Permanente

7. Cuidar

Fuimos - Agosto 2010.

Dos semanas después

Sabela

El agua salpicaba al huir hacia la orilla. Él me seguía, más lento de lo normal, aunque entonces no lo noté. Giré justo a tiempo para que me alcanzara. Caímos en la arena y nos levantamos enseguida, quemaba. Nos reímos el uno del otro por arruinar el momento.

Volvimos al agua con la excusa de quitarnos la arena. En realidad no queríamos parar de besarnos y nuestras manos se entretuvieron un rato aprovechando que nadie las veía.

Había cancelado mis planes de verano. Lo dejé hasta último momento, como si así doliera menos. Y aún más raro, había dejado mis excursiones con Lia para ver a mi amor platónico. Llevábamos un mes juntos y ya nada me importaba más que verlo. Lo que empezó por visitarme en casa en las noches y salir de fiesta juntos, había terminado en invitarlo a un viaje con mis padres y venir a la playa con mis amigas del internado.

Salimos finalmente del agua. Los demás ya almorzaban sentados sobre mantas, buscando la poca sombra que ofrecía un árbol torcido.

—¿Me prestas una toalla? —me dijo Zion.

—Si claro.

Había traído dos. Mi bolsa gigante tenía de todo, nunca salía de casa sin provisiones. Saqué una y levanté la vista. Él temblaba.

Me apresuré a cubrirlo. Por suerte había echado las toallas grandes, de esas que casi envuelven un cuerpo entero. Le toqué la sien. Ardía. En el agua lo había sentido caliente, pero asumí que era por otros motivos, no porque tuviera fiebre.

—¿No tendrás un ibuprofeno en tu mochila de Dora?

Sonreí por el chiste, aunque no me daba ninguna gracia verlo así. Metí la mano en la bolsa, buscando en la pequeña caja de pastillas que siempre guardo en el bolsillo lateral. Solo estaban las de mi alergia.

Algunas gotas de sudor me corrieron por la frente. Hacía calor, pero sabía que no era solo eso.

—Siempre las llevo… parece que las dejé —dije, y volví a tocar su frente.

—No te preocupes, no pasa nada —respondió, envolviéndose más en la toalla.

—¿Cómo que no? Tienes fiebre.

Se encogió de hombros, como si estar así fuera normal. Como si nadie se alarmara nunca.

—Espera —le dije—. Voy a preguntar a las chicas.

Extendí la manta en el suelo antes de irme. Se sentó con las piernas encogidas, intentando esconder todo su cuerpo bajo la toalla. Sus pestañas caídas y la nariz roja decían más que él.

Nadie tenía ibuprofeno. Ni siquiera Laura, que siempre cargaba algo para las migrañas.

No sabía qué hacer, estábamos lejos de casa. Regresar nos iba a tomar al menos una hora en bus. Solía evitar hablar con desconocidos, pero ese no era momento para orgullos. Puse cara de niña buena y pregunté a varios grupos. Una señora, casi al final de la playa, me dio dos pastillas por si acaso.

Volví rápido. Zion tenía la cabeza apoyada contra las rodillas. Las orejas, más rojas que antes.

—Bebé, toma —le dije, sentándome a su lado.

Alzó la vista con una media sonrisa.

—¿Así que soy tu bebé?

Por un segundo pensé que yo también tenía fiebre.

—Solo hoy —dije—. Hoy necesitas que te cuide.

Tomó la pastilla con un trago de agua. Se quedó mirándome unos segundos, como si quisiera decir algo, pero no lo hizo.

—Deberíamos irnos —le dije.

Guardó silencio.

—Prefiero quedarme aquí.

Se acostó sobre la manta y apoyó la cabeza en mis piernas. Me acomodé hacia atrás, apoyando una mano en la arena. No hablamos más. Le acaricié la sien despacio, deteniéndome solo para comprobar su temperatura. Después de un rato se durmió.

No pensaba moverme, aunque se me durmieran las piernas.

Me gustó que prefiriera quedarse conmigo. Aunque sabía que no era solo por mí.

Sabía cómo eran las cosas en su casa.

Días antes había conocido a sus padres por casualidad. Caminaba con Lia por su calle cuando él llegó en el auto con ellos. Se sorprendió al verme. Las presentaciones fueron rápidas. Su madre me dio un beso en la mejilla. Su padre saludó sin bajarse del asiento. El motor nunca se apagó. Yo ya sabía cómo eran las cosas en su casa. Él me lo había contado. No pregunté más.

Desde entonces, algo en mí no soltaba.

—¡Bel vamos al agua! —gritaron las chicas.

—Shhh —dije, llevándome un dedo a los labios—. Luego voy.

No volvieron a insistir.

Volví a mirarlo. Estaba más frío. Le acaricié las mejillas, el cuello. El tiempo pasó sin que yo lo contara. No tenía calor ni frío, aunque el sol se empeñaba en llevarse nuestra sombra y mi pelo mojado no dejaba de gotear sobre mi espalda.

Escuché las risas en el agua y levanté la vista. Lo normal para mi era estar allá, molestando a las pocas amigas que me aguantaban. Preocupada solo por el hambre que podría darme no salir del agua en todo el día. Sin embargo en ese momento no extrañé aquella normalidad.

No sé cuánto tiempo pasó. Una hora, tal vez dos. El suficiente para que mis piernas se durmieran. Cuando abrió los ojos, yo seguía en la misma posición.

Parpadeó, molesto por la luz. Se quedó tranquilo con los ojos fijos en los míos. Sonrió y ya no parecía débil. Su temperatura había bajado completamente hacía un rato.

—¿Te sientes mejor? —pregunté.

Asintió. Se le notaba.

Y yo me sentí aliviada.

—¿Quieres ir al agua? —preguntó.

—Ve, yo te alcanzo.

Se levantó y corrió hacia la playa. Mi cuerpo por fin descansó. Me lancé de golpe a la manta estirando las piernas dormidas. Cuando por fin sentí la sangre fluir otra vez se acercó Laura.

—Nena, con razón estabas loquita con tu amor platónico —dijo y se sentó a mi lado.

Tardé un segundo en entender de qué hablaba. Mi amor platónico. El chico al que perseguí por más de un año. El que me hacía cambiar de ruta solo para pasar por su casa. ¿Cuándo había dejado de importarme?

—No, no es él —le solté entre risas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.