Fuimos - Julio 2010.
La noche siguiente
Sabela
Tomó mi mano, simple, como si fuera lo habitual. Sentí un sobresalto que no llegó a verse, o eso quise creer. Fue inesperado. No me gustaba caminar de la mano de nadie. Pero cuando lo miré, él me devolvió una sonrisa tranquila, como si ya supiera que no me soltaría. Y no lo hice.
Me dejé llevar. No pensar era más fácil.
Caminamos hacia la entrada de la disco. Afuera estaba abarrotado, adentro lo intuía igual. En la puerta solo estaba el seguridad. Solté su mano antes de llegar para buscar mi identificación. Ese lugar era para mayores de dieciséis.
Se detuvo de repente.
—¿Qué haces? —preguntó.
—El ID —dije, sacándolo del bolso.
Se rió, apenas.
—Sabes que solo tengo quince, ¿verdad?
Tragué en seco. Pensé que solo era unos meses menor que yo.
—Entonces no podremos entrar —respondí aguantando las ganas de preguntarle si acaso era tonto.
—Confía en mí.
Volvió a tomar mi mano. Dudé un segundo. No sabía si confiar en un niño que parecía mayor que yo, pero lo seguí.
En la puerta se colocó delante sin soltarme. Yo aún tenía la identificación en la mano. Desde atrás lo vi saludar al seguridad. Habló apenas unas palabras, más parecido a una actualización de amigos que a una explicación. Sin preguntas, el hombre retiró la cinta y nos dejó pasar.
Entramos. Ni siquiera sé si pagó. Decidí no preguntar. La primera de muchas cosas que no preguntaría con él.
Había estado allí otras veces. Usualmente me quedaba con Lia cerca de la entrada, lejos de la barra y del movimiento constante. Esa noche no. Cada paso atraía miradas. Tardé en entender por qué. No me miraban a mí. No lo miraban a él.
Miraban nuestras manos.
El día anterior se lo había advertido y solo se había encogido de hombros. Tenía planes para el verano, como siempre, y aunque me parecía demasiado comprometedor salir con él, acepté cuando lo pidió. No fue por la adrenalina de besarlo ni por las horas descubriendo quién era. Acepté porque no me importaba lo que pensaran los demás.
Y aun así, me incomodó.
Pensé en soltarlo. Pero no lo hice.
Cruzamos el lugar. Él iba delante abriendo paso. Mi mano quedaba atrapada detrás de su espalda. De vez en cuando la apretaba apenas, como recordándome que la estaba sujetando. Yo seguía sus pasos.
Nos detuvimos cerca de la barra. Soltó mi mano y saludó a su grupo de amigos. Los mismos tres chicos del día anterior. Los conocía de vista. Solo había hablado con Iván, y ni siquiera recordaba cuándo. Él sonrió cuando nos vio, los demás no pudieron disimular la sorpresa.
Me quedé un poco detrás, incómoda, solía pasarme con extraños.
—¡Hey! Ella es Sabela.
Me atrajo al círculo con suavidad. Lo miré confundida. Era la primera vez que mencionaba mi nombre. No recordaba habérselo dicho.
Me gustó cómo lo dijo.
Como si no hubiera duda de que yo tenía que estar ahí.
Levanté la mano en un saludo torpe. Ellos respondieron igual. Zion, en cambio, estaba tranquilo, como si presentarme a sus amigos un día después de conocernos fuera lo más normal del mundo.
Después de todo esto no era nada. Ya había superado la cara de mi padre cuando lo vio llegar a buscarme. Pensé que me esperaría fuera de casa a la hora acordada. Me equivoqué. No supe qué se dijeron, pero la voz seria antes de irme dejó claro que había una conversación pendiente.
La música hacía difícil hablar, pero aun así terminé incluida. El tiempo que Zion tardó en volver con un refresco fue suficiente para encontrar coincidencias. Él hablaba poco. Asentía, reía. No sabía si siempre era así o si estaba más atento a mí que a ellos.
Volvió a colocarse detrás. Mi espalda contra su pecho. Sus brazos rodearon mi cintura hasta encontrarse en mi abdomen. A veces apoyaba la barbilla en mi hombro y dejaba un beso breve antes de apartarse.
No era un gesto rápido ni distraído.
Era constante.
—Bel.
Escuché a Lia. Giré para saludarla. Me separé de Zion con más rapidez de la que esperaba.
—¿Y Neo? —le pregunté en voz baja.
—Tuvo que cubrir una guardia —dijo y bajó la mirada.
Ella estaba feliz en la tarde, cuando fue a casa. Por primera vez saldrían juntos y había ido a avisarme que oficialmente era la única solterona de nuestro grupo de dos. Cuando le dije que yo saldría con Zion, no se sorprendió. Se preocupó. Repitió “no te puedes enamorar” varias veces. Yo le aseguré que no había riesgo, estaba enamorada de otro. Pero no quedó convencida, me conocía.
—Hola Zion —dijo Lia cuando le abrí un hueco en el grupo.
Él respondió con un gesto. Se conocían desde la secundaria.
Me quedé entre los dos. El ritmo de la música me obligaba a moverme, lento, casi sin pensarlo. Zion pasaba la mano por mi espalda baja para llamar mi atención. Cuando lo miraba, sonreía. Como comprobando que seguía bien.
Y lo estaba.
La música me sostenía ahí. El refresco seguía frío. La risa de Zion era contagiosa.
Hasta que un choque en mi espalda me hizo moverme un poco hacia delante. No pude evitar mirar.
Era la chica del día anterior. Por un instante casi pude ver su mano en el hombro de Zion otra vez. Se giró a mirarme y sonrió. No supe si era envidia o una amenaza.
Pero no aparté la vista.
Y ella tampoco.
Siguió su camino. La perdí.
Volví a mirar al grupo y todo seguía igual. Nadie había notado la batalla de microsegundos que acababa de ocurrir. Ni siquiera Zion.
Bailamos. Reímos. Inventamos letras absurdas. Por un rato, el mundo dejó de importar.
Cuando volvió a tomar mi mano, entendí que la victoria era mía.
No la había buscado.
Y aun así, la estaba disfrutando.
“Nunca te cansas de competir”
Editado: 06.02.2026