CAPÍTULO 24
GRACIAS POR LA INVITACIÓN
La realidad los golpeó en el mostrador de la agencia de alquiler, apenas entraron a Salvador de Bahía. Lo que debía ser un trámite de rutina se convirtió en una trampa de números: se habían excedido en el kilometraje y la multa debía abonarse en efectivo, en el acto. Esos billetes, que eran el último pulmón de reserva para el día de regreso, desaparecieron en la caja de la agencia.
Llegaron al aeropuerto de Bahía a las diez de la mañana con las manos vacías y el vuelo programado recién para las cuatro de la tarde. El desayuno ya era un recuerdo lejano y, a medida que el sol subía, el hambre empezó a reclamar su lugar. Los cinco amigos se miraban en medio de la terminal, rodeados del murmullo de viajeros que no compartían su indigencia repentina.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Alejandro, rompiendo el silencio del hambre.
Diego, tanteando el plástico en su bolsillo, soltó la frase que terminaría de fracturar el grupo:
—Yo tengo la tarjeta, pero el tema es que después no me van a devolver la plata.
El aire se enfrió más que el aire acondicionado del aeropuerto. Matías lo miró fijo, con una calma que cortaba:
—Si tenés una opción y no la vas a utilizar, mejor guárdatela. Ni la nombres.
El resto del grupo se alineó detrás de Matías con un silencio sepulcral. El apoyo fue incondicional; la desconfianza de Diego era un insulto después de todo lo que habían compartido. La tensión se volvió insoportable hasta que el cargo de conciencia empezó a carcomer a Diego. Sin decir una palabra, se alejó hacia el patio de comidas.
Minutos después, regresó cargando una bandeja rebosante de hamburguesas y papas fritas. La dejó sobre la mesa, buscando redimirse.
—Si me dan una mano… ¿alguien puede ir a buscar las gaseosas que quedaron en el mostrador? —pidió, buscando una mirada de aprobación que no llegaba.
Nadie respondió. Nadie se movió. Diego tuvo que volver sobre sus pasos, solo, para traer las bebidas. El grupo aceptó la comida; el hambre era real, pero el clima seguía siendo de hielo. Comieron en un silencio pesado, masticando más que carne y pan. Al finalizar, cuando las bandejas quedaron vacías, Matías limpió sus manos y lanzó la frase que selló la suerte de Diego en ese viaje:
—Gracias por la invitación. Nos la merecemos.
Fue la última sentencia. Una forma de decirle que su tarjeta no compraba el perdón por haber dudado de ellos, sino que apenas pagaba la deuda de su propia mezquindad. El viaje terminaba ahí, no con un brindis, sino con el sabor amargo de una amistad que, como el auto de alquiler, también había excedido su límite.