Permanente

8. Quizás se siente bien

Fuimos - Agosto 2010.

Zion

¿Me está cuidando?

La primera noche me había ido sin saber su nombre. Repasé la conversación entera de camino a casa, y sí, había olvidado preguntarle.

Imaginé la vergüenza al llegar a su casa a buscarla y no saber por quién preguntar. En la mañana llamé a Iván, sabía que él la conocía. No le dije por qué necesitaba saberlo pero escuché la risa burlona del otro lado.

—Se llama Sabela… Bel —me dijo al final.

Quería pasar más tiempo con ella. No sé de dónde salió ese deseo, pero me impulsó a invitarla a salir. Lo formal usualmente me daba ganas de correr. Pero ese mes me detuve.

Era raro sentarme en su salón cada noche, pero esperaba el momento durante todo el día. Me había acostumbrado a sorprenderme y eso era nuevo. Nunca imaginé tener conversaciones de aquel tipo con una chica. Solo a ella podía ocurrírsele comparar el tamaño de nuestras manos y estar segura que ganaría.

Fueron noches de preguntas que no sabía responder y aun así ella entendía.

¿Cómo podía una niña de esa edad estar tan segura de que sería feliz? ¿O cuestionarse el sentido del encuentro predestinado entre dos personas?

Le conté de mis padres. No preguntó pero noté su curiosidad luego de conocerlos. Siempre evité presentarles al resto. Pero ese día que la vieron no me dio calor porque ellos la conocieran, sino por la vergüenza de que ella viera de dónde venía. Así que una de esas noches, mirando hacia el lado, le hablé de las infidelidades, la lejanía, la soledad, mi vida. Su mano en mi barbilla para mirarme, el “no estás solo” y un abrazo caliente y apretado fueron su respuesta. Y fue suficiente.

Desperté con el calor de su mano acariciando mi sien, como si fuera lo más natural del mundo. No sé cuánto tiempo estuve sobre sus piernas; debía tenerlas dormidas. Y no se movió un segundo. Pudo haberse levantado. Pudo haber ido al agua con sus amigas. No lo hizo.

No se si fue la pastilla o el efecto de la fiebre bajando, pero hacía mucho que no dormía tan tranquilo. Nadie me había cuidado así. Mi madre estaba en otra ciudad. Mi padre, ni siquiera se enteraba si enfermaba.

Pero ella...

Me quedé quieto un rato antes de abrir los ojos. Por algún motivo me gustó el silencio compartido con ella; era casi tan tranquilizante como su voz.

Cuando los abrí, me estaba mirando fijo. Sonrió con los labios apretados. Aliviada.

La observé un poco más. Desde abajo podía ver todas sus pecas y su cara más roja de lo normal. El cuello me sudaba por el roce con sus muslos, pero no quería levantarme.

Y en ese momento no supe qué hacer.

¿Debía agradecerle? ¿Esto era normal? ¿La gente se quedaba horas así, cuidándose, sin esperar nada a cambio?

Ella me evitó tomar una decisión preguntando cómo estaba.

Le dije que bien. Las orejas ya no me ardían. La cabeza seguía pesada, pero eso podía ser solo cansancio.

Después de unos minutos me levanté.

Y aun así, mientras me alejaba de sus piernas, pensé que quizás se sentía demasiado bien estar ahí.




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