Fuimos - Septiembre 2010.
Tres semanas después
Sabela
Sonó mis dedos, los apretó entre sus manos. Estaba sentada frente a él, con las piernas cruzadas; las suyas colgaban a cada lado del muro. Mis rodillas descansaban sobre sus muslos. Se mordía el labio cada vez que me chasqueaba los dedos, como un niño cuando descubre un juguete adictivo.
—Voy a extrañar esto —me dijo.
—¿Torturarme?
Soltó una carcajada.
—No te estoy torturando —dijo aún sonriendo—. A ti también te gusta.
Aprieto los labios un poco.
—La verdad no creo que siga sonándolos cuando no esté contigo.
Me refería a estar en el mismo sitio, pero la sonrisa desapareció de su rostro.
Era la última noche juntos. Septiembre llegaba con mi regreso al internado y el comienzo de una nueva vida para él. Ambos internados estaban en la misma ciudad, a pocas millas de distancia, pero ninguno podía salir.
No había brisa esa noche. La farola amarilla más cercana proyectaba nuestras sombras sobre el muro. Detrás, la oscuridad del mar parecía el vacío. El agua chocaba contra las piedras cada pocos segundos. Cuando la música de la plaza se detenía, solo quedaba ese sonido.
Habíamos optado por sentarnos allí casi todas las noches de las últimas dos semanas. Pensé que era un intento de hacer un lugar nuestro, pero era demasiado público para tener propiedad.
—Va a ser raro no verte todos los días —suspiré.
—Sí, muy raro.
—Dos semanas son demasiado —afirmé, más para mí que para él.
—Puedo ir a verte el finde que no vengas.
Mi cabeza se movió un poco hacia atrás. No esperaba que lo propusiera.
—¿Tú, con mis padres, en el mismo auto? —le pregunté, visualizando la escena. No pude evitar reír.
—No veo el problema.
Pensé por un momento posibles consecuencias. No había ninguna.
—¿Sabes qué? Me encantaría.
Acortó el espacio entre nosotros y me besó. Aunque ya nuestras bocas se conocían, nuestros dientes siempre chocaban un poco. A veces por torpeza, a veces porque él sonreía. Nunca supe qué pasaba por su cabeza para reír en ese momento. No le pregunté.
—Ni siquiera podremos hablar —se pasó la mano por la cabeza.
—Pero puedo llamarte al móvil —le dije—. Hay teléfonos públicos allá.
Miró hacia el costado, como buscando algo antes de responder.
—Mi padre no me deja llevar el móvil.
—Está bien.
No dije nada más.
Había aprendido que a veces no debía preguntar. Él nunca me dijo que no lo hiciera, pero descubrí que le dolía profundizar ciertos temas.
—¿Cuál es tu mayor sueño? —pregunté para cambiar el tema.
Se encogió de hombros y sonrió.
—Nunca he pensado en eso.
—Deberías, sino cómo lo vas a cumplir.
Golpeé rápido su nariz con mi dedo índice.
Él giró la cabeza hacia el mar, su vista se perdió en la oscuridad. Calló por unos segundos.
—A veces me da miedo soñar —dijo con voz más baja de lo normal— como si no tuviera sentido.
Cada vez que su voz sonaba así de grave mi deseo era abrazarlo y no volver a soltarlo. Pero nunca lo hacía en ese momento.
—Sueña y sueña en grande —le dije.
Volvió a mirarme con el ceño fruncido.
—¿Y eso qué significa ahora?
—Que sueñes imposible, enorme —le apreté un poco las mejillas— Y así, si no llegas al final, al menos cumples metas por el camino.
Me tomó las manos. Sonrió y se mordió el labio.
—¿Sabes que me encantas cuando no te entiendo?
Me acerqué a besar su cuello. Me gustaba hundir la nariz en él, respirarlo. Él se movía entre mi hombro y mi clavícula, como marcando un espacio que empezaba a pertenecerle.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí la vi otra vez.
La ex. Con la misma mirada de la disco. No iba sola; iba con un chico, y aún así se aseguró de pasar cerca. Demasiado cerca.
Zion estaba de espaldas. No la vio. Pero yo sí. Intenté ignorarla, miré hacia otro lado, pero la duda ya estaba en mi cabeza.
Me separé un poco.
—¿Estás seguro que quieres seguir con esto?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Frunció el ceño. No supe si era enojo o sorpresa.
—Si. ¿Lo estás dudando?
—No… no estoy dudando —respondí, con la voz entrecortada.
Bajé la cabeza. Mis ojos estaban demasiado húmedos. No quería que me viera así.
Con su dedo en mi barbilla me hizo volver a mirarlo.
—Sabela, te quiero.
Mis ojos se abrieron en compás con mis labios. Por un momento no respiré. Se quedó mirándome, esperando. Yo no tenía respuesta.
—¿No dices nada? —preguntó.
—Yo no digo “te quiero”.
Soltó mi rostro. Se separó apenas.
—¿Cómo que no dices “te quiero”?
Para mí eran palabras demasiado grandes para decirlas sin saber. Ni siquiera tenía claro qué significaba querer a alguien.
—¿Cómo puedes decirlo tú en tan poco tiempo? —le cuestioné.
Calló unos segundos. Sonó sus dedos. Casi lo escuché pensar.
—No es tiempo —dijo al fin—. Es sentirlo. Y yo siento que te quiero.
Tomó mi cara entre sus manos. Me besó con más intensidad de lo normal, como si quisiera sostener lo que acababa de decir.
Esa noche no volvimos a hablar del tema. Pero no pude dejar de pensarlo.
No decirlo me mantenía a salvo. Como si mientras no dijera "te quiero", podría irme cuando quisiera.
Mentira.
—-
“Las palabras no son escudo”
Editado: 06.02.2026