Perla Azul : Emilya

El conde

—¿Una herencia? —preguntó Emilya.

—Sí. Desde hace varias generaciones, mi familia hereda estos monstruos deformes, sin encontrar ninguna manera de deshacerse de ellos.

—¿Cómo terminaron con esas cosas? ¿Qué son realmente? —preguntó ella.

—Ni yo mismo lo sé, porque mi padre tampoco lo sabía. Lo único que sé es que mi familia se encarga de mantenerlos bajo control para evitar que destruyan esta ciudad y sus alrededores. Por eso tengo una petición que haceros.

A Emilya le pareció que el conde tenía bastante descaro. Después de haberlos hecho enfrentarse a aquel monstruo y de haber estado a punto de perder la vida, ahora pretendía que le hicieran un favor. Suspiró antes de preguntarle cuál era su petición.

—Tengo una hija de dieciocho años. Ya tiene edad para casarse. Los dos deben comprometerse dentro de dos semanas. Necesitaría que escoltarais a mi hija sana y salva hasta la capital —dijo el conde.

Todos se quedaron estupefactos.

—¿No va a pedirnos que nos deshagamos de los monstruos? —preguntó Lucius, sorprendido.

—¡Ja, ja, ja! ¿Por qué iba a pediros algo así? Además, ya he encontrado una forma segura de acabar con todos ellos de una sola vez, sin que nadie salga herido.

—Tiene a esos monstruos bajo su control, ¿verdad? Entonces, ¿por qué nos hizo enfrentarnos a uno de ellos? —preguntó Emilya, ligeramente irritada.

—Os pido disculpas por eso. A última hora cambié al campeón porque quería poneros a prueba a los dos. Habíais conseguido derrotar con una facilidad increíble a todos los demás participantes, así que quería comprobar hasta dónde llegaba realmente vuestra fuerza —explicó el conde con calma.

—¿Y si hubiéramos muerto? ¿Qué habría hecho? —preguntó Emilya, empezando a perder la paciencia.

—Lo habría detenido antes de que llegara a ese punto. Durante el combate no dejé de pensar en cuándo tendría que intervenir, pero superasteis mis expectativas. Por eso puedo confiaros a mi hija con total seguridad.

Emilya suspiró, preguntándose cómo había terminado metida en semejante situación. Melvis y Lucius permanecieron en silencio, ya que Emilya también estaba hablando en nombre de los tres.

—¿Cuál es esa forma que ha encontrado para acabar con todos los monstruos? —preguntó Lucius, intrigado.

El conde no respondió y cambió de tema. Les propuso volver arriba para presentarles a su hija. Los demás no entendían aquel repentino cambio de tema, pero no tuvieron más remedio que seguirlo.

Mientras subían, todos se preguntaban si el conde había dicho la verdad al afirmar que no sabía qué eran aquellos monstruos. Ninguno confiaba del todo en sus palabras y, cuando se negó a responder cómo pensaba deshacerse de ellos, comprendieron que probablemente no lo haría de una manera del todo honesta. Prefirieron no hacer más preguntas.

Subieron las escaleras en silencio, con la cabeza llena de dudas. Cuando llegaron arriba, ya había anochecido. El conde los llevó a la gran sala donde recibía a sus invitados más importantes y les sirvió té. Tenían tantas preguntas que hacerle, pero ninguno se atrevía a formularlas. Ya sabían demasiado. Cuando Lucius estaba a punto de hablar, alguien entró en la habitación.

Todos se giraron para mirarla. Caminaba con delicadeza, con pasos ligeros como una pluma. Su cabello rizado caía suavemente sobre sus hombros y sus ojos eran violetas con reflejos ámbar. Se colocó frente a todos y realizó una pequeña reverencia.

—Buenas noches. Me llamo Maria —se presentó la joven.

Todos quedaron impresionados. Después de las atrocidades que acababan de presenciar y de los oscuros secretos que escondía el conde, encontrarse con una joven tan delicada y refinada no tenía nada que ver con la imagen que se habían hecho de ella.

—Cariño , ¿cómo estás? —preguntó el conde a su hija.

¿Cariño? Pensaron todos al mismi tiempo.

—Estoy bien, padre, gracias. ¿Por qué me ha llamado? —preguntó la joven.

El conde se aclaró la garganta antes de presentarle a las personas que la acompañarían hasta la capital.

—¡Qué despiste el mío! Ni siquiera he tenido la decencia de preguntarles el nombre a nuestros queridos invitados. ¿Quiénes sois?

—Me llamo Emilya y soy maga.

—Soy Melvis, su sirvienta.

—Yo soy Lucius. Soy guerrero.

¿Un guerrero? —pensó la joven.

Maria los saludó a todos y después les dijo que estaba cansada, así que regresaría a sus aposentos. Cuando se marchó, el primero en hablar fue Lucius.

—¿De verdad es su hija? Porque entre lo que esconde en el sótano y su forma de comportarse, parece que fueran dos personas completamente distintas.

El conde soltó una carcajada ante aquel comentario.

—Ella se parece mucho más a su madre que a mí. Y, sinceramente, es mejor así. No me gustaría que se pareciera a mí.

Después les contó la historia de su hija.

—Cuando nació, toda la ciudad estaba revolucionada... A mi esposa y a mí nos costó mucho tener hijos antes de que ella llegara. Así que tener a Maria fue una bendición. Éramos inmensamente felices... Pero seis años después, mi esposa resultó herida en un trágico accidente y, algún tiempo más tarde, falleció.

Todos escucharon su historia en silencio. El conde tenía una expresión amarga. Era evidente que todavía no había conseguido superar su muerte. Como nadie se atrevía a decir nada, comprendió que había creado un ambiente demasiado incómodo y decidió cambiar de tema.

—Hace poco descubrí que mi hija se escribía cartas con un noble de la capital. Hasta hace poco, nunca quiso decirme quién era. Mañana organizaré un banquete para celebrar su compromiso y su partida, y también para recompensaros por vuestra valentía.

Al escuchar aquello, Emilya y Lucius recuperaron el ánimo. Después de tantos esfuerzos, estaban deseando recibir su recompensa.

—¿Habría alguna posibilidad de renegociar la recompensa inicial? —preguntó Emilya.



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En el texto hay: amnesia, aventura, magia

Editado: 16.09.2026

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