Perla Azul : Emilya

El legado

—¿Lanzarte a las llamas? —preguntó Lucius, preocupado.

Sin pensárselo dos veces, Melvis comenzó a recoger leña. Reunió suficiente para formar un montón.

—Espera, ¿de verdad vas a hacer lo que ella dice?

—Sí. Si es lo que ella pide, entonces es lo correcto.

—¿Pero estás enferma? No vamos a arrojar al fuego a una persona herida, y mucho menos inconsciente. Está delirando por completo. Quizá todavía esté pensando en el momento en que lanzó su hechizo y por eso dijo eso.

Melvis hizo una pausa.

—Es el cuerpo de la señorita. Nadie sabe mejor que ella cómo funciona. Además, es un hechizo que nunca la he visto utilizar, así que no tengo más remedio que obedecer sus órdenes.

—¿Ni siquiera tú la has visto usar ese hechizo?

Melvis bajó lentamente la cabeza y continuó recogiendo leña en silencio.

Entonces, ¿hay cosas que incluso a ti te oculta?, pensó Lucius.

Dudó durante un momento, pero finalmente comenzó él también a recoger leña. La idea le parecía completamente absurda, pero, teniendo en cuenta lo que Melvis había dicho, debía tener razón. Si incluso ella obedecía una orden tan absurda, significaba que debía saber lo que estaba haciendo. Cuando reunieron suficiente leña, construyeron un ataúd abierto. Lucius se alejó y decidió dar una vuelta, esperando que todo saliera bien. Melvis retiró la ropa de Emilya para evitar que se quemara. Luego la colocó cuidadosamente dentro del ataúd. Dudó durante un instante antes de encender las llamas con un hechizo. Observó el fuego en silencio.

Cuando las llamas comenzaron a envolver el cuerpo de Emilya, ella empezó a llorar, intentando contenerse. Lucius escuchó el primer grito y se precipitó inmediatamente hacia el lugar. Cuando llegó, no podía creer lo que estaba viendo. Las llamas se alzaban a una altura increíble. Se acercó a Melvis, que contemplaba la escena con la mirada vacía. Lucius no podía imaginar lo que Emilya estaba soportando. Permaneció allí, incapaz de apartar la mirada.

Depues de un rato, las llamas comenzaron a extinguirse poco a poco. El cabello de Emilya recuperó su color normal. Ella abrió los ojos y se incorporó lentamente. Melvis corrió hacia ella para cubrirla. Lucius se quedó sorprendido al ver que no había ninguna quemadura en el cuerpo de Emilya. Simplemente desprendía humo. Ella lo miró.

—¿Y esa cara? —le dijo con una ligera sonrisa.

Al instante siguiente, se desmayó. Melvis había sufrido algunas quemaduras leves, pero no les prestó atención.

Me alegro de que esté bien, pensó Lucius.

—¿Piensas quedarte allí cuanto tiempo? —preguntó Melvis.

Él adoptó una expresión de panico y se marchó rápidamente. Cuando estuvo lo suficientemente lejos de ellas, se desplomó en el suelo.

Ah, sí... Estaba tan preocupado que había olvidado que estoy herido.

Permaneció allí durante un rato. Melvis, por su parte, no estaba preocupada. Se quedó junto a Emilya esperando a que despertara. De repente, escuchó ruido entre los arbustos y unos pasos. Se puso inmediatamente en guardia. Eran los soldados del conde que habían venido a buscarlos.

—Hemos venido a buscar a los vencedores del torneo. ¿Se encuentran aquí? —preguntó uno de los guardias.

Miraron detrás de Melvis y vieron a Emilya. Le preguntaron si podía acompañarlos hasta el castillo del conde. Al principio, ella se mostró algo reticente, pero finalmente aceptó. Entonces los guardias preguntaron dónde estaba el muchacho.

—No lo sé. Seguramente no debe de estar muy lejos —respondió Melvis.

Los guardias buscaron por los alrededores y encontraron a Lucius inconsciente un poco más lejos. Lo llevaron con ellos y todos se dirigieron al castillo del conde. Al atravesar la ciudad, fueron recibidos por los vítores de la multitud. Sin embargo, la gente se preocupó inmediatamente al ver que los dos ganadores estaban inconscientes.

Una vez que llegaron a la residencia del conde, este hizo llamar inmediatamente a un sacerdote para que los atendiera. El sacerdote no consiguió curar por completo las heridas de Lucius, pues eran más graves de lo que parecían. Después se dirigió junto a Emilya.

—Ella simplemente necesita descansar. Ha agotado toda su magia y esta se está regenerando lentamente. Dentro de tres días debería despertarse completamente recuperada —explicó el anciano sacerdote.

Cuando salió de la habitación de Emilya, se dirigió a la gran sala, donde el conde le sirvió una taza de té.

—Entonces, ¿cómo están? —preguntó el conde, algo preocupado.

—La joven está bien. Pero, el muchacho está bastante mal. No sé cómo conseguirá salir adelante con heridas semejantes —respondió mientras bebía su té.

—Sabes perfectamente que este tipo de cosas ya no son propias de mi edad. Podrías haber pedido ayuda a otra persona —respondió el sacerdote.

—Pero nadie tiene tanta habilidad como tú. Los jóvenes aprendices todavía son demasiado inexpertos; apenas consiguen curar unos rasguños. Eres el único que tiene suficiente experiencia para tratar heridas de este tipo —le dijo el conde.

El anciano sacerdote suspiró.

—¿De verdad todo esto valio la pena? ¿Qué dirá tu hija si descubre lo que has hecho? —preguntó, dejando claro su desacuerdo con sus acciones.

—Lo entenderá. Lo hago por su bien. No quiero que le ocurra una desgracia como la que sufrió mi esposa —respondió el conde con expresión abatida.

Ambos permanecieron en silencio durante unos instantes, hasta que fueron interrumpidos. Lucius se había despertado, pero no dejaba de agitarse. Preguntaba dónde estaban sus amigas, pero nadie quería responderle. El sacerdote fue a verlo y consiguió calmarlo diciéndole que ambas estaban bien y que se encontraban en la habitación de al lado. Lucius se dirigió inmediatamente hacia allí. Cuando llegó, vio a Melvis dormida junto a la cama de Emilya. Se sintió tan aliviado que volvió a desmayarse, ya que había abierto de nuevo sus heridas al moverse tanto. Un guardia que estaba detrás de él lo sujetó para evitar que cayera al suelo.



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En el texto hay: amnesia, aventura, magia

Editado: 16.09.2026

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