Periplo Trepidante

CAPITULO 23

Capítulo 23:

La grieta del regreso

El reloj de la pared en la sala de Carolina parecía burlarse del tiempo. El silencio, que antes era expectante, se había vuelto denso, casi irrespirable. Matías se puso de pie; ya no había espacio para la paciencia. La honestidad de su corazón ahora se transformaba en la firmeza de sus actos. Se dirigió hacia la primera habitación y golpeó la madera con los nudillos, sin ninguna delicadeza.

—¡Vamos, que es tarde! —gritó Matías.

Repitió el gesto en las otras dos puertas, aumentando la intensidad de los golpes. El sonido retumbaba en el pasillo como una declaración de guerra. Tras unos segundos de silencio, la puerta de Diego se entornó apenas unos centímetros. Su rostro, desdibujado por el cansancio y el desinterés, asomó con fastidio.

—Esperen un rato, che… —murmuró Diego.

Tony, que ya estaba de pie junto a la entrada principal, explotó.

—¿Esperen un rato? Hace cinco horas que estamos acá parados esperándolos. Quédense si quieren, nosotros con Matías nos vamos.

Matías no dio alternativa. Sin mediar palabra, tomó las llaves del auto de la mesa y se dirigió hacia la salida detrás de Tony. Diego, viendo que la amenaza iba en serio, golpeó la pared que lo separaba de Alejandro.

—¡Ale! ¿Qué hacemos? Se van…

Desde adentro, la voz de Carolina se filtró con un tono de mando que no admitía réplicas:

—No molestes, Diego. Quedate.

La complicidad de las chicas había logrado su objetivo: prolongar la estadía, diluir la voluntad de los amigos y fracturar el grupo. Yanina, desde un rincón de la sala, observaba la partida de Matías con una mezcla de frustración y despecho. El rechazo de hacía unos momentos todavía le escocía, y su silencio era el de quien se siente derrotada en su propio juego.

Matías ni siquiera la miró al salir. No había nada más que decir.

El motor del auto rompió la calma de los suburbios en plena madrugada. El trayecto de vuelta hacia el hotel fue un desierto de palabras. Tony y Matías, con la vista fija en la ruta, procesaban la grieta que acababa de abrirse. Ya no eran los cinco amigos invencibles de Praia do Francês; ahora eran náufragos de una noche que se había estirado demasiado.

Llegaron al hotel cuando las primeras luces del alba empezaban a lavar el cielo de Alagoas. Subieron a la habitación en silencio, sin dar explicaciones a nadie, cargando con el peso de una jornada que había empezado con el turquesa del mar y terminaba con el frío de una traición invisible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.