Permanente

6. Conocer

Fuimos - Agosto 2010.

Dos semanas de novios

Sabela

Escuché su silbido. Era sutil, agudo y ya lo conocía a la perfección.

Me levanté de prisa de mi escritorio. Llevaba pijamas con pequeños encajes en el pecho que mostraban mi ladoinfantil. Pero eran los más cómodos y a él parecía no importarle.

Corrí por el pasillo desde mi cuarto, cruzando la cocina y el comedor para llegar a la puerta antes que él. Mi padre rodó los ojos al verme pasar, como cada noche.

Dos semanas. Eso era todo lo que llevábamos, pero el verano ya no se parecía a lo que había imaginado. La conversación con mis padres no había sido precisamente fácil. Mi madre estaba preocupada por mi regreso al internado en septiembre. Ni siquiera yo había pensado en eso. Usé mis cartas como siempre para convencerlos de mi buen juicio. Notas perfectas y cero dolores de cabeza. Nunca me habían fallado.

Abrí la puerta y ahí estaba, con el puño levantado a punto de tocar.

Le di un beso largo que contaba por cada hora sin vernos. Él me abrazó por la cintura y me levantó apenas del suelo. Ya casi me había acostumbrado a flotar cada vez que él llegaba.

Parte del acuerdo de confianza con mis padres fue que mi habitación era zona vetada. Así que el sofá del salón ya tenía la forma de nosotros.

Se sentó en su lugar, la esquina. De medio lado y recostado al reposabrazos. Yo como siempre lo más cerca posible de él. Ya era hábito tener las piernas sobre las suyas y su impulso siempre era acariciarlas.

Sabíamos que mis padres estaban allí. Incluso podían llegar visitas. Pero eso no impidió descubrirnos.

—Enseñame a sonar los dedos —le pedí.

—No, se te van a poner feos —respondió examinando mis manos.

—Dale, quiero hacerlo —le insistí.

—Ok pero, te va a doler y luego no vas a poder parar de hacerlo.

Él chasqueaba todos los dedos de sus manos constantemente. Decía que era costumbre. Yo sabía que era ansiedad.

Intentó apretar mis dedos uno a uno pero estaban demasiado recios. Nunca los había chasqueado antes. Le dio miedo apretarlos más. Usualmente le daba miedo hacerme daño.

Se rindió. Lo intenté yo. Sonó uno primero, luego otro, hasta que pude chasquear todos.

Recogí mis piernas y salté de alegría en el sofá. Él sonrió, como hacía siempre con mis festejos imprevistos y después de esa sonrisa se mordió el labio inferior.

Podía haber colocado mis piernas en la misma posición de siempre. Pero esta vez me senté a horcajadas sobre él.

Sus manos tardaron en acomodarse en mis muslos, pero finalmente lo hicieron. Apoyó la cabeza en el sofá y levantó la vista apenas hacia arriba para mirarme a los ojos. Sonrió otra vez.

Fue la primera vez que estuve sobre él. No tenía intenciones de nada más. Me sorprendí siguiendo ese impulso, pero se sintió bien.

Mis manos en su rostro. Nos besamos.

Parecía que no íbamos a parar. Pero finalmente lo hicimos.

Me quedé encima de él. Era más fácil estando tan cerca. Él jugó con el encaje de mi pijama, yo con el borde de abajo de su camiseta.

—¿Sabes que soy virgen? —solté sin rodeos.

—Si, lo sé.

—Eso…¿te molesta? —pregunté.

—Para nada.

Sentí un ruido. De un salto me bajé hasta quedar sentada en el sofá como siempre.

—Bel ya es la una —dijo mi padre desde el comedor.

—Vale —le respondí.

No soñaba con ser mayor, pero en ese momento quería vivir sola.

—Me voy —dijo Zion.

Nunca llevé la cuenta pero cada noche escuchaba entre cinco y diez “me voy”. Siempre había algo más. El peso de mis piernas, una pregunta profunda o un beso interminable. Pero no se iba nunca cuando lo decía.

Terminé la noche flotando nuevamente, con sus brazos en mi cintura. Su mirada fija por demasiado tiempo para ser olvidada. Y un beso en la frente antes de verlo marchar.




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