Permanente

3. Arriesgar

Fuimos - Julio 2010.

Más tarde…

Sabela

Si de alguien no esperaba una traición ese día era de mi bicicleta. Sin embargo, ahí estaba yo, agachada, intentando recolocar la cadena y agradeciendo que no se partiera como la semana anterior.

—¿Seguro que no quieres que te ayude? —dijo Zion desde el otro lado, recostado en su bici.

—Ya casi lo tengo, no te preocupes —le respondí mientras levantaba la goma trasera, rezando para que la cadena cayera por fin en su lugar.

Habíamos salido de la plaza unos quince minutos antes. Yo había esperado paciente después de hablar con él. Si le decía que quería irme tan temprano, mi excusa dejaría de ser creíble. Pero fue él quien me sorprendió, buscándome media hora después para acompañarme. Así que salimos, cada uno en su bici, pedaleando en silencio. Hasta que mi estupenda habilidad para evitar caídas me salvó del que pudo haber sido uno de los mayores ridículos de mi vida.

Sentía su mirada sobre mí. Debía estarse preguntando en qué momento aceptó acompañar a una loca con una bicicleta problemática. No decía nada. Solo ofrecía ayuda, una y otra vez. Yo le repetía que lo tenía bajo control. Al menos eso creía. Pero ese día me temblaban las manos, y esa debilidad no podía quedar a la vista.

—¡Listo! —exclamé al levantarme y sacudirme las manos una contra la otra.

Cuando alcé la vista, Zion se cubría la boca con una mano. Su sonrisa apenas contenida me hizo fruncir el ceño.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunté.

—Ven acá.

Sacó una toalla pequeña del bolsillo trasero, de esas que parecen hechas para bebés. Me acerqué con cautela. En ese momento fui consciente de la grasa oscura enterrada bajo mis uñas, de lo mucho que iba a tardar en desaparecer.

Tomó mis manos. Quise apartarlas, pero ya era tarde. Me quedé quieta, sorprendida de no temblar. No sabía si me incomodaba más la cercanía o el cuidado.

Las suyas eran delicadas, casi no parecían masculinas, salvo por los nudillos que sobresalían con firmeza. Estaba concentrado. Sus ojos seguían cada uno de mis dedos mientras limpiaba despacio, una y otra vez, hasta que recuperaron su color.

—Ahora sí —dijo al terminar.

Dobló la toalla con cuidado, dejando una parte limpia hacia afuera antes de guardarla otra vez en el bolsillo.

—Gracias —murmuré. Tuve que tragar saliva.

Sonrió de lado.

—¿Quieres seguir caminando? —pregunté, alejándome para tomar el manubrio de la bici—. Ya estamos cerca.

—Está bien.

Agradecí que aceptara. No podía arriesgarme a que la cadena volviera a soltarse.

Caminamos unos minutos en silencio. No era incómodo. Era una calma extraña, como la espera antes de una obra que estaba a punto de comenzar. Giré la vista hacia él más de una vez. Miraba al frente, al piso. A veces lo pillé mirándome.

—¿Qué harás ahora que terminaste la secundaria? —pregunté, solo para romper el silencio.

—Empiezo en un internado en septiembre.

—Yo también estoy en uno —comenté—. ¿A cuál vas?

Me sorprendió desear que fuera el mismo, aun sabiendo que el destino no solía poner las cosas fáciles.

—No es el mismo —dijo—. Voy al de ciencias. Pero está en la misma ciudad.

La oscuridad de la calle frente a casa me hizo pensar en lo atrevido que fue mi plan de traerlo conmigo. Una luz iluminó el porche de enfrente. Llegábamos justo a la misma hora. La vecina saludó desde la puerta, esperando a su hija. Mañana lo sabría todo el pueblo, incluyendo a mis padres.

Llegamos a mi casa. Coloqué la bici en el porche con cuidado de no hacer ruido. Agradecí, por primera vez, que mi madre nunca hubiera cedido cuando le pedí un perro.

Regresé a él. Estaba recostado a su bici, observando cada uno de mis movimientos.

—Gracias por acompañarme —dije, cruzándome de brazos frente a él.

—¿Puedes quedarte un rato más afuera?

Solo asentí. No esperaba que quisiera seguir hablando después de lo ocurrido esa noche.

—¿Cómo es vivir en un internado? —preguntó. Parecía genuinamente curioso.

Le hablé de las literas, de los colchones incómodos, de los baños compartidos. Le bajé las expectativas sobre las maravillosas recetas que probaría. Incluso hice algún chiste malo sobre los ruidos nocturnos que se escapaban de las camas vecinas.

—Tal vez el tuyo no sea así —me apuré a decir cuando vi el susto asomarle en la cara.

—¿Y de tu cama salen ruidos? —preguntó.

—Ronquidos, a veces.

Él sostuvo la sonrisa un segundo de más.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dije, bajando la voz.

Asintió, aunque su expresión se tensó un poco.

—¿Por qué regresaste ahora si te vas de nuevo?

Bajó la vista. Pensó por unos segundos antes de responder.

—Regresé con mi padre.

Quise detenerme, pero ya no podía. Había algo en él que me empujaba a seguir.

—¿Dónde vivías antes?

—En Torén. Queda a unas cuatro horas en auto.

Asentí. Nunca había ido, pero sabía dónde estaba.

—¿Y extrañas? —pregunté otra vez.

Tardó en responder.

—No suelo hacerlo.

—Uno siempre extraña algo.

Se encogió apenas de hombros.

—Quizás a mi madre, ella sigue allá.

Seguí preguntando. Cada respuesta abría otra parte de su historia: mudanzas, viajes, amigos que quedaban atrás, padres con cargos importantes y poco tiempo. Problemas de alguien que parecía tenerlo todo y, aun así, no sabía bien dónde pertenecía.

Hablaba sin parar. En algún punto dejé de escuchar las palabras. Me distrajo su sonrisa cuando contaba algo gracioso, el movimiento de sus manos, los dedos entrelazándose, chasqueando sin darse cuenta.

Podría haberle preguntado por qué quería estudiar ciencias. O si había cerrado del todo la historia con su ex. Pero las preguntas podían esperar. Había algo más urgente, algo que se salía del plan inicial. No estaba eligiendo nada, solo dejaba que pasara. Ya no quería ser la damisela en apuros.




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