—Lya...
—Em... lya...
—¡EMILYA! —gritó Melvis.
Emilya abrió lentamente los ojos.
Se encontraba en el suelo, no muy lejos de la entrada de la Selva Negra, en el lado opuesto a aquel donde Lucius y la bruja se habían enfrentado. Intentó mantener los ojos abiertos, pero se desmayó rápidamente, vencida por la falta de maná. Melvis la tomó entre sus brazos e intentó curar su herida, pero esta ya comenzaba a cerrarse por sí sola, al igual que el resto de sus heridas.
La sirvienta llegó hasta un pueblo bastante grande, construido sobre las tierras que la bruja había desbrozado y destruido tiempo atrás. Gracias a los últimos ahorros de Emilya, consiguió una habitación en una posada, aunque el dinero apenas les permitía quedarse allí una semana.
Melvis cuidó de Emilya mientras esta permanecía sumida en un profundo sueño. Se quedó a su lado durante los dos días que duró su inconsciencia. Al final de la segunda noche, todas sus heridas físicas habían desaparecido. A la mañana siguiente, la joven maga despertó tranquilamente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Emilya.
—Te enfrentaste a la bruja en el bosque y moriste —le respondió Melvis.
De repente, el recuerdo de su combate regresó a su memoria, provocándole un violento dolor de cabeza. Sin embargo, más que su derrota frente a la bruja, lo que la enfurecía era la última escena que había visto antes de cerrar los ojos: Lucius dándole la espalda. Melvis le contó con todo detalle lo que había ocurrido después de que perdiera el conocimiento.
—Así que la bruja te dejó marchar porque me consideraba fuerte, incluso después de que perdiera ese combate... Fue mejor que yo, lo admito. Aunque utilicé una de mis cartas maestras, acabé perdiendo la vida —dijo con una sonrisa amarga—. En cambio, no dejaré que Lucius se salga con la suya tan fácilmente —añadió, completamente furiosa.
—A propósito, señorita... su mapa también ha desaparecido —anunció Melvis con preocupación.
—¿Qué? —exclamó Emilya, conmocionada.
Después de salir del bosque, Melvis había buscado en el bolso de Emilya algo con lo que curar sus heridas y fue entonces cuando se percató de que faltaba el mapa. No entendía en qué momento Lucius había conseguido robárselo. Al enterarse, Emilya se levantó bruscamente de la cama, pero un violento mareo estuvo a punto de hacerla caer. Melvis, que se encontraba cerca, la sostuvo y la ayudó a sentarse de nuevo.
—Todavía no estás completamente recuperada, señorita —se preocupó la sirvienta.
Emilya suspiró. Estaba agotada por toda aquella situación y se preguntaba por qué el destino se ensañaba tanto con ella. Todavía débil, no podía hacer más que pensar en lo que haría a continuación. Melvis se acostó en la cama de al lado, pero Emilya permaneció despierta durante mucho tiempo. Repasaba una y otra vez los detalles de su viaje para comprender qué pistas había pasado por alto y, sobre todo, en qué momento Lucius le había robado el mapa. Antes de entrar en el bosque lo tenía en su poder y nunca había soltado su bolso. Entonces, ¿cuándo? Debía de haber sido en el momento en que su atención se desvió...
¿Durante el ataque sorpresa de la bruja?
Fue como un clic. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en su mente: ¿cómo sabía exactamente dónde estaban las flores? ¿De dónde procedía el extraño parecido entre los ataques de la bruja y su entrenamiento con las manzanas? ¿Por qué tenía tanta información precisa? Cuanto más pensaba en ello, más preguntas surgían y menos coincidían las piezas de su historia. Si luchaba con semejante dominio, ¿por qué necesitaría ingresar en una academia de guerreros? Y esas flores... teniendo en cuenta la situación, no parecían estar destinadas a ella. ¿Eran para él? ¿Y por qué razón? Todas aquellas preguntas sin respuesta la mantuvieron despierta hasta el amanecer.
Durante los días siguientes, Emilya meditó para recuperar su maná y acelerar su recuperación. Por su parte, Melvis entrenó. Su enfrentamiento con la bruja les había enseñado una lección esencial: a pesar de tener una buena estrategia, sus ataques seguían siendo demasiado básicos y carecían de potencia. Emilya debía ganar precisión al lanzar sus hechizos, mientras que Melvis necesitaba endurecerse, volverse más ágil y poner más fuerza en sus golpes. Una vez que las reservas mágicas de su ama se hubieron recuperado, Melvis la entrenó en el combate cuerpo a cuerpo. Emilya tenía potencia, pero carecía de técnica y perspicacia en los enfrentamientos a corta distancia. Ambas hicieron todo lo posible por corregir sus debilidades durante la convalecencia de Emilya.
Una semana más tarde, todas sus heridas habían desaparecido, excepto una cicatriz que permanecía marcada en su pecho, como para recordarle su duelo contra la bruja.
Una marca más en mi piel... Pero esta no la olvidaré, ni tampoco a aquel que me la causó, pensó con determinación.
—Bien, vamos a buscar a Lucius. Es hora de recuperar mi mapa —declaró.
—Pero ¿cómo vamos a hacerlo? Se marchó por su cuenta. Si la bruja no lo ha matado... —señaló Melvis.
Emilya sacó entonces un brazalete del bolsillo interior de su capa. Intrigada, Melvis le preguntó qué era aquello. Emilya le explicó que, cuando salieron de Tezora, había comprado aquellos brazaletes gemelos en el mercado y le había regalado uno a Lucius. Él lo había aceptado y, con un poco de suerte, aquel objeto les permitiría rastrearlo, especialmente porque había ignorado su función mágica cuando ella se lo entregó. Melvis volvió a admirar el ingenio de Emilya. Después fueron a comprar provisiones, pero sus escasos recursos solo les permitieron adquirir comida suficiente para tres días.
—De verdad necesito encontrar trabajo —murmuró Emilya, abatida.
—Lo siento, utilicé sus últimos ahorros para reservar la habitación de la posada —murmuró Melvis, bajando la cabeza.
—No te preocupes, no te culpo. Si no hubieras hecho eso, no habría podido descansar cómodamente ni recuperar toda mi magia —la tranquilizó Emilya.
Editado: 16.09.2026