que se va formando mar adentro, ganando fuerza y altura en cada metro.

Una masa de agua y emoción que se agigantaba hasta llegar a su punto de quiebre, y ahí, en esa cresta suspendida antes de romper, se veía lo inevitable.

Lo que estaba por suceder ya no era un miedo, sino una fuerza de la naturaleza que los empujaba hacia la orilla de una nueva realidad.

Cuando la ola finalmente rompió, no hubo estruendo, sino un silencio compartido que calaba más hondo que cualquier palabra.

El grupo, que antes era puro movimiento y risas de lambada, se detuvo ante la inminencia del reloj.

En ese instante, los cinco amigos y las tres amigas volvieron a formar ese círculo del comienzo, pero atravesado por una electricidad nueva, una que se había gestado en lo invisible.

Matías buscó la mirada de Jimena. Bajo un cielo plagado de estrellas titilando, en el despojo de sus trajes de baño, se reconocieron no como dos personas que se decían adiós, sino como dos náufragos que habían estado a la deriva y, al fin, llegaban juntos a una isla inhóspita.

Una tierra virgen que estaban dispuestos a llenar de vida, sin miedos y sin dudas.

El compromiso no necesitaba de grandes promesas; se sellaba en la profundidad de ese encuentro y en la certeza de un "nos vemos pronto" que lo cambiaba todo.




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