Periplo Trepidante

Capitulo 20

Capítulo 20:

La marea del silencio

La paz de la arena húmeda resultó ser una tregua engañosa. Mientras Matías y Yanina compartían palabras que apenas rozaban la superficie de algo más profundo, la naturaleza empezó a retirar su invitación.

El mar, que hasta hace un momento parecía abrazar a Adrián y Florencia en su burbuja de pasión, comenzó a retirarse con una velocidad antinatural, succionando la arena bajo los pies de Matías y Yanina. El color del agua cambió bruscamente, pasando del turquesa gravitante a un verde oscuro y turbulento que traía consigo el olor a sal profunda y algas revueltas.

Matías se puso de pie de un salto. Su instinto, forjado en mil kilómetros de rutas y la lectura constante de los imprevistos, le gritó que algo estaba mal. Miró hacia donde sus amigos seguían sumergidos en su encuentro, ajenos al mundo.

—¡Adrián! —gritó, pero su voz fue devorada por el repentino rugido de una corriente de retorno.

No se dieron cuenta, pero el banco de arena donde estaban parados había desaparecido. Una fuerza invisible y feroz empezaba a arrastrar a la pareja hacia el sector de las piedras afiladas que asomaban como colmillos al final de la bahía. El riesgo no pidió permiso; simplemente hizo su entrada, transformando el paraíso en una trampa de piedra y espuma.

Mar adentro, la burbuja estalló de golpe. El frío del agua, que ahora subía con una fuerza desmedida, golpeó el pecho de Adrián, devolviéndolo a la realidad. Sintió cómo el suelo se desvanecía bajo sus pies y cómo la corriente, como una mano invisible y gigante, los empezaba a derivar hacia los colmillos de piedra que marcaban el final de la playa.

—¡Florencia, dame la mano! —gritó Adrián, rompiendo el hechizo de los besos.

La tomó con una fuerza nacida del instinto y comenzaron el regreso. Cada paso era una batalla contra un mar que se negaba a soltarlos. El esfuerzo le demandaba no solo un desgaste físico brutal, luchando contra la succión del fondo, sino también un peso emocional asfixiante: la responsabilidad de sacar a Florencia de la trampa en la que él mismo la había metido por exceso de confianza.

Raudamente, ganando centímetro a centímetro, lograron vencer la resistencia de la marea. Agotados, con los pulmones ardiendo y las piernas temblorosas, llegaron finalmente a la orilla, donde la arena seca se sentía como el suelo más firme del mundo.

Matías y Yanina los recibieron de inmediato, con el rostro marcado por la tensión que habían vivido desde afuera.

—Estábamos preocupados —soltó Matías, ayudándolos a incorporarse—. Ustedes no se daban cuenta de que la corriente los estaba tirando directo a las rocas.

—No… cuando nos percatamos, ya casi estábamos encima —respondió Adrián, recuperando el aliento a duras penas—. No tienen idea de lo que nos costó salir. El mar nos tiraba para atrás con una fuerza increíble.

Yanina, tratando de aplacar el temblor que aún sacudía a sus amigos, intervino con suavidad:

—¿Por qué no se sientan y se tranquilizan? Ya pasó. Por suerte pudieron zafar del momento y están acá.

Florencia, con la voz todavía titubeante y los ojos fijos en el punto donde casi pierden el control, apenas pudo articular unas palabras:

—Aún no caigo… no puedo entender cómo nos confiamos tanto. Sabíamos que había riesgo, pero nos dejamos llevar.

Matías, recobrando su papel de eje del grupo y mirando al horizonte donde el sol ya empezaba a ceder terreno, puso fin a la angustia con una palmada en el hombro de su amigo.

—Lo importante es que ya están bien y no les pasó nada. La experiencia queda, pero el susto ya fue.

Miró hacia donde Alejandro, Diego y Tony los esperaban junto a las reposeras, y sentenció con esa seguridad que le devolvía la paz al grupo:

—Por cierto, ya es hora de volver.




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