ESPIRAL 2 — Perderse
9. La contraseña
Somos - Diciembre 2024
Sabela
—Tata, siéntate que te tiemblan las piernas —dice Lia con una sonrisa contenida.
—¿Serás boba? —le digo rodando los ojos.
Pero tiene razón.
Me tiemblan las piernas. El estómago parece no tener límites de compresión y no consigo quitarme su olor de la nariz. Me revolvió el cuerpo como si el flujo de sangre se hubiera multiplicado por cinco. Ni siquiera sé si eso es posible.
Estamos en el patio de casa, junto a mi madre. Finalmente me siento en un sillón. Ellas ya llevan un rato disfrutando mi incomodidad. La brisa ayuda a bajar la temperatura y el sol terminó de ponerse hace un rato. Un día menos de la semana que voy a estar aquí.
Mi sobrina juega con su tablet. De vez en cuando levanta la vista y me sonríe.
Mi padre está frente a la parrilla prometiendo un asado de lujo. Nunca sabe muy bien qué hacer cuando vengo. Me pregunta mil veces que quiero comer y al final siempre le digo lo mismo: asado. Me recuerda a mi niñez, a los fines de semana de verano.
Todo está normal, hasta perfecto podría decirse. Pero no para mí.
—¿Cuándo le dijiste que venía? —pregunto a mi madre.
—Hace dos semanas, cuando pasó por acá.
—Pero mamá, te pedí que no lo hicieras.
Le recrimino como si ella supiera todo lo que provoca.
—No te vi muy enojada cuando lo viste la verdad —me dice y busca la sonrisa cómplice de Lia.
—Espera, dices que había estado antes acá… ¿en casa? —le pregunto.
—Sí, vino a revisar la computadora, lo llamo cada vez que no funciona —dice como si fuera algo habitual que Zion la ayude— tu padre hasta le prepara café.
—Papá…café… ¿a Zion? —tartamudeé.
Por unos segundos calculo en mi cabeza todas las posibles ocasiones en las que estuvo aquí y no lo supe. Chasqueo mis dedos casi sin darme cuenta.
—Nunca me dijiste.
—No tenía sentido mi vida.
Y entiendo por qué no lo hizo.
—¿Cómo va todo con Robert? —dice Lia intentando desviar la conversación.
—René, se llama René —le corrijo por tercera vez en el día. Ya creo que lo hace a propósito.
—Eso, ¿qué tal con él?
—Bien, como siempre.
Miento. Nos separamos hace siete meses cuando le dije que no quería tener hijos.
—La verdad es que Zion ha cambiado mucho —regresa mi madre al tema.
Me quedo callada. Respiro profundo. Pienso exactamente en qué puede haber cambiado. Cuando me fui ya no era el chico de quince años del que me enamoré y aun así yo sentía que era el mismo.
—Antes quería matarte cada vez que te veía con él —agrega Lia— pero ahora es distinto.
El sillón se mece demasiado rápido. Mis pies apenas tocan el suelo. Mis dedos no paran de golpear el reposabrazos como si fueran a soltar alguna respuesta.
—¿A qué te refieres?
—Serio, responsable, centrado en su trabajo —Lia se detiene— Yo creo que es por Gabi.
El nombre me golpea, aunque no debería.
—Seguro es eso.
—Deberían hablar —dice Lia.
Hace mucho no opina de mi vida, no sabe cómo vivo ahora. Pero de este tema lo sabe todo.
Pensar en verlo otra vez me provoca náuseas. Sabía que si lo veía en este viaje me afectaría en algún modo, pero no esperaba este dolor físico. Sentir cada articulación de mi cuerpo más pesada.
¿Y Zion? ¿Cómo se siente Zion?
Esa pregunta da vueltas en mi cabeza desde que se fue. Ni siquiera a esta edad logro contener mis impulsos con él.
Saco el móvil, pero no tengo señal aquí.
—¿Cuál es la contraseña del WIFI? —pregunto a mi madre.
—bebe060494.
—Déjame adivinar —levanto la vista— la contraseña la puso Zion.
Mi madre asiente y se encoge de hombros.
Logro conectarme. Una lluvia de notificaciones llena la pantalla, me corta el impulso de escribir.
Se me van las horas. Lia me actualiza sobre su nuevo novio, no puedo estar más feliz por ella. Mi madre me muestra sus últimas pinturas y, a diferencia de las que me envió por fotos hace unos años, estas nacieron de la calma.
Casi había olvidado el silencio de las noches en mi cuarto. A lo lejos escucho el sonido irritante de un grillo y agradezco que no le guste mi ventana. Antes no podía dormir sin el ruido de ese ventilador en el techo y ahora no puedo parar de observarlo girar.
Abro Whatsapp. Busco su contacto. Me recibe un chat vacío. Trato de recordar la última conversación de hace meses. Olvidé cómo terminó. Borrarlo se había vuelto hábito como si realmente funcionara.
“Me gustó verte hoy”
Escribo, leo tres veces y lo borro. Cierro la aplicación.
Mi estómago suena y llena el silencio.
Me giro hacia un lado, está el escritorio de siempre. La vieja computadora que mi madre se empeña en usar hasta la eternidad. Me pregunto si dentro sigue igual.
Me siento sin encender la luz. Cuando era adolescente pasaba la noche así, sin dormir, a oscuras. Misma contraseña, fondo de pantalla de hace diez años y una carpeta “Bel” que encabeza la lista.
Todas mis fotos seguían allí. Organizadas por fecha. Algunas no quisiera ni que existieran. Abro una específica “Agosto 2010”.
Entre aquellas del día de la playa y las de excursiones con Lia, encuentro solo una con Zion. Ni siquiera estábamos solos. Es una de esas fotos grupales que no tienen mucho sentido. Lia con Neo, mi prima con su mejor amiga, Iván en el centro y Zion conmigo delante, abrazándome.
Me quedo en esa foto por un rato, no sé bien cuánto. Subo las piernas en la silla giratoria, apoyo la cabeza en mis rodillas. La luz del monitor me molesta, pero no dejo de mirar. Pienso en lo distintos que éramos, pero aún siento el calor de su brazo sobre mi. Y quiero volver a sentirlo.
Abro su chat.
Escribo unas pocas palabras y las envío.
Enseguida dos palomitas.
Editado: 06.02.2026