Fuimos - Julio 2010
Sabela
Sentía que me faltaba el aire. Aprovechamos la velocidad de la bajada para dejar de pedalear. Ya habíamos pasado por la casa del amor platónico de Lia y estábamos a metros de chequear, por segunda vez este fin de semana, que el mío seguía con su novia. No era acoso, era ingenuidad de niñas de dieciséis años.
Seguimos hasta la plaza. Llegar en shorts y tenis no era lo normal para el evento del pueblo, pero nunca entendí el punto de competir por quién iba mejor vestida si siempre eran las mismas caras. Cada fin de semana había algo: la disco para menores, música en la plaza, alguna fiesta. Y allí estaba todo el que hubiera decidido salir de casa.
Nos quedamos, como siempre, en una esquina con las bicis. No era cualquier esquina: desde ahí se veía quién llegaba y quién se iba. Lia tenía esperanzas de ver a Neo. Yo sabía que cuando él apareciera, me quedaría sola. Pero eso no era un problema. Estar sola me permitía analizar, conocer y hacer lo que quisiera justo en las narices de todos, demasiado ciegos para ver a alguien que no calzaba tacones de aguja.
—¿Te das cuenta de que siempre estamos acá? —dijo Lia, apoyando la barbilla en el manubrio—. Si un día no venimos, seguro alguien pregunta si estamos enfermas.
—O muertas —dije.
—Muertas no, eso corre rápido. Enfermas tarda más.
—Me tranquiliza saberlo.
Lia sacó su teléfono para calmar la ansiedad. Solo tenía Tetris. Era uno de esos móviles viejos, pequeños, sin internet. Yo no tenía ni eso.
—¿Cuántas veces vas a perder? —le pregunté.
—Hasta que aparezca Neo —respondió, sin levantar la vista.
—Al menos sabes que vendrá —agregué resignada— yo ya me rendí con el mío.
La música sonaba demasiado fuerte para el tamaño de la plaza. Alguien gritaba el nombre de alguien. Otra persona reía como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo. Todo era igual a otros sábados. Exactamente igual.
Crucé los brazos sobre el manubrio y escaneé el ambiente. Las luces de la plaza parpadeaban como siempre. Entonces vi a aquel chico otra vez.
Estaba con otros tres. Una chica apoyaba la mano en su hombro, parecía que si la quitaba él saldría corriendo. Reía con la boca abierta, tanto que por momentos se llevaba la mano al estómago. Hablaba con seguridad. Yo no sabía leer los labios, pero podía apostar que todo lo que decía era cierto o lo parecía.
—¿Cómo es que se llama? —le pregunté a Lia, señalando apenas con la cabeza, pero ella no entendía de sutilezas.
—¿Quién, aquel? —dijo, y lo apuntó con el dedo.
—Sí, ese, pero no señales.
—Zion.
Lo había visto unas semanas antes en la secundaria donde estudié el año pasado. Fui a buscar unos papeles y lo encontré rodeado de chicas que reían demasiado fuerte. En aquel momento le pregunté a Lia quién era y eso fue suficiente para que me contara su vida. Al parecer había entrado a mitad de curso y era la novedad del pueblo.
Pero esas pestañas yo las conocía.
Y entonces lo recordé: pequeño y con unas libras de más. Coincidimos, en la misma primaria. Esos ojos ya conquistaban a las profesoras. Evidentemente seguían funcionando.
—Y la chica es su ex —dijo Lia y me dio un codazo—. Por si te interesa el dato.
—Me sirve.
—¿Quieres otro?
—Suelta.
—Pasa por tu casa para llegar a la suya.
Lo seguí mirando por unos minutos. Era un espectáculo ver lo que movía a su alrededor. Una casi tropezó por mirarlo fijo, otra pasó tan cerca que pudo haberse llevado un pedazo de su camiseta. Él, en cambio, parecía ajeno, imperturbable, casi desinteresado, como si no se diera cuenta… o como si sí, pero no le importara.
Me apoyé más fuerte en el manubrio.
Pensé que no era ese tipo de chica, nunca rondaría a alguien de esa manera. Pero tampoco era de quedarme sentada a esperar cuando quería algo. Esa noche el ambiente parecía un reto y yo no podía irme sin el premio.
—Ahí viene —dijo Lia.
Neo caminaba hacia nosotras. Ella no brincó porque estaba apoyada en la bici, pero le brillaron los ojos. Le susurró algo al oído que no alcancé a escuchar.
—Me voy con Neo —dijo, ya a medio camino.
—Dale, yo me quedo un rato más.
La vi alejarse y, por primera vez en la noche, sentí el peso de estar sola. La plaza seguía igual de llena, y vacía. Me quedé ahí un momento, sin moverme. Podía hacerle caso a mi ex, que me había observado toda la noche, o incluso darle una oportunidad a Mario, que siempre aparecía cuando nadie más lo hacía. Pero nunca fui de perder el tiempo siendo previsible.
Estudiar en un internado me daba ventaja. Solo volvía los fines de semana. Podía desaparecer. Podía equivocarme. Para cuando regresara, el pueblo ya tendría otro chisme que masticar.
Apoyé la bici en un banco y respiré hondo. Alguien me rozó el hombro. Otro me empujó sin mirar. Crucé la plaza esquivando cuerpos, risas, miradas que no me importaban. En algún punto pensé en volver atrás, pero la única forma de divertirme era jugando.
Me detuve detrás de él. No era mucho más grande que yo, apenas me sacaba una cabeza. Estaba de espaldas y, como con las demás, no notó mi presencia. Vi cómo se le tensaban los hombros al reír. Cómo apoyaba el peso en una pierna y luego en la otra.
El ruido de la plaza se apagó un poco. Sin pensarlo demasiado, lo toqué apenas con el dedo índice en el hombro, lo suficiente para que se girara a verme.
—Escuché que vivimos en la misma calle —dije, mirándolo con ojos de favor—. ¿Podría irme contigo para no regresar sola?
No supe si su expresión era de sorpresa, de miedo o de oportunidad caída del cielo. Sus pestañas cayeron varias veces sobre sus ojos y su boca se abrió ligeramente como cocinando las palabras.
—Claro —dijo—. Avísame cuando quieras irte.
Podría haberle dicho “ahora”. Pero me alejé antes de que el impulso decidiera por mí.
Editado: 17.01.2026