Permanente

1. La puerta

Somos - Diciembre 2024

Sabela

—Hola, ¿Paloma está?

Cierro los ojos, los abro enseguida, solo para comprobar que no es una ilusión. No lo es. Es su voz. Pero busca a mi madre.

Había llegado hace apenas dos horas. Las maletas aún están en la sala, ya no sé dónde ubicar nada en esta casa. Eso sí, no tardé ni cinco minutos en arrancarme la ropa con olor a aeropuerto y dejar los zapatos en algún rincón. Ese fue el único tiempo que tuve antes de que el timbre comenzara a sonar una y otra vez. Nunca aviso cuando vengo, aunque solo he venido una vez, pero mi madre no se aguanta la alegría. Al final todo el mundo lo sabe, todo el mundo pasa a saludar.

—¡Bel! —grita mi madre desde la puerta de entrada— te buscan.

Podría correr, pero se supone que los adultos no corren por esto. Aun así, los pasillos desde el patio hasta la entrada se estiran, se doblan, me obligan a rodear paredes que no recordaba.

Ahí está.

Ni siquiera la puerta está en la misma posición, pero él sí. De pie, exactamente donde tantas veces me esperó. Alguna vez no fue nada importante. Solo alguien que apareció en el momento justo.

Tres pasos fueron suficientes para llegar. Darle la mano hubiera sido mentirme. Besarlo en la mejilla hubiera sido fingir que el tiempo no pasó. Así que lo abrazo, aunque todos miren. No sé hacerlo distinto.

Mi cara se hunde en su cuello. ¿Cómo puede oler igual?

Estar tan cerca, sentir su cuerpo contra el mío, pensar, por un segundo peligroso, que podría haberme levantado de la cintura como antes, fue demasiado. Los años, las millas y los silencios no habían sucedido en ese abrazo. Respiro hondo, pero el aire no entra del todo. No quiero soltarlo. Sé que quizá no habrá otra vez. Pero lo hago.

Pasaron unos segundos antes de que alguno dijera algo.

—¿Cómo fue… el vuelo?

—Largo. Dormí todo el rato.

—¿Aún te duermes fácil?

Sonrío. Mis dedos buscan el marco de la puerta, raspan la pintura hasta que siento algo bajo las uñas.

Él cruza los brazos, mueve uno de sus pies en círculo, una especie de danza rara.

—¿Vas a entrar, Zion? —pregunta mi madre con una sonrisa de victoria—. Hay café.

—No, tengo prisa —dice, sin dejar de mirarme.

Se muerde el labio inferior mientras sonríe, hacía eso siempre que no sabía qué decir. Unas gotas de sudor se acumulan en su frente, se pasa la mano, inútilmente.

—Prima, nos vamos —dicen mis primos al pasar, casi atropellándonos. Bajan del porche hasta su auto.

Desde lejos, mi prima le hace señas a mi madre. No disimula bien que lo conoce, de antes. Al menos tiene la decencia de hacerlo a su espalda.

Mi padre sale a despedirlos. Mi madre lo acompaña. Lia aparece con la niña, que viene gritando “tía” desde la esquina.

De pronto el porche está lleno. Demasiado lleno. Y aun así, solo estamos nosotros.

La tarde sigue tibia y los mosquitos me están desangrando las piernas. El ruido se mezcla sin orden.

—¿Y en qué trabajas ahora? —me pregunta.

—En el mismo estudio. Pero ahora tengo un equipo a cargo.

Asiente. Me escucha. Siempre supo hacerlo, incluso así, en medio del ruido que poco a poco deja de existir.

—¿Cómo está Gabi? —pregunto y sus ojos se iluminan.

—Muy bien, gracias a ti.

Aprieta los labios y aparecen esos pequeños hoyuelos que solo yo notaba. Los veía muy poco y fugaces, nunca pude capturar una foto para demostrar que existían.

Mis orejas están calientes, por suerte mi cabello las esconde. Antes, él hubiera separado los mechones de mi cara, pero ahora hay cuatro losas de distancia en el piso y un adiós que dijimos hace cinco años.

No sé cuánto tiempo pasa así. No lo cuento.

—Tengo que irme.

—Dale.

—Me gustó verte… Cuídate.

Lo abrazo otra vez y le susurro al oído que se cuide. Impulso, esa es mi única excusa. Desde que llegó hay algo tirando de mí hacia él. Reconozco esa fuerza, juré que ya no existía.

Me aprieta fuerte, como si sus dedos contaran segundos y quisiera detenerlos.

Se sube a la moto y arranca. No mira atrás. Sé por qué.

Yo me quedo en el porche. Sé que hablan. Sé que respondo. Pero no estoy ahí.

Me quedo quieta, demasiado quieta. El ruido vuelve de golpe y con él, los pies se me anclan al piso. Sé que no voy a caer, he pasado toda la vida evitando hacerlo. Pero esta vez no tengo miedo a caer, tengo miedo a despertar.




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