Fuimos - Septiembre 2010.
Tres semanas después
Zion
¿Debería llevarle algo?
Amanecí con esa idea dando vueltas. Fui a la gasolinera cercana y lo compré justo antes de que sus padres pasaran a buscarme.
El fin de semana anterior lo habíamos pasado juntos, luego de dos semanas sin vernos. El sábado salimos y el domingo nos quedamos un rato en su casa. Ese sofá cada vez era más cómplice. Ella estaba emocionada por haber vuelto al internado. La primera persona que conocía a la que le hacía ilusión aprender geometría. Yo traía mis primeras anécdotas de vivir fuera de casa. Le confirmé que en mi internado las recetas también eran un asco y que las literas no deberían ser consideradas aptas para dormir. Pasó lo de siempre, cuando miré el reloj eran más de las dos de la mañana. Dije “me voy” entre cinco y ocho veces después de eso. La besé en la frente y prometí ir a verla.
El viaje con sus padres fue en silencio la mayor parte del tiempo. Ambos iban delante y yo detrás en el asiento de la derecha.
Su madre intentó hacerme preguntas sobre mi escuela, sobre mis planes. Asentía. Respondía en monosílabos.
No sabía hablar con padres. Los míos nunca preguntaban nada.
Su padre miraba la carretera sin decir palabra. Cada tanto se miraban entre ellos. Sonreían. Como si compartieran un chiste privado que yo no entendía.
Pasé todo el viaje mirando por la ventana.
Casi no me dio tiempo a bajar del auto cuando Sabela se lanzó a abrazarme. Lo hacía cada vez que llegaba, no importaba si había pasado una hora o una semana.
—Muy bien, ya entiendo las prioridades —exclamó su madre justo al lado.
Su padre frunció el ceño.
Ella me dio un beso rápido antes de ir a abrazarlos, a los dos a la vez.
Salimos del estacionamiento. Tomó mi mano y caminamos hacia el área de visita. Un enorme campo verde donde cada familia tenía su espacio.
—Nene, que bueno verte saludable —me dijo Laura.
Venía con las otras chicas del día de la playa. La recordaba a ella, a las demás no.
Asentí y sonreí.
Una de ellas le habló al oído a Sabela. No alcancé a escuchar, pero la vi ponerse roja al instante. Apretó mi mano un poco más fuerte.
Probablemente dijeron algo sobre nosotros. O sobre el día de la playa.
No pregunté.
Su madre preparó una manta gigante en el césped. Traía de todo, incluyendo una pequeña nevera con bebidas.
Nos sentamos en la manta junto a sus padres, pero lo suficientemente lejos para conversar entre nosotros. Actualizarnos después de otra semana separados. Le conté que me estaba costando la biología, las células no eran lo mío y sobre Daryl, mi nuevo amigo con el que pasaba la mayor parte del tiempo.
—Zion, acá tienes —me dijo su madre estirando el brazo.
Traté de disimular que no había arruinado mi sorpresa.
Lo tomé y enseguida me di cuenta que estaba completamente derretido. No era bueno en eso de los regalos.
—Te traje esto —le dije con el pote de helado en la mano.
—¿De fresa?
—Claro.
Se le iluminaron los ojos. Abrió el pote. Ya eso no era helado, era batido. Metió su dedo índice, lo embarró lo más que pudo y me lo restregó por la nariz.
En otro momento me hubiera enojado, pero ahí solo pude reír. Ya no me sorprendía con ella. Así que hice lo mismo y terminó con toda la nariz rosa.
Después de reírnos a carcajadas y ensuciar un poco la manta, terminamos el helado.
Pasamos la mañana juntos. Caminamos un poco y conocí al resto de sus amigos. Demasiados nombres que no recordaría, pero sonreí todo el tiempo. Por la forma en que decía a todos “este es mi novio Zion” supe que era importante dar buena impresión.
Cuando volvimos a la manta ella se sentó delante de mí con las piernas recogidas. Tenía la tendencia a masajear sus pantorrillas cuando se sentaba así. Me parecía un gesto raro pero me gustaba. Sin embargo, había algo diferente esta vez.
—¿Sabela qué es esto? —le dije presionando mientras masajeaba en una parte específica.
Tenía una especie de bolas debajo de la piel que no había sentido antes.
—Ah sí, no sé que son —respondió— me hicieron exámenes y no saben la causa.
Conocía a su madre y seguro habían visto a todos los especialistas de la zona.
—¿Pero no las tenías en el verano?
—Se habían desaparecido y volvieron cuando regresé al internado.
Lo dijo como si no importara, pero sus ojos se humedecieron un poco. No hice más preguntas. Pero ese día dudé si su entusiasmo por ese lugar era real.
Más tarde ella decidió acostarse y apoyar su cabeza sobre mis piernas. Estábamos más cerca así. Despejé su frente echando sus rizos hacia atrás. Le acaricié la sien mientras hablábamos. No recuerdo muy bien el tema. Solo que el tiempo pasó más rápido de lo que quería.
Nos despedimos con un beso rápido. Subí al auto y ella esperó al lado. Sus padres ya estaban adentro. El motor encendido. Su madre me sonrió por el espejo retrovisor.
Vi a Sabela lanzar varios besos al aire exageradamente. Reí.
El auto arrancó. Ella se quedó parada ahí, en medio del estacionamiento, hasta que la perdí de vista.
Y por un momento sentí una necesidad extraña de volver a ir a verla.
Editado: 06.02.2026